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Tras el último fiasco

Tras el último fiasco

martes 19 de junio de 2012, 16:06h
Es inútil y contraproducente todo lo que se dice cuando se trata de explicar lo que pasa, entre otras cosas porque la mayoría de las afirmaciones duran lo que dura su publicación en los medios informativos. El último fiasco es el del las elecciones griegas del domingo, que para muchos eran la fórmula mágica en el caso de victoria de los partidarios de que ese país continuase en el euro. Han ganado los partidarios del euro y ya vemos cómo las noticias eran recibidas por los mercados, empezando por la efímera alegría de Mariano Rajoy cuando viajaba a la cumbre del G-20 en México. Ninguna de las más acariciadas fórmulas demuestra validez alguna, y lo mismo sucede con las explicaciones que se lanzan sobre los derroteros de la situación económica. Pero no se apean de los recortes y de las decisiones que machacan la economía. Un afamado economista decía este martes que lo que uno no gasta es lo que otro no gana. Acaba de descubrir el Mediterráneo: lo que venimos asegurando los que no somos premios Nóbel de Economía. Lo asombroso es que no lo entiendan así los gobernantes.
   
Tampoco ha cambiado las cosas visiblemente la definitiva victoria de Hollande y su partido en las elecciones legislativas francesas. Me temo una conjura ultracapitalista y ultraconservadora contra la única esperanza real surgida en Europa en estos últimos años de crisis galopante: la esperanza construida por los electores galos para sacar a Francia y al continente del profundo pozo en que nos metieron y nos siguieron sepultando los pretendidos salvadores y sus amigos, de Lehman Brothers en adelante. ¿En qué quedó aquello de que había que refundar el capitalismo? Pues en nada, lo mismo que la reforma real de las instituciones financieras y político-administrativas. Debió empezarse por dar ejemplo y suprimir el Senado y demás inutilidades y reducir a la mitad el número y el sueldo de los componentes de la caterva de parlamentos y asambleas de todas clases en la prolija institucionalidad de una España arruinada y con la cuarta parte de sus trabajadores en paro. Por poner algunos leves ejemplos.
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