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La columna de Gema Lendoiro: '¿Conciliar? No, mire usted, de eso no nos queda'

La columna de Gema Lendoiro: '¿Conciliar? No, mire usted, de eso no nos queda'

Hoy, 8 de marzo, se celebra en el mundo entero el día internacional de la mujer

viernes 08 de marzo de 2013, 10:19h

Conciliación. Otra gran mentira que, a base de repetirla, algunas incluso se lo han llegado a creer. Pero no es real. Y lo que es peor, no sé si lo será algún día. Partimos hombres y mujeres de la misma base pero, a la hora de la verdad, la vida se obstina en demostrarte que eso no es cierto, que no somos iguales. Y de eso te das cuenta no cuando estás en el colegio, ni en la universidad. Ni siquiera en el trabajo. Conozco muchas mujeres con mejores puestos que otros hombres.  La bofetada de realidad te la encuentras un día, de repente, cuando decides procrear. Es cuando cuando te re- incorporas a la vida laboral después del ridículo paréntesis de las 16 semanas cuando comienzan a florecer como setas los sentimientos encontrados. Y ahí es cuando caes en la terrible verdad, azotada por un sentimiento de culpabilidad terrorífico que aquí de igualdad, tururú. Ya se sabe que, al menos en España, es más productivo (o eso nos han vendido) que una mujer vuelva antes al trabajo a que se quede un tiempo más cuidando de ese ser que tanto la necesita y cuyas conexiones neuronales están trabajando para sentar las bases de lo que, en el futuro, será.

No conozco estudio científico que lo ampare pero convencida estoy de que las mujeres madres trabajadoras andan cargando las 24 horas del día con el peor de los sentimientos: el de la culpabilidad, el de sentir que eres una mala madre. Porque no llegas a nada. Pocas cosas admite peor una sociedad que una mujer-madre que no asume sus responsabilidades como tal. Supongo que es algo atávico y que está en nuestro ADN que, como mamíferas que somos, aquí estamos para dedicarnos en cuerpo y alma a las criaturas que tenemos. Pero es humanamente imposible ser madre, ama de casa y trabajadora a la vez y hacer esas tres cosas bien. Alguna, por rigor, la haces mal. Y ahí es cuando te enfrentas con los peores debates que pueda un cerebro soportar. Mala madre te sientes cuando dejas a tu hija con 39 de fiebre en casa al cuidado de una extraña pero no te quedan más pamplines que ir a currar. Mala madre te sientes cuando te tenías que haber ido a las 6 de la oficina pero tu jefa (que no tiene hijos) pone una reunión inesperada a menos cuarto. Y ya sabes tú entonces que llegarás por los pelos a darle sólo un beso de buenas noches pero antes has de parar a comparle una cartulina porque necesita presentar al día siguiente un trabajo. Y entonces ya ni te centras en la reunión porque, francamente, te importa un carajo. Mala madre te sientes cuando llegas a casa tan cansada que apenas tienes ganas de jugar con ellos. Mal madre te sientes cuando tienen rabietas y tú sabes (como solo las madres sabemos) que eso es porque te necesita (más). Mala madre te sientes cuando entras a las 8 en una oficina y la tienes que montar en una ruta con el frío que hace o dejarla una hora antes en el colegio cuando bien podían estar más calentitos en casa. Mala madre te sientes cuando no tienes paciencia para sentarte y explicarte cómo se forman los cirros, los cúmulos y los estratos. Mala madre te sientes cuando descubres que estás haciendo sopa de sobre en un lugar de una casera con su buen codillo. Te sientes mala madre por tantas cosas a lo largo del día que si los hombres pudieran ponerse en nuestro cerebro, aunque solo fuese por una hora, se volverían locos.

Esta es la vida diaria de millones de mujeres en el mundo. ¿Me quedo en casa o trabajo? Como si fuera tan sencillo. A veces 1200 euros (y ya me estoy pasando con los tiempos que corren) solucionan una economía familiar, hacen que no llegue un desahucio, hacen que se pueda poner todos los días un plato caliente para cenar y que se puede encender un ratito la calefacción. Pero la culpa está ahí, parece que nos la inoculan en el paritorio para siempre.Y no se va. Nunca.

A veces me pregunto si no nos habrán engañado las feministas de los sesenta cuando llamaron en masa a las mujeres a salir de sus hogares, a reclamar lo que era suyo. Y me pregunto, ¿qué es lo nuestro? Porque me pueden decir ustedes, honestamente, señoras que me lean, si les importa más un cuenta de resultados positiva o bañar a sus hijos cada tarde-noche, echarles su cremita en esos cuerpos tan bonitos que huelen durante años a bebé, cenar con ellos, acostarlos y darles las buenas noches. Me lo pregunto cada noche.¿Quién no se ha quedado sopa encima de su hijo mientras le lee el cuento de buenas noches? Porque aquí servidora, unas cuantas.

¿Y quién tiene la culpa? Imagino que aquí todos tenemos mucho que aportar. Negativamente, me temo. No estaría demás enseñar en las escuelas más igualdad. Pero de la buena. No obligando a cambiar miembra por miembro. Esas fruslerías no llevan a nada. Así no se consigue la igualdad ¿Cuántas generaciones más tienen que pasar para que esto se normalice? ¿Y qué me dicen de los horarios? ¿A cuento de qué se paraliza el país de 2 a 4 de la tarde para comer? ¿no llegan 20 minuos?¿No deberíamos ir intentando cambiar estas nefastas costumbre tan poco propicias para la unidad familiar, ¿eso cómo se hace, de quién depende? Afortunadamente tenemos agrupaciones como Conciliación Real Ya que hacen cosas...pero necesitamos más.

Me van a perdonar si encuentran ustedes en mi escrito tintes machistas. Nada más lejos de mi intención. Hablo como madre y recuerdo una frase de otra que no hace mucho me dijo: "Para educar, pero educar bien, hay que estar en casa por las tardes con los hijos. No vale que te los cuide alguien, tienes que estar tú, eso es lo que los hijos valoran, lo que les da seguridad". Tiene que estar uno de los dos, o la madre o el padre. Si no se hace así, no funciona. O es difícil que funcione. Al menos desde las seis. ¿Y quién tiene esos horarios magníficos para estar en casa a las seis? Ah sí, la que los obtiene a cambio de una reducción de jornada y por tanto de salario. Es verdad que hablo con la perspectiva de vivir en una gran ciudad donde las distancias eternizan la jornada (más si cabe). ¿Y adivinan quién es la persona que asume estar por las tardes? Bingo. ¿Y entonces qué pasó con las perspectivas laborales que una soñaba cuando estaba en la universidad? ¿O simplemente cuando era joven?

Llámenme ustedes pesimista que lo asumo. Pero viendo lo que veo no me creo la palabra conciliar. Me provoca urticaria, risa, me parece una tomadura de pelo. Directamente en este país de eso no tenemos. Puede que en otro sí. Que nos manden las claves para ponernos a ello.Quizás valorar que una madre que trabaja hace un doble esfuerzo por la sociedad, quizás concienciar desde la más tierna infancia que el oficio de madre es sagrado y que una sociedad que no valora eso tiene poco futuro, quizás unas condiciones laborales más flexibles cuando los hijos son pequeños. ¿Es tan difícil comprender que niños educados por una madre presente que les trasmite confianza es sinónimo de adultos en un futuro más comprometidos, más capaces?

Así que hoy, día internacional de la mujer se conmemora que en un momento conseguimos idénticos derechos. Eso es de celebrar. Pero hay todavía un largo camino por delante. No digamos si echamos levemente la mirada sobre los países subdesarrollados donde el precio de una mujer es el equivalente, en el mejor de los casos, al de dos vacas. Queda mucho por hacer. Muchísimo.

Aún así. Felicidades a las mujeres. En su día.

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Dedico este artículo a todas las mujeres que murieron víctimas de la violencia de sus parejas. Hombres que no aceptaron que las mujeres nacen, crecen, se reproducen y mueren, libres.Y a las que siguen vivas pero sufren el machismo en su día a día. Y también se lo dedico a las mujeres que educan a sus hijos en la igualdad y en el respeto a los demás, sea cual sea su sexo. En ellas está la verdadera revolución.

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