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Capitalismo y socialdemocracia (y 2)

Capitalismo y socialdemocracia (y 2)

viernes 07 de diciembre de 2012, 08:10h
En la nota anterior, tomando como referencia un artículo de Ignacio Sotelo que ponía muy en duda que la protesta social actual induzca cambios significativos en el sistema económico, así como la rotunda afirmación de Rubalcaba de que hoy hay que ser anticapitalista porque el capitalismo ya no crea sino que destruye, quise aclarar algo sobre las dos categorías principales de esas reflexiones: capitalismo y socialdemocracia.

Como mencioné, el capitalismo ha definido bien las sociedades que se desarrollaban de acuerdo a los intereses del capital, algo que sucedió tras romper con el viejo orden feudal y se consolidó en el siglo XIX y principios del XX. Pero que, tras la segunda guerra mundial, una vez establecido en Europa el Estado de Bienestar, la reproducción de las sociedades no se hacía únicamente según los intereses del capital, lo que llevó a pensar que estaban estableciéndose sociedades postcapitalistas; algo que se convirtió en la estrategia central de la socialdemocracia: avanzar en la consolidación de esas nuevas sociedades (postcapitalistas), caracterizadas por poner la economía privada al servicio del bien común mediante el Estado democrático.

Esa estrategia fue quebrada por el proceso de globalización que tuvo lugar como respuesta a la crisis económica de los setenta/ochenta; dado que la ausencia de control de la política a nivel mundial permitió el retorno del funcionamiento de la economía privada según los intereses del capital global, incluyendo la formación de sus sectores más especulativos y depredadores. En realidad, la socialdemocracia se quedó sin estrategia política.

Ahora bien, Sotelo trata de explicar además como es que la socialdemocracia llegó hasta aquí. Para eso recuerda que su primera división fue respecto de la vía violenta o la vía pacífica del cambio socialista. Ello estuvo inmediatamente asociado a la división entre quienes creían que la democracia política era consustancial con la emancipación y quienes consideraban que eso era una nota bene. Hoy la izquierda mundial ya no tiene dudas al respecto, a excepción de pequeñas reminiscencias autoritarias.

Sin embargo, a la vista de la experiencia de la economía estatal de la Unión Soviética, se produjo otro giro de ruta en la socialdemocracia europea. Era evidente que ese tipo de economía no era compatible con las libertades y sobre todo que era mucho menos competente que la economía privada. Así pues no se trataba de estatalizar la economía sino de poner la economía privada al servicio del bien común, mediante el recurso más sólido: el Estado democrático. Si se lograba la centralidad de la política, la economía privada podría subordinarse al bien común. Eso apuntaba hacia las sociedades postcapitalistas, por más que siempre hubiera sectores que se resistieran a ese tránsito.

¿Qué debe hacer hoy la socialdemocracia ante la evidencia de que la globalización ha supuesto una desregulación al nivel más alto de la economía mundial? Algunos optaron por parapetarse tras sus fronteras (como el socialismo francés), otros abrazaron la globalización (Blair, por ejemplo) como si el libre comercio no fuera una moneda de dos caras (espacios de crecimiento y de desregulación). Lo cierto es que ninguna de las dos estrategias ha superado la prueba del ácido.
Finalmente, la socialdemocracia se ha dado cuenta que para poner la economía global al servicio del bien común se hace necesario una entidad de gobierno democrático a nivel mundial. Algo que es infinitamente más fácil de decir que de hacer. Hoy por hoy no hay señales de que ese camino esté iniciándose de forma sustantiva. ¿Entonces, qué hacer?

Algunos sostienen que ello demuestra que el intento de lograr sociedades postcapitalistas no es menos utópico que las viejas ideas socialistas. Por ello habría que optar ante una disyuntiva: hacerse anticapitalista en términos latos o, todo lo contrario, aceptar la globalización tratando de minimizar sus efectos negativos. Sin embargo, todavía hay quienes no abandonan la estrategia de fines del siglo XX: es posible controlar la economía privada en los espacios nacionales e incluso regionales, aunque no sea en la medida que nos gustaría. Eso significa prestar mucha mayor atención a las turbulencias y las burbujas nacionales (exactamente lo opuesto que hizo Zapatero) y mantener la defensa del Estado de Bienestar a nivel europeo.

Cierto, no hay que confundirse, se trata de una estrategia fundamentalmente defensiva, que, en medio de la crisis europea, puede exigir acuerdos con fuerzas políticas de centro y centroderecha, para evitar la bancarrota y el ser fagocitados por los sectores depredadores del capital global. En la actualidad, las fuerzas de centroderecha también responden a las exigencias de los Estados democráticos, que les inclinan a usar el Estado de Bienestar.  Por ello, la socialdemocracia alemana fue capaz de establecer un pacto de Estado con el centroderecha para mantener en lo fundamental el Estado de Bienestar. Y por ello, quienes en España aseguran que Rajoy quiere destruir el Estado de Bienestar, están anticipando una derrota mucho mayor. Claro, siempre pueden optar por convertirse en anticapitalistas radicales, aunque eso signifique precipitarse progresivamente hacia una presencia testimonial y pierdan definitivamente la perspectiva mayoritaria de la sociedad.
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