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Nueva apoteosis en Madrid de un Ruibal sublime sin interrupción

Nueva apoteosis en Madrid de un Ruibal sublime sin interrupción

domingo 15 de abril de 2012, 12:12h
Esta es la crónica de un triunfo anunciado. De la apoteosis. De la estética, sí. Pero también de la ética. Artística, sí. Mas también personal y comprometida. Una vez más, Javier Ruibal desplegó en la Galileo, sublime sin interrupción, toda su cohetería de intérprete único y genial, con sello y vitola propios y abrió de nuevo la virtual Puerta Grande de Madrid
Así los quería a sus colegas literarios otro genio, éste maldito, Baudelaire. Así vive, sobrevive y pervive un genio de la música, el mejor directo que pueda verse y disfrutarse, éste laicamente bendito, Javier Ruibal: sublime sin interrupción. Como las máximas figuras de la torería en Las Ventas, esta perfecta suma de la magia de Morante y la épica 'tomasista', el gaditano reventó de arte pasional y compulsivo la sala Galileo. Una vez más sus catecúmenos salimos enfebrecidos, con el pulso acelerado y la dormición de esas maravillosas goyerías que son sus canciones restallando a tope en nuestros corazones y olé.

Íbamos camino de la gloria a la que nos había llevado a lo largo de dos horas de concierto el sumo sacerdote de los intérpretes, categoría superior a la de cantante -"cantas como Dios", restalló una voz desde el fondo de la Sala, y llevaba razón-, músico y  guitarrista excepcional, que también lo es. Lo hizo con la verdad desnuda de su arte: a pelo, sin trucos ni zarandajas. Con su inigualable voz capaz de agudos y graves, capaz de ser barítono y tenor y hasta soprano si fuera menester. Con su maestría adaptando o dejando protagonismo a la guitarra, que habla, gime, llora y ríe; que toca tan excepcionalmente bien que podría ser un concertista clásico o flamenco.

Arte a borbollones en músicas y letras

En definitiva que los aires del sur mediterráneo y hedonista, a la par que comprometido y solidario -Ruibal no dejó pasar la ocasión de que el recital se celebraba el republicano 14 de abril y conectó igualmente con la parroquia laica de los asistentes con otras proclamas- nos reventaron compulsivamente de arte nuestras fibras sensibles. De arte a borbollones en el que uno no sabe si quedarse con las músicas o las poéticas y originalísimas e inspiradísimas letras que se suman a la excepcionalidad de este artistazo único -y me temo, ¡ay!, que irrepetible-, que puede presumir y no lo hace de ser el mejor directo español.

A veces intimista y lírico; a veces, explosivo, marchoso, rumbero y flamenco, Ruibal desgranó decenas de sus creaciones: Agualuna, El niño del Serengueti, Me cuesta tanto quererte, Un ave del Paraíso, la reina de África, Por malo que sea el ron, La for de Estambul, Aurora, Besos en abril, A favor de tu piel... y nos rompió el alma y el cuerpo, nos hizo palpitar la sangre con su arte cual hondura de fosa, cual delirio de amante, cual el quejío quebrado de una media verónica belmontina o morantista.

Sin olvidar el lujo añadido del óbolo de una canción de otros dos sublimes, los cubanos Luis Barbería y Pavel Urquiza, una vez más, hubiéramos sacado a hombros a Ruibal, descerrojando esa mítica y virtual Puerta Grande sólo al alcance de los genios sublimes sin interrupción. Una vez más, gracias. Y que en estos tiempos malos para la lírica y la cultura nos sigas alumbrando con tu maestría artística y ejemplar el largo y sinuoso camino de la dignidad. Y del Arte con mayúsculas. Que así sea  'per omnia saecula saeculorum'.
 
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