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Lo que sé de los vampiros

Lo que sé de los vampiros

jueves 07 de febrero de 2013, 13:54h
Hoy solo he ojeado un rato el periódico. He mirado en algún momento la tele. Entonces mi rostro ha hecho un giro de huida casi felino, para no volver a ver la carroñera película de la vida. Cuando subí al automóvil puse la radio y sus palabras comenzaron a pincharmelos oídos. Así que cambié de emisora. Me fui a la música clásica. Sonaba un piano bello y cadencioso, casi ausente, pues las notas parecían morir antes de nacer dejando una inercia de gozo en el aire. Era Schubert. Al otro lado de las ventanillas estaba la realidad. Viandantes, comercios, semáforos... Pero iba embobado en la música y sentí que era ajeno a ella.

Llegué al edifico del trabajo y bajé al parking. Cuando cerraba la puerta del coche aún tenía en mi cabeza el brío romántico de Schubert. Me recordó a un día en Madrid, en un concierto, cuando era muy joven. Me pasó como a Proust cuando le llevaron la magdalena en una cafetería. Su olor a horno le trajo el recuerdo de la vieja casa gris de la infancia, donde su tía le daba una magdalena mojada en tila y ya se sentía en el umbral de sus futuros recuerdos. Comenzaría entonces el camino hacia la búsqueda del tiempo perdido. Yo con Schubert recuperé los sueños de un joven de corazón solitario. Luego subí las escaleras del parking y llegué a la puerta del trabajo. Allí algunos compañeros consumían sus cigarroscon parsimonia. Saludé y me paré un rato. El vaho profundo de la música fue sustituido por sus comentarios. Hablaban de la actualidad y unas palabras persistentes lo envolvían todo. Corrupción, gobierno, partido, Suiza, mierda, paro, decepción.

Escuché un poco y subí las escaleras. Pero antes de llegar a la oficina, me paró un compadre indignado con la mugre carroñera. Dijo con ira todos los insultos posibles. A ver cuántos "suizos" van al trullo, me comentó. Le respondí con algo de indiferencia. Y me metí adentro.Durante toda la mañana me perdí en mis cosas. Olvidé el vuelo de los buitres. Fue una jornada llena de llamadas, idas, venidas, decisiones, problemas. Al cabo me sirvió de maravillosa evasión. Las horas pasaron raudas. 

En la vuelta a casa repetí los mismos rituales. Ahora en la radio sonaba Mahler. Su melancolía me llevó a un cómodo mundo de ausencia. Llegué al hogar. Vi a mi mujer y a mi hijo indignados. No cesaban refunfuñar por la mierda que se  desbordaba por la tele. Estuve un rato con ellos y me subí a mi buhardilla. Es el templo de mi soledad imperturbable. Allí hay unas enormes almenas llenas de libros que me protegen de todo. 

Me senté en el sillón y continué la lectura de Lo que sé de los vampiros, de Francisco Casavella, uno de mis prosistas predilectos, ya desaparecido. El aire exterior olía a pezuñas de bandidos. El sol rojo al fondo de las nubes anunciaba la noche larga. Un pespunte de la luna por el cielo oscuro decía que el aire estaba lleno de máscaras y engaños.
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