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Robín de Marinaleda

Robín de Marinaleda

miércoles 08 de agosto de 2012, 11:33h
Los recientes actos de "expropiación" llevados a cabo por el alcalde Gordillo, regidor de Marinaleda (Sevilla) en un supermercado con el fin de requisar alimentos para los pobres tienen una larga tradición. Ya en la década de 1890, bajo el paraguas ideológico del anarquismo, se llevaron a cabo toda clase de acciones expropiadoras; fundamentalmente robos de bancos; como los llevados a cabo en Francia por la banda Bonnot en 1911 y 1912. En España fueron "Los Justicieros" creados por Buenaventura Durruti. Sus sucesores, "Los Solidarios" actuaron también en la década de 1920, siendo los responsables del asalto al Banco de España en 1923. Luego las acciones se trasladaron a la Argentina y a Chile, cuando Durruti llevó a cabo una oleada similar de atracos ideológicos, aunque en esas tierras ya actuaban otros anarquistas como Severino di Giovanni, Wladimirovich, Babby, Roscigna, los hermanos Moretti o Paredes; véase, por ejemplo, el libro del historiador anarquista Osvaldo Bayer sobre Severino di Giovanni y la violencia y el anarquismo en la Argentina entre 1923 y 1931. En el asalto al Hospital Rawson, en Buenos Aires, se expropiaron más de ciento cuarenta mil pesos. En Montevideo, en la agencia de cambio Messina, se requisaron cuatro mil pesos, causando tres muertes. Más suerte hubo con un furgón destinado al transporte de fondos; casi trescientos mil pesos destinados a que Giovanni hiciera realidad su sueño; una imprenta para sus periódicos y panfletos.

Muchas de las críticas a estas requisas procedieron de las mismas filas anarquistas o comunistas, por considerar que estos actos individuales y aislados del "ilegalismo" romántico violento no aportaban nada a la revolución, o eran incluso palos en las ruedas del movimiento obrero al enfrentar a unos trabajadores (los asalariados de los establecimientos esquilmados o de las fuerzas de seguridad) con otros, sin afectar a los verdaderos cimientos del sistema, o incluso reforzándolos, al justificar la represión contra todo el movimiento obrero.

Menos violentos y más modernos resultaron los actos de anarquistas como el español Lucio Urtubía, o los del movimiento Yomango, es decir "yo mango", dedicado al robo de tiendas desde su nacimiento en Barcelona en el 2002, aunque no sólo expropian artículos de esa firma textil catalana. Están más organizados que los partidarios del "Sinpa", práctica habitualmente estudiantil que consiste en la consumición de bebidas o comidas y la consiguiente huida a la carrera sin abonar lo ingerido. 

Es muy cuestionable que estas acciones vayan a quebrar el sistema capitalista, pero los argumentos racionales no pueden nada contra los impulsos emocionales que provocan tanta simpatía hacia los bandidos sociales.

Incluso historiadores tan serios como el marxista Eric Hobsbawm, el primero en introducir el término de "bandidos sociales" en su libro, significativamente titulado "Primitive Rebels", mantienen una mirada positiva sobre este arquetipo del bandido que roba a los ricos para dar a los pobres. Hobsbawm, sostiene que se trata de revueltas espontáneas contra la injusticia, acciones redistribuidoras de la propiedad en épocas anteriores a cualquier movimiento obrero organizado. Destaca las figuras de Robin Hood, el australiano Ned Kelly, Rob Roy, Dick Turpin, Billy el Niño, Jesse James, o el italiano Carmine Crocco o Pancho Villa. Y hubiera añadido a Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda si le hubiera conocido.

¿Pero qué hay detrás de estos personajes más allá de una mistificación ingenua y romántica? Es un hecho que muchos de estos bandidos desdeñan el dinero, y cuando lo tienen lo reparten generosamente. No es un fin en sí mismo, sino un medio para conseguir el poder. Para ello perpetran actos que nosotros no nos atrevemos a llevar a cabo; desafiando las leyes y las convenciones sociales. Por otro lado encarnan eso que se llama en inglés "underdog", el débil frente al poderoso, la tortuga ganando a la liebre, David venciendo al Leviatán. Por eso es un arquetipo tan poderoso. Y, por supuesto, no vamos a dejar que la realidad nos estropee un buen mito.

Pero la Historia nos demuestra con que facilidad estas acciones derivan en peligrosas demagogias. El dinero o los bienes a redistribuir nunca son suficientes para cubrir las necesidades de todos los necesitados. A la hora de repartir se establecen, por tanto, unas jerarquías arbitrarias. Y esos criterios benefician a unos en perjuicio de otros. Se cae así en un clientelismo feudal. No hay trasparencia democrática para repartir los fondos de los impuestos revolucionarios. Se favorece a los partidarios propios, los que jalean el caudillismo y mesianismo de estos generosos héroes. Y siendo su misión sagrada el fin justifica cualquier medio.Mesianismo, sí. No es por azar que el alcalde de Marinaleda aparezca siempre con una cuidada puesta en escena, barba bíblica y estola de oficiante clamando contra el Becerro de Oro en un ritual calculadamente efectista. Nada, que no tenemos arreglo.

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