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La crispación sociopolítica en Cataluña

La crispación sociopolítica en Cataluña

lunes 15 de octubre de 2012, 11:53h
Todo movimiento social o cultural necesita de una confirmación legal para considerarse poseedor de una legitimidad incontestable, más allá de todo razonamiento lógico. Eso es lo que ha obtenido el independentismo catalán con el giro dado hacia esa orientación por el catalanismo oficial, a través de la Generalitat y su President Artur Mas, el pasado mes de septiembre. De esta forma, en el plazo de un mes, lo que antes era un movimiento sociocultural reivindicativo, que luchaba por modificar la legalidad a su favor, se ha convertido en un movimiento sociopolítico profundamente convencido de que su legitimidad no puede ponerse en duda. Es decir, en ese plano sociopolítico ya no es posible negociar nada. De ahora en adelante, las negociaciones a nivel institucional o cupular ya no detienen el proceso sociopolítico en curso.

Por esa razón, a partir de ahora cualquier expresión de un catalanismo no secesionista o un españolismo catalán, que se manifieste a nivel social, serán considerados como un obstáculo no legítimo en el proceso hacia la independencia de Cataluña. Ni que decir tiene que eso aumentará notablemente la crispación sociopolítica a nivel de calle. Algo que se ha podido comprobar con claridad este pasado fin de semana en Barcelona.

Así las cosas, la pregunta central refiere a saber cuan elevado es el nivel de crispación perceptible. Y lamentablemente, sería una tentación biempensante rechazar la evidencia de que el nivel de crispación ya es muy alto. No se trata sólo de la lucha de banderas en los edificios, sino de un conjunto de acciones y reacciones que, a nivel microsocial, se expresan diariamente en las calles.

El problema es que una vez llegados a este nivel de crispación social, eso significa que se ha superado el punto de no retorno de un proceso donde el mantenimiento de la convivencia pacífica está por encima de cualquier otra cosa. Parafraseando al señor Mas, ahora el proceso independentista va, SI o SI. Es decir, tanto si se desarrolla pacíficamente como si no. 

Por supuesto, Artur Mas asegura que es posible una vía pacífica hacia la independencia de Cataluña, como el Gobierno del Estado asegura que es posible una vía pacífica para evitar la ruptura de España. Pero eso no son más que buenos deseos, todo lo encomiables que se quiera. En realidad, aunque les cueste trabajo, los responsables políticos deben mirar de frente el otro plano de la realidad: la dinámica sociopolítica. Desde luego, si hacen eso con cierto rigor van a encontrarse con algo desagradable: la violencia política en Cataluña será inevitable. Ya no es posible detener el movimiento independentista sin causar un nivel de frustración colectiva considerablemente profundo y amplio. Y Barcelona ya ha demostrado sobradamente qué cantidad de grupos violentos están dispuestos a la acción.

Por otra parte, sólo una enorme falta de imaginación impediría pensar lo que supondría no permitir la puesta en práctica del referéndum prometido por el aprendiz de brujo Artur Mas. Cualquier tipo de intervención de la fuerza pública en esa dirección sería una perfecta provocación para los miles de jóvenes que, sin trabajo ni un futuro muy prometedor, están dispuestos a todo para defender una causa legitimada oficialmente. 

Dicho en breve, la cuestión que se plantea en el horizonte ya no es si habrá violencia o no en Cataluña, porque todo análisis frío indica que muy probablemente la habrá. Ahora el asunto consiste en saber si esa violencia inevitable podrá reducirse al máximo, podrá minimizarse. Y ese debería ser el trabajo fundamental al que deberían dedicarse conjuntamente la Generalitat y el Gobierno de España. Algunos analistas políticos hablan de la urgencia de reconducir el proceso por parte del catalanismo en la Generalitat. Desde luego que eso sería un regalo del cielo. Pero ahora hay que hacerlo sumando un esfuerzo adicional: rebajando por todos los medios los niveles de crispación sociopolítica ciudadana, tratando de reinstalar el valor de la convivencia pacífica como valor supremo en las calles, aunque eso signifique tener que empezar a desmontar la lógica política del SI o SI. 
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