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Saturno devorando a un hijo

Saturno devorando a un hijo

Saturno fue el más joven de la primera generación de los doce titanes, los dioses de la Antigüedad. Hijos de la madre Gaia, la tierra, y del padre Urano, el cielo, los titanes moraron en el mundo durante la Edad de Oro, en la que los seres humanos no conocían la pena, el sufrimiento o el dolor y en la que la tierra se abría como una flor para ofrecer de sus entrañas los frutos más apetitosos. Pese a su juventud, Saturno, conocido como Cronos en la Hélade, era el más resuelto y orgulloso de las doce deidades hermanas, por lo que se rebeló contra su padre Urano para ocupar su lugar en el trono celeste junto a la diosa Opis. Saturno, sabedor de que al igual que él había destronado a su padre Urano, un hijo suyo podría destronarle a él, decidió devorar uno tras otro a sus hijos y así evitar una posterior rebelión.

 Esta imagen, la que Rubens y después Goya plasmaron magistralmente en lienzo, es la que me viene a la mente cuando leo que el Congreso de los Estados Unidos, tras fuertes presiones desde la presidencia, ha aprobado un proyecto de ley que permite las escuchas telefónicas y la revisión de correos electrónicos sin necesidad de autorización judicial y únicamente con el requisito de la aprobación por parte del Director Nacional de Inteligencia y el Fiscal General del Estado, ambos nombrados directamente por el Presidente, en este caso George W. Bush, que ha calificado la medida como “esencial para proteger al país”.

Hasta el momento, la ley que regulaba las escuchas telefónicas en Estados unidos, la llamada 'Ley de Supervisión de Datos de Inteligencia sobre Extranjeros', de 1978, exigía su autorización por un tribunal especial, garantía que ahora se ha removido para que sean dos órganos que dependen directamente de las órdenes que les transmite la Casa Blanca quienes decidan sobre la vulneración de una libertad fundamental en la tradición liberal, de la que Estados Unidos se muestra precisamente tan orgulloso, como lo es el secreto en las comunicaciones frente a la acción del Estado.

La Constitución Española de 1978 recoge esta prerrogativa ciudadana en su artículo 18.3, ubicado en el Título Primero, dedicado a los Derechos y Deberes Fundamentales, donde nos dice que se garantiza el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo en el caso, a saber, de que exista una resolución judicial que permita lo contrario. El derecho al secreto en las comunicaciones no es sino una extensión de la libertad ideológica, religiosa o de culto y del derecho a no declarar sobre estas creencias, que nuestra Constitución también prevé en su artículo 16.2, y forma parte de aquello que Isaiah Berlin denominaba las libertades negativas en “Dos Conceptos de Libertad”, entendiendo como tales aquellas que permiten al individuo desenvolverse sin ataduras en relación a una estructura gubernativa o autoridad supraindividual. 

Thomas Jefferson, Tercer Presidente de los Estados Unidos, eminente jurista y redactor principal de la Declaración de Independencia americana, entendió que aquellas libertades que garantizan a un individuo una esfera de actividades inatacables por la autoridad y por otros individuos, es decir, lo que uno puede hacer libremente sin interferencia de los poderes públicos y terceros, sin ser controlado o importunado y bajo su propia responsabilidad, eran esenciales. Estados Unidos, sin embargo, olvida ahora sus señas de identidad, en tanto que democracia liberal, y cual Saturno desconfiado, devora a sus propios hijos, colocándose al nivel de un régimen de control de pensamiento con el pobre argumento de que todo vale en la defensa contra el terrorismo, desde Guantánamo a los vuelos ilegales o al caso de las escuchas sin autorización judicial que nos ocupa.

Quedan patentes, de este modo, las contradicciones actuales de una potencia que pretende exportar el discurso de la libertad y la democracia liberal, pero que dentro de sus fronteras adopta un planteamiento maniqueo contra los opositores, sean del signo que sean, y recorta las libertades que han figurado en su ideario desde su creación. Estados Unidos critica a Cuba, en tanto que régimen socialista dictatorial y que menoscaba las libertades individuales civiles y políticas de sus súbditos, pero ahora el Congreso norteamericano aprueba una ley que permite que eso mismo se lleve a cabo en su territorio sin ningún control suplementario y con el único límite en la voluntad del Presidente, que en esta parcela pasa a tener poderes absolutos y no susceptibles de control por parte de ningún cuerpo o institución. ¿No es acaso este el modo de proceder de los dictadores?

 Cabe apuntar, para terminar, dos cosas. Primero, que es paradójico que uno deba entregar sus libertades para, precisamente, protegerlas. El lugar más seguro del mundo es una cárcel. Detrás de unos barrotes es difícil que puedan herirnos, pero ¿qué hay entonces de las libertades a las que hemos renunciado para salvar las migajas? Segundo, que según nos cuenta Hesíodo, en el mito de Cronos, su mujer Opis logró esconder a uno de sus hijos. Este hijo era Zeus, que al igual que había hecho el propio Saturno con Urano, finalmente, y pese a todas las cautelas, acabó destronando a su padre.

 

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