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¿Quiénes somos catalanes?

¿Quiénes somos catalanes?

jueves 11 de octubre de 2012, 12:36h
Con todo este mogollón que se ha originado acerca de la posibilidad de que la Generalitat convoque un referéndum sobre la independencia de Cataluña, he acabado preguntándome quien tendría derecho a ser considerado catalán para poder votar en el bendito referéndum. Claro, la respuesta más inmediata está clara: quien sea catalán de pura cepa. Sin embargo, esta respuesta provoca muchos más problemas que los que trata de resolver. Veamos.

¿Debería ser considerado catalán el que ha nacido en Cataluña o también el que ha nacido fuera y sólo ha fijado su residencia en esa comunidad? ¿Es más catalán el hijo de una familia de charnegos (término inventado por catalanes) que vive en Cataluña, o el hijo de una familia de catalanes que vive fuera de esa comunidad? ¿Y los que han vivido un tiempo en Cataluña, deberían contar como catalanes? ¿O se trata sólo de una cuestión de afinidad cultural, de apreciación de las tradiciones catalanas?

Puedo asegurar que no se trata de preguntas retóricas, al menos en mi caso. Habiendo nacido en Madrid, he vivido un tiempo en Cataluña y tengo que decir que su cultura me encantó. Tanto que tomé clases de catalán y conseguí chapurrearlo, aunque mis amigos catalanes siempre me aseguraban que mi acento no pasaría de ser tortosino. Pero además siempre tuve curiosidad por saber de donde procedía ese tercer apellido Grases que llevaba mi madre. Hoy ya lo sé gracias a una investigación genealógica que ha hecho mi prima francesa (hija de un refugiado español, hermano de mi madre, que atravesó la frontera por Cataluña durante la guerra civil). Bueno, pues resulta que descendemos de la familia Grases y Puig oriunda de Reus, por parte de nuestra bisabuela. En otras palabras, corre por mis venas sangre catalana de pura cepa. Desde luego, también corren otras sangres: castellana, navarra y probablemente gallega. 

Pero la pregunta sigue en pie: ¿tendrá más derecho a opinar sobre Cataluña el hijo de un murciano emigrado a esa comunidad por razones económicas, que un descendiente de catalanes, de apellidos rabiosamente catalanes, que haya nacido fuera de Cataluña? ¿Tendrá más derecho a opinar alguien que viva en Cataluña, indiferente a las tradiciones catalanas o alguien que viva en otra comunidad y sepa apreciar la cultura catalana? Pues lo cierto es que no es tan fácil solventar ese asunto como pudiera parecerá primera vista.

Claro, no tengo duda de que muchos independentistas argumentarán que a esa lógica hay que ponerle límites, porque por ese camino, rodando, rodando, acabará teniendo derecho a opinar sobre Cataluña media España. Y a lo mejor, sin querer, están dando en el clavo. Tal vez existan razones sobradas para pensar que, a estas alturas del partido, toda la ciudadanía española tiene algún derecho a opinar sobre el futuro de Cataluña.  
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