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Carlos Martín recupera una bodega milenaria que ofrece un vino tradicional y con calidad

Carlos Martín recupera una bodega milenaria que ofrece un vino tradicional y con calidad
lunes 28 de enero de 2013, 09:07h
'Malos tiempos para la lírica', cual cantaba el mítico grupo gallego Golpes Bajos. Para la lírica, para la épica y para casi todo, incluyendo, claro, la tragedia del desempleo. Pero son buenos tiempos para los valientes, para los que emprenden, forzados o no, qué más da, nuevas aventuras. Cual es el caso de Carlos Martín, que acaba de poner en funcionamiento la bodega familiar, cargada de historia sobre las mismas tierras sorianas de Langa de Duero que ya habían visto pasar a cuatro generaciones de su familia.
Y, ya que hasta hace poco el trabajo de Carlos Martín, de 52 años, estaba relacionado con las representaciones de músicos de pop, rock y folk, parece justo y necesario traer a este texto otra canción que hizo famosa un grupo muy relacionado con Soria, Gabinete Caligari, y su 'La culpa fue del cha cha cha'. Bien, pues en el caso de Carlos Martín, se acabó el cha cha cha y el rock y el folk y el pop, al venirse abajo el mercado discográfico, y por culpa de ellos, le echó valor y desde Madrid, donde vivía desde hace tres décadas largas, decidió volver a su pueblo y poner en marcha de nuevo la bodega con la línea que siempre pretendieron sus antepasados: la calidad.

Ha sido como volver a la infancia, cuando ayudaba a su padre en las vendimias tan diferentes a las actuales, cual reconoce: "Son recuerdos entrañables que se quedan en el subconsciente, y ahora que soy adulto he heredado en un paraje singular 'Carrascal', aquel viñedo de toda la vida". Una extensión con cepas milenarias -1013 años, comprobados, las contemplan-  que han visto pasar cuatro generaciones de su familia. "Tierra y canto que no envejece por el paso de los años, tierra centenaria que amablemente filtra el poco agua que regala la madre naturaleza; buena tierra para el vino, en definitiva", destaca este emprendedor.

Y ahí, con algún esfuerzo económico por su parte y solventados los papeleos, se levantan un total de ochocientas cincuenta vides que dibujan nueve líneos y medio, con una composición de uvas tempranillo al 95% y albillo al 5%. Naturalmente, desde su niñez, todo ha cambiado, como confiesa: "Recuerdo los carros con grandes ruedas de madera y hierro enfilados a ambos lados de la calle, uno tras otro llenos de altos cestos de mimbre. Y los niños dentro de ellos, abrigados, para viajar hasta el viñedo en lo que era una fiesta de casi una semana, y,lo mejor, sin cole".

Al estilo tradicional

Como es lógico, el emprendedor, "aunque con idéntica ilusión", proclama, ha tenido que adaptarse, porque ahora ha cambiado la manera de hacer el vino, ya no se pisa en aquellos enormes lagares con aquellas enormes prensa. La tecnología facilita el trabajo, y donde había un lagar, hay una despalilladora y unas prensas más pequeñas. De tal manera que el mosto fermenta en recipientes grandes de PVC dos semanas, eso sí, para terminar finalmente en el mismo sitio de toda la vida.

O sea, en la bodega, que Carlos Martín define como "esa cueva  escavada a mano en la montaña y con una temperatura constante que hace que el mosto se convierta en vino  totalmente a oscuras en unas cubas que se van renovando cada 5 años, como ya tengo previsto, para obtener buenos caldos". Luego, se sigue ya la tradición, ahí no ha habido cambios y Carlos, aparte de sus conocimientos de su infancia y después, se ha documentado sobradamente: tras 10 meses reposando en las cubas y después de varios trasiegos unos vinos van a ir al 'siempre lleno' y otros se embotellan.

Como es lógico, la marca Martín Arrabal, una familia que lleva muchas generaciones, últimamente sólo para consumo propio y el de amigos, vuelve al mercado en una próxima comercialización con una especie de eslogan que Carlos tiene claro: algo pequeño y mimado al estilo tradicional hecho por una pequeña familia  para grandes paladares. Una pequeña familia -con su hermano Antonio, codo con codo-, que está echando y echará una mano en todos los quehaceres, y sobre todo en la vendimia, "que es cuando más falta hace", puntualiza Carlos.

En definitiva, un vino hecho desde las tierras del Cid, de castillos y puentes medievales, esos parajes de secano y viñedos de Langa de Duero. Como remata el emprendedor: "Algo que he recuperado porque siento esa necesidad... y porque me gusta".

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