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Las 'celebraciones' de un año loco, loco, loco

Las 'celebraciones' de un año loco, loco, loco
sábado 22 de diciembre de 2012, 16:38h
Curioso: el primer aniversario de la llegada efectiva de Rajoy a La Moncloa coincidió, el viernes, con la investidura del ya abiertamente secesionista Artur Mas como nuevo/viejo president de la Generalitat de Catalunya, sin duda el desafío más serio que el Estado ha recibido desde que, en 1934, se proclamó el 'Estat catalá'. Si a ello le sumamos la crisis institucional, económica, cultural y moral que padece España, no queda sino concluir que estamos ante un clima de nacional-pesimismo probablemente solo comparable al que se vivió en la nación en 1898. De entre los muchos nombres que protagonizaron los titulares nacionales en este año, desde Rubalcaba, Urkullu, Nuñez Feijoo, a Rodrigo Rato, Díaz Ferrán y un largo etcétera, es el de Mariano Rajoy el que más expectativas suscita, el que más responsabilidad tiene para superar este momento de bajón anímico colectivo.
 
Que José Luis Rodríguez-Zapatero, saliendo de un largo silencio, opine que el referéndum secesionista que quieren Convergencia-Esquerra, el tandem que, parece que no por mucho tiempo, va a gobernar en Cataluña, 'simplemente, no va a celebrarse', es algo digno de tener en consideración. Porque lo cierto es que los errores comenzaron mucho antes de que se iniciase este 2012 que con tan escasas luces navideñas se despide: el propio Zapatero, por seguir la estela de Pasqual Maragall, y luego la del tripartito increíblemente alumbrado por José Montilla, alentó un Estatut autonómico que rozaba lo inconstitucional, y con ello se desgastó, más aún, la Constitución de 1978. No creo en quienes aluden a la 'difícil situación heredada' para justificar los desmanes, las ocurrencias y la inactividad del presente; pero lo cierto es que los errores comenzaron mucho antes de que, el de diciembre de 2012, Mariano Rajoy y su equipo tomasen las riendas del poder.
 
Lo que ocurre es que Rajoy,contra lo que entonces dijeron los suyos, se hizo cargo de un traspaso de poderes que no fue ni tan ejemplar por parte de los traspasantes ni tan inquisitivo por parte de los traspasados: la Legislatura comenzó con muchos agujeros, demasiados desconocimientos, excesivos silencios. Sin embargo, los ciudadanos no tenemos la culpa de las negligencias -llamémoslo así-- de unos y otros. Y así andamos: algo deslegitimados en el exterior, muy desanimados en el interior, fiándolo todo a grandes operaciones políticas (y económicas) que no llegan.
 
Son muchos los medios, somos muchos los comentaristas, que hemos venido 'celebrando', comentándolo, este primer aniversario del Ejecutivo popular, al que lo justo sería adjudicarle bastantes sombras y algunas luces. Quitar el cerrojo al arcón de algunas verdades inamovibles, a muchas situaciones intocables, poner en tela de juicio tantas cosas, ha sido lo mejor de lo segundo. Incrementar la inseguridad jurídica a base de no decir la verdad sobre lo que se pensaba, inevitablemente, hacer, fue, pienso, lo peor de lo primero. Y, en medio, un Rajoy que permanece como atado al palo mayor mientras la tormenta arrecia, mientras cada ministro aporta lo que puede -en un par de casos, mucho caos, sobre todo en lo jurídico, en lo educativo, en lo sanitario- para serenar la situación.
 
Una vez más, hay que concluir que lo por hacer es mucho más que lo hecho, y que lo que resta  no tiene por qué consistir en seguir metiendo la mano en el bolsillo del contribuyente. La crisis, insistamos, es mucho más política que económica, y para poner en marcha operaciones políticas de gran calado, desde una reforma constitucional hasta un plan económico-laboral de envergadura, es preciso el pacto con otras fuerzas, negociar con todos. Y eso es precisamente lo que no se está haciendo. Imposible, así, festejar este primer aniversario, que lo que ha demostrado, a los actuales gobernantes, a los pasados y a los futuros, a quienes ejercen el poder central y a los que lo hacen en el autonómico, es que hay que gobernar muy de otro modo: esto, así, no vale.

>> Lea el blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>
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