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Crítica de la película

'El artista y la modelo': Bellas formas, difusos fondos

'El artista y la modelo': Bellas formas, difusos fondos

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viernes 28 de septiembre de 2012, 10:31h
La escena fundamental de esta película nos enseña como un viejo artista enseña a mirar a una joven. De eso trata 'El artista y la modelo', de miradas. Fernando Trueba ralentiza el tempo y busca enseñar a mirar al espectador, a detenerse en los pequeños detalles, a aportar algo de sí mismo, a que le cueste para obtener de ello una recompensa. Una apuesta arriesgada en los tiempos de los 135 caracteres de Twitter.
La película recrea con delicadez y pausa como un viejo artista, cansado de la vida y descreído de la humanidad (estamos en plena II Guerra Mundial) vuelve a encontrar ganas de vivir después de que su mujer traiga a casa a una joven huida de España tras la Guerra Civil y de los campos franceses para ejercer de modelo. Su joven musa le volverá a congraciar con la vida, con el arte y con la carne. Él, a cambio, ejercerá de Cicerone de la joven.

Es evidente que la principal influencia de la película es Renoir, pero no, como cabía esperar, del pintor, Pierre-Auguste, sino de su hijo Jean, el gran director francés. La película entra perfectamente en lo que se conoce como realismo poético. 

Trueba se recrea en el cuerpo desnudo de la joven Aida Folch, la intensa fotografía en blanco y negro permite al director madrileño bellas composiciones. Es, sin duda, una película preciosista, en la que forma y fondo están conectados. En cambio, hay algo en ella que falla, la película no llega a transmitir todo lo que promete, su clara apuesta por el esteticismo no viene acompañada por una conexión sentimental o espiritual. Las historias accesorias no pasan de eso, de accesorias. Tanto el maquis como el nazi interesado en el arte no aportan nada a la historia. Lo que es peor, no queda claro que aporta el papel de la mujer del escultor, interpretado por la inolvidable Claudia Cardinale.

La película falla cuando se aleja de los encuentros de la pareja protagonista, es, en esto, parecida a la última película de David Trueba, el hermano pequeño del director, 'Madrid 1987'. Nuevamente sabiduría y ganas de aprender, cinismo y optimismo, vejez y juventud vuelven a enfrentarse. Ambas son obras absolutamente personales, autorales incluso, que se parecen en el fondo pero que son completamente distintas en la forma. 

Y es que la forma es elgo muy importante en esta película, un homenaje al artista-artesano, al que se mancha las manos y rechaza los aires de grandeza, al que busca la inspiración en la naturaleza y el trabajo, para que cuando le visite la inspiración le pille con las manos en la masa. Pero, a pesar de contar con unos excelentes actores, entregados completamente a su director, como el veterano Jean Rochefort y la joven Aida Folch, lo malo es que el fondo (la idea que diría el escultor protagonista) ha quedado bastante más difuso de lo que debería.

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