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Lecturas de un joven escritor

España en los diarios de Vilas

España en los diarios de Vilas

lunes 20 de febrero de 2012, 13:12h
Los inmortales
Manuel Vilas
Alfaguara
214 páginas

Me siento desgraciado. Ernesto Sabato lo sabía: "Uno se cree a veces un superhombre, hasta que advierte que también es mezquino, sucio y pérfido". La noche que el cine español celebra su fiesta con una gala pomposa y exultante, yo estoy cenando solo comiendo una pizza congelada y añorando tiempos mejores. Es curioso cómo reacciono cuando gente tan guapa y tan elegante, con tanto dinero y tantos trajes caros, con tantas garantías de éxito y de futuro y con tantas ayudas y tantos grandes amigos y tantos magníficos compañeros y equipos técnicos y tanta familia a la que agradecer su apoyo incondicional, es curioso, no deja de ser curioso, o al menos eso me parece a mí como hombre solitario, pobre como una rata y sin amigos en el mundillo literario (y acaso tampoco en el mundo real), pues no deja de resultarme curioso comprobar que "los sueños hechos realidad" de los demás me producen vergüenza, asco y desolación. Por lo tanto, hablemos con propiedad, en lugar de decir me siento desgraciado debería decir, sin ambages, que soy un desgraciado. Visto así, es del todo normal que no tenga muchos amigos.

Lo anterior, de todas formas, no tiene ninguna importancia. Me refiero a que gente tan guapa y tan elegante y con tanto éxito y etcétera se dedique a lamerse las heridas en televisión y con ingentes cantidades de dinero público de por medio. (Que yo sea un desgraciado, desde luego, es un tema de máxima prioridad en la agenda nacional). Si España sigue empeñándose en presentarse al mundo como un país de sonaja y pandereta por muchas películas de robots que se hagan; si aunque hayamos ganado el Mundial y la Copa Davis no aceptamos la burla y la sátira de los demás siendo estos géneros tan propiamente españoles; si nuestro carácter (si mi carácter como español) es envidioso, rencoroso y mezquino, todo ello no es más que una muestra de que las cosas no marchan bien, o no tan bien como podrían o deberían marchar. Por supuesto, yo no sé cómo deberían marchar las cosas así que no entiendo por qué estoy diciendo lo que estoy diciendo. Pero ¿qué estoy diciendo? Es igual. Olvidémoslo. Viva España, viva el cine español y gracias a todo el equipo que ha hecho posible que nuestro sueño se haya hecho realidad.  

Pero yo he venido aquí para hablar de mi libro y aquí no se habla de mi libro y venga a entrar publicidad y venga a entrar invitados y aquí no se habla de mi libro así que yo me voy. La sátira, la parodia, el sentido del humor y la conjunción de elementos propios de la baja y la alta cultura son las características principales de la última novela de Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962), Los inmortales. El argumento, como suele ocurrir en su narrativa, es una excusa para desplegar a lo largo de sus delirantes pasajes ciertas obsesiones y ciertas iluminaciones. Como la ruptura con la tradición española, a la que admira y al mismo tiempo ridiculiza. Como el descreimiento acerca de los hechos y los personajes históricos. Como la vulgarización de ciertos mitos culturales y la entronización de algunos productos de consumo. Como la crítica a la alienación poscapitalista y la aceptación de su poder y su influencia. Como la voluntad incansable de entender qué es España, quién la representa y qué demonios quedará en pie de todos nosotros cuando hayamos muerto y nuestros descendientes viajen a diario de un planeta a otro con la indiferencia con la que nosotros hacemos un transbordo en Nuevos Ministerios.

¡Dejarme hablar! El milenarismo va a llegar. Me gusta Vilas. Como narrador, es posible que no logre, quizá porque no le interesa, la excelencia en el lenguaje, la belleza en las imágenes o la originalidad en las metáforas. Su virtud, y seguramente su defecto, reside en ser un escritor radicalmente posmoderno. Lo sé, no sólo porque es evidente, sino porque él mismo me lo aseguró durante una entrevista. Fue una charla amena y divertida, histórica y delirante, como lo es su concepción de la literatura (una concepción festiva y estimulante que nada tiene que ver con mi visión catastrofista, agónica y desquiciada de la cual, dicho sea de paso, empiezo a estar harto aunque no logro averiguar cómo desentenderme de ella). Durante esa charla Vilas y yo hablamos de política con sarcasmo y del sarcasmo en la política. Hablamos de la Historia como gran ficción (las imágenes del golpe de Estado de Tejero), y de las ficciones de la Historia (la misteriosa actuación del rey tras el levantamiento). Hablamos del rey, de Juan Carlos I, como representante de esa colectividad llamada España, y de lo ficticio que resulta que ese señor nos represente a todos. Hablamos de la sociedad de consumo y de sus crisis y de sus (des)ventajas en el vestíbulo de un hotel de cuatro estrellas donde su editorial le había reservado una de las mejores suites. Hablamos y me gustó hablar con él. Me pareció un hombre con un espíritu joven para tener ya 50 años. Me pareció sensato y elocuente. Me pareció conciliador y discreto. No había en él rastro de envidia, rencor ni mezquindad, y aún así me pareció profundamente español. Además, cosa extraña, a su lado no me sentí desgraciado y zafio; es más, me alegré sinceramente por haberle conocido, por su éxito, pequeño o grande, y por su buen hacer.

Entonces, ¿qué significa ser español? ¿En qué consiste ese lugar llamado España y qué nos aporta y qué nos niega? ¿Qué narices tengo yo en común con toda esa gente guapa y elegante y exitosa que sale por la tele dándole las gracias a la madre que le parió? Por ejemplo, un territorio, unas costumbres, un idioma. Por ejemplo, una enseñanza, un pasado histórico, unos rasgos faciales, una selección de jugadores, una amalgama de influencias artísticas. ¿Qué más? Una forma de entender la política, una manera de hablar de los demás, una mitología popular desordenada, un cancionero repetitivo y unas imágenes inalterables, una bandera, una patria, un rey. Es decir, muy poco o nada. Ahora entiendo por qué somos como somos. Manuel Vilas, tú y yo, incluso puede que hasta toda esa gente guapa y elegante que hace cine (mejor, peor y tremendamente mal), incluso puede que hasta el mismísimo rey, todos nosotros, todos vosotros, ahora lo entiendo, somos peces raros nadando en las profundidades de un océano inconcebible llamado España. Y todos somos diferentes y todos somos iguales porque todos somos españoles y ¡olé!

Posdata: Mi más sincera enhorabuena a los premiados, lo cual, a buen seguro, y como buenos españoles y españolas que son, les traerá sin cuidado. 

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