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Segunda parte

La historia del cine en veinte imágenes (II)

La historia del cine en veinte imágenes (II)

miércoles 09 de mayo de 2012, 09:00h
Es evidente que resumir la historia del cine a veinte imágenes es algo totalmente reduccionista. Algo que solo sirve para celebrar un arte que en el último año se ha homenajeado a sí mismo con películas como 'El artista' o 'La invención de Hugo'. Obras con las que comparte este artículo, un deseo de reconocimiento a los hombres sobre los que se ha construído el cine. (Vea la primera parte)

Cantando bajo la lluvia


Las enciclopedias deberían acompañar su definición de felicidad con la imagen de Gene Kelly encaramado a una farola. 'Cantando bajo la lluvia' es el culmen de uno de los géneros cinematográficos por excelencia, el musical. La película, dirigida a la par por Kelly y Stanley Donen, es un homenaje al desarrollo tecnológico que más impacto tuvo en la historia del cine, la invención del sonoro.

 

El musical se convirtió pronto en el lugar más recurrente de la nueva era. Era el género perfecto para la época de la gran depresión, la gente iba al cine a olvidar sus problemas y nada mejor que encontrarse con las fantasías románticas, totalmente alejadas de la realidad, que entregaban los musicales. Las extravagantes coregrafías de Busby Berkeley (a las que se rinde homenaje en la película), la elegancia de la pareja formada por Fred Astaire y Ginger Rogers, las canciones de Cole Porter, Rodgers/Hart o George Gershwin dieron paso a finales de los cuarenta y principios de los cincuenta a la época dorada del musical, directores como Vincente Minnelli o la dupla Kelly/Donen entregaron las mejores muestras del género, 'Un americano en París', 'Melodías de Broadway', 'Un día en Nueva York' o, por encima de todas, 'Cantando bajo la lluvia', lo más cerca que ha estado nunca una película de retratar algo tan abstracto como la felicidad. Retratarla y, a la vez, conseguir transmitirla al espectador.

 

Los siete samuráis


Claro que si hubiese que elegir un género que representase la historia del cine, no podría ser otro que el western. El cine ha sido el responsable de que la imaginería sobre la colonización de las tierras salvajes del oeste norteamericano se convierta en la mitología del siglo XX o que personajes como Jesse James y Billy el niño sean conocidos en todos los rincones del mundo. Su enorme influencia se puede apreciar en la obra del más occidental de los grandes realizadores japoneses, Akira Kurosawa. El "emperador del cine" era un gran admirador de la obra de John Ford y trasladó algunas de las claves del género al Japón medieval, dando como resultado un híbrido que en una curiosa jugada del destino se convertiría en una gran influencia en el western. No solo 'Los siete samuráis' tendría su remake estadounidense con 'Los siete magníficos' sino que 'Yojimbo' daría paso a otro de esos géneros híbridos que marcarían las películas del Oeste, el Spaghetti Western.

 

Como pasa con todos los grandes, Kurosawa ha dejado cientos de grandes imágenes, el gesto torcido de Toshiro Mifune en 'Rashomon' o 'Trono de sangre', la explosión colorista de 'Ran' o, mi favorita, Takashi Shimura balanceándose en un columpio mientras cae un diluvio en 'Vivir'. Pero ninguna de ellas es tan icónica como este selecto grupo de samuráis en el que encontramos juntos a sus dos actores fetiches, Mifune y Shimura.

 

Centauros del desierto


Ya lo decíamos antes, al final todos los caminos conducen a John Ford, el hombre que creó el mito del Oeste para ir desmitificándolo. A pesar de su mítica frase ante el tribunal de la caza de brujas, "mi nombre es John Ford y hago westerns", el director norteamericano por excelencia dio clases magistrales en todo tipo de géneros, solo por nombrar unos cuantos ejemplos podemos citar, 'El delator', 'Las uvas de la ira' o 'El hombre tranquilo'. Pero si hay una figura ligada al mito del Oeste, ese es él. Para muchos es el creador del Oeste. Sus paisajes grandiosos, sus temas y su principal figura icónica, John Wayne, le deben todo. En 1939 Ford rodó la película que definió el género, 'La diligencia'. Gracias a ella un desconocido actor que había nacido con el curioso nombre de Marion Robert Morrison, pasó a convertirse en la imagen del Oeste, eso sí, bajo su nombre para la pantalla, John Wayne.

 

Claro que hay una gran evolución entre el personaje de John Wayne en 'La diligencia' y el Ethan de 'Centauros del desierto'. El hombre que representaba el Oeste ha pasado de ser un héroe a un resentido justiciero. El odio es el principal alimento de Ethan y por ello, al final, no habrá un hogar para él, condenado a vagar solitario por los eternos parajes del Grand Canyon, unos parajes que convirtió en leyenda el hombre al que Orson Welles citó tres veces cuando le preguntaron por sus tres directores de cine favoritos.

 

Con la muerte en los talones


Se podría haber hecho una historia del cine en veinte imágenes únicamente con la obra de Alfred Hitchcock, y es que el 'mago del suspense' es con toda seguridad el hombre que más imágenes ha marcado a fuego en la mente del espectador. La que aparece aquí podría ser un James Stewart escayolado mirando por una indiscreta ventana, el mismo actor colgado de una barandilla, Janet Leigh gritando mientras se da la ducha más famosa de todos los tiempos, una escalofriante bandada de pájaros posada en un parque de niños o el propio director en cualquiera de sus cameos. Pero el momento de la persecución de Cary Grant por un avión en este alejado paraje es uno de los ejemplos más perfectos del cine de Hitchcock. Una escena que comienza con Grant esperando una cita con alguien que no conoce, en un lugar totalmente perdido de la mano de Dios. En el que la tensión, el suspense, va subiendo por enteros con cada coche que pasa, con un hombre esperando un autobus, cada detalle, cada plano, cada imagen perfectamente planificada para meternos en la piel del protagonista y borrar el hecho de que acabar con alguien desde un avión es tan espectacular como poco eficaz. Es una escena que si se cuenta pierde toda su esencia, pero puesta en imágenes por Hitchcock se convierte en magia. Y es que no hay ningún otro director que pueda compararse con Hitch a nivel visual.

 

Al final de la escapada


Jean-Luc Godard y 'Al final de la escapada' supusieron un soplo de aire fresco que no se recordaba desde los tiempos del neorrealismo. A la cabeza de un grupo de críticos de cine que defendían las ideas autorales en el cine, Godard emergió como un tsunami al frente de la 'nueva ola'. De repente el cine se hacía autoconsciente, se autoreferenciaba, se volvía pop, en su sentido más warholiano, se rompían las barreras entre pantalla y espectador (al minuto de comenzar 'Al final de la escapada' Jean Paul Belmondo se dirige directamente al espectador) y lograba una libertad de la que raras veces había disfrutado o volvería a disfrutar.

 

Con el paso de los años, las grandes figuras de la nouvelle vague seguirían caminos dispersos, Truffaut se volvería más clasicista y Godard se enredaría en manifiestos políticos y películas cada vez más petulantes, pero para entonces ya había entregado media docena de obras maestras que lo colocan en un lugar privilegiado en la historia del cine. Joyas como 'Una mujer es una mujer', 'Vivir su vida', 'El desprecio', 'Banda aparte', 'Pierrot, el loco' o su primera película 'Al final de la escapada'. Nadie que la haya visto podrá olvidar la memorable entrada de Jean Seberg, al grito de New York Herald Tribune, mientras pasea por los Campos Elíseos.

 

Fellini 8 1/2


La película que divide claramente la filmografía de Federico Fellini en dos, quedando en una extraña tierra media propia que ha alimentado, desde su realización, la imaginación de los demás directores. Por ejemplo, no se podría entender la carrera de un Woody Allen sin 'Otto e mezzo' (tampoco sin el otro gigante europeo de la época, Ingmar Bergman, del que podría aparecer en este reportaje la partida de ajedrez entre la muerte y Max Von Sydow en 'El séptimo sello'), que era el número que hacía esta película en la carrera del director, ocho largos y el episodio que había filmado en Bocaccio 70 junto a De Sica, Visconti y Monicelli. Puede que ni el propio Fellini haya podido superar este espectáculo maravilloso, y si la primera parte de su carrera está abonada por algunas de las mejores películas de la historia del cine, 'La Strada', 'Los inútiles', 'Las noches de Cabiria' o 'La dolce vita', cuya escena del baño de Anita Ekberg en la Fontana di Trevi es la más icónica de su carrera, la segunda parte de la misma es mucho más irregular, como si después de '8 y 1/2' ya no le quedase nada más que contar, algo irónico pues la idea de la que surge la película es la de un director bloqueado al que no se le ocurre nada.

 

Esta es la única imagen que no está en el metraje de una película, sino en el rodaje de la misma. Pero esto la hace más significativa ya que '8 1/2' es una película sobre el rodaje de una película. Cine dentro del cine, en la que el propio Fellini es el protagonista, escondido bajo la máscara de su némesis, el gran Marcello Mastroianni. Aquí realidad y ficción se confunden, al igual que esta imagen del rodaje en la que actor y director son como un espejo. Un espejo en el que se dan cita de la mano, en ese gran circo que es la propia vida, todas las neuras y miedos del hombre que se definió a sí mismo como "un gran mentiroso" pero que con esta película dejó ver más cosas de sí mismo, y de paso de cualquier "artista", de las que podría recoger cualquier voluminosa biografía.

 

2001: Una odisea del espacio


Un homínido se encuentra con los restos de un animal muerto, curioso coge uno de los huesos y comienza a utilizarlo, algo en su interior hace clic y el hueso pasa a ser una herramienta con una utilidad clara, golpear y matar otros seres vivos, animales pero también otros de la propia especie. Cuando ese hueso se lance al aire y se convierta en una nave espacial, habremos contemplado la mayor elipsis de la historia y el paso hacia adelante más grande dado por el cine desde 'Ciudadano Kane'.

 

Stanley Kubrick es el más importante e independiente realizador de los últimos cincuenta años. Comenzó su carrera como fotógrafo pero rápidamente se vio atraído por el cine. Un perfeccionista recalcitrante, cuidaba tanto de sus producciones que tuvo una filmografía relativamente corta, claro que cada una de sus películas a partir de 'Atraco perfecto' dejaron huella en la historia del cine. Aun así nadie estaba preparado cuando en 1968 entregó '2001: Una odisea del espacio'. Una película autoconsciente de su estatura de obra de arte, en la que Kubrick filosofa mientras entrega los efectos especiales más asombrosos que se habían conocido hasta el momento. La siguiente generación de directores de Hollywood estaría en eterna deuda con él. Como dijo Steven Spielberg, "'2001' fue nuestro big bang".

 

El Padrino


Francis Ford Coppola fue la cabeza visible de esa nueva generación que revolucionó Hollywood en los 70. Una generación a la que Peter Biskind dedicó su libro, 'Moteros tranquilos, toros salvajes' en el que se veía como el Hollywood apoltronado de los sesenta; ese que había perdido el favor de un público joven que se decantaba por el cine europeo de Bergman y Fellini, la nueva ola francesa, la independencia de Cassavettes o las películas de serie B de Roger Corman; se vio tomado por asalto por una nueva genración de directores, actores y guionistas con muchas cosas que decir. Fue precisamente Corman el que le dio una primera oportunidad a Coppola. Claro que no fue hasta que rodó 'El Padrino' cuando el mundo, y Hollywood, se pusieron a sus pies.

 

Es difícil elegir un solo instante de una película tan grande como esta, pero el inicio, con un hombre diciendo "Creo en América..." directamente a la cámara y como lentamente vamos descubriendo dónde estamos y a quién van dirigidas todas estas palabras, el capo mafioso Vito Corleone. No sería justo, al resumir la historia del cine, no incluir la imagen de Marlon Brando, el hombre que dividió la historia de la interpretación en un antes y un después de su llegada. Pero su leyenda sería infinitamente menor si la Warner no hubiese cedido a las súplicas de Coppola para contar con él. Claro que su ausencia de la película también se hubiese dejado notar, ya que como dijo Stanley Kubrick, 'El Padrino' es posiblemente la mejor película jamás rodada pero le quitaba el "posiblemente" cuando hablaba del reparto.

 

La Guerra de las Galaxias


George Lucas actúo como una especie de Annakyn Skywalker/Darth Vader dentro de su generación, estuvo al lado de Coppola, cuando este fundó su propio estudio, Zoetrope, para poder dirigir fuera de lo que percibían como un control opresivo por parte de los grandes estudios de Hollywood, pero terminó devolviendo (sin proponérselo) el control a éstos ¿Se pasó Lucas al lado oscuro de la fuerza?

 

Su primera película 'THX 1138', que bebía mucho en '2001', y la siguiente, 'American Graffitti' fueron producidas por el director de 'El Padrino'. Pero fue con la tercera, una especie de homenaje al cine de serie B, un western espacial con influencias de Ford y Kurosawa, el que le iba a dar la inmortalidad e iba a suponer el comienzo del fin del reinado de los 'Toros salvajes' en el cine americano. El tremendo éxito de la película; y el peculiar contrato de Lucas, en el que renunció a una gran parte de su sueldo para conseguir todos los derechos sobre todo lo relacionado con la película, como camisetas o juguetes; hizo de Lucas de la noche a la mañana uno de los hombres más ricos del planeta. También hizo que los directivos de Hollywood viesen el enorme mercado que existía fuera de la propia película. Habían nacido los blockbusters. Una pena, pues aunque Lucas no tenga el mismo nivel que sus compañeros de generación; Coppola, Scorsese o Spielberg; 'La Guerra de las Galaxias' es una película que merece todos los elogios. Una película que volvía a entroncar al cine con el ideario de fábrica de sueños que propuganaba Meliès. Por otro lado también fue un monumento pop que dejó varias imágenes para el recuerdo, como las 'ensaimadas' de la Princesa Leia o uno de los villanos más fascinantes de todos los tiempos, Darth Vader.

 

Pulp Fiction


Quentin Tarantino es una aspiradora pulp, su obra es un corta y pega de lo mejor del cine, muchos lo verán simplemente como un plagiador, otros como un innovador. Lo que está claro es que 'Pulp fiction' es un perfecto broche para esta sección porque sirve como glosario de la propia historia del cine. Empezando por sus protagonistas, Tarantino resucita la carrera en picado de la antigua estrella en declive John Travolta, protagonista de dos de los mayores éxitos de los años 70, 'Fiebre del sábado noche' y 'Grease', pero cuando le da una escena de baile a lo que recuerda es a su adorado Godard, en concreto a la escena de baile de 'Banda aparte', película que bautizó la productora de Tarantino. Así es 'Pulp fiction' y la obra del director, una batidora dónde la nueva ola se mezcla con el violento cine hongkonés, Sergio Leone y el Spaghetti Western con el black explotation, o la generación de los Toros Salvajes se encuentra con el cine de espíritus independientes como Kubrick o Cassavettes.

 

La mezcla resultó ser tremendamente influyente en sí misma, no se puede entender el cine de los últimos años sin la tremenda influencia de Tarantino y su película, directores como Alejandro González de Iñarritu, Christopher Nolan o Guy Ritchie tienen una deuda infinita con Tarantino. Como no podía ser de otra forma, la imagen de Vincent Vega (Travolta) y Jules Winnfield (Samuel L. Jackson) disparando directamente a la cámara nos retrotrae a uno de los primeros iconos del cine, el final del primer western de la historia: 'Asalto y robo al tren del dinero'.

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