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El postcristianismo y la renuncia de Ratzinger

El postcristianismo y la renuncia de Ratzinger

lunes 11 de marzo de 2013, 17:39h
Tiene razón don Gabriel cuando critica con aguda pluma el morbo de los devotos incrédulos respecto de la transición creada por la renuncia de Benedicto XVI. Pero esa razón le asiste sólo en cuanto al circo mediático presente y no tanto respecto de los problemas de fondo que deben preocuparnos a todos: la crisis del cristianismo, especialmente del católico, y el riesgo de vacío moral que esa crisis entraña.

Claro, esos dos temas de fondo, dan para una discusión mucho más seria que debería preocupar al conjunto de la sociedad. Fue Joseph Ratzinger quien dijera, antes de ser elegido Papa, que en la sociedad europea puede hablarse ya de postcristianismo, poniendo aquel dramático ejemplo de la ciudad de Colonia, que en su juventud se declaraba católica más del los tres cuartos de su población y al comienzo del nuevo siglo apenas se declaraba un 15% de esa confesión. Si ese análisis es acertado, emerge una serie de preguntas decisivas: ¿será sustituido el cristianismo por otra religión diferente? ¿Y si no fuera así, la caída de la moral religiosa cristiana, implicaría un vacío de moralidad general en las sociedades modernas? Muchos no creyentes responderían rápidamente a esta última pregunta con una negación rotunda. Sin embargo, estoy convencido de el asunto no es tan sencillo y que necesita de una reflexión más a fondo (en tal sentido creo que un interlocutor válido al respecto sería, por ejemplo, Hans Kung).

Pero no nos anticipemos a dar este segundo paso. Detengamos antes a examinar el problema de la crisis del cristianismo y en particular de la Iglesia Católica. Existe consenso acerca de que el postcristianismo no tiene lugar por el surgimiento de un potente discurso alternativo no creyente, sino por un progresivo descreimiento, producto de un masivo abandono de la práctica religiosa (que desde luego agudiza la cantidad de escándalos financieros y sexuales), pero también por el creciente rechazo de los dogmas que tanto afecta a los cristianos católicos. Hoy es difícil que una joven con formación universitaria acepte sin más el milagro de la virginidad de María, por poner un ejemplo ya encajado por una amplia cantidad de cristianos. Como Ratzinger reconoció, la notable carga dogmática de la Iglesia Católica es en este sentido una dificultad agregada. Desde luego, el incremento de la creencia suave (ese ligero "creo que tiene que haber algo"), que toma distancia cada vez mayor de la religión, se ha visto acompañado por el aumento del agnosticismo como posición intelectual (es decir, de quienes piensan que no puede demostrarse la existencia de un ser trascendente pero tampoco la creencia contraria que plantea el ateísmo).

Ese (postcristianismo) y no otro es el mar de fondo que agitaba la barca del pontificado de Benedicto XVI. Pero para encarar la marejada del descreimiento religioso se necesita una Iglesia empoderada y no una profundamente debilitada por los escándalos recientes. Y en ese contexto Benedicto XVI encarga el informe sobre los Vatileaks. La prensa italiana asegura que tanto el contenido (600 páginas) como su presentación habrían conducido a Ratzinger a considerar que la superación del daño causado por los escándalos financieros y sexuales dentro de la Iglesia es una tarea que supera sus fuerzas. Sin embargo, soy de los que piensan que el verdadero problema consiste en que, incluso para enfrentar limitadamente el escándalo de la pederastia y la homosexualidad, las medidas necesarias abarcarían una serie de cambios sistémicos y estructurales, que afectarían al conjunto de la Iglesia Católica.

Ratzinger ha planteado el enorme problema como una cuestión de tiempo. Él está demasiado viejo y enfermo como para acometer tamaña faena. Pero eso me parece que sólo es una parte de la verdad. No se trata de cuánto tiempo consuman las reformas, sino de si los Cardenales van a impulsar la transformación de la Iglesia Católica. Y Ratzinger recuerda perfectamente la experiencia que significó al respecto el Concilio Vaticano II: mucho ruido y pocas nueces.

Según la prensa europea, Joseph Ratzinger enfrenta un drama personal agregado. Los historiadores del Vaticano recuerdan que ninguno de los Papas que abandonaran su puesto, escaparon a una muerte trágica. Y que ello ha estado ligado con frecuencia al tema de los secretos papales. En el momento de su dimisión, Ratzinger dejó sellado el Informe sobre Vatileaks como secreto a conocer únicamente por quien fuera su sucesor. Sin embargo, varios Cardenales llegaron a Roma reclamando la apertura del secreto antes de que comience el Cónclave para elegir al nuevo Pontífice. Todo parece indicar que ese primer cambio no tendrá lugar: se mantiene la vieja norma de que los secretos papales deben enterrarse con el cadáver del Papa, a excepción de los que se trasladan a su sucesor.

A estas alturas, parece evidente que ha predominado la tendencia mayoritaria entre los Cardenales de llegar al Conclave sin meterse en profundidades. En ese sentido, parecen confíar más en la fuerza mediática de la escenificación de la elección del nuevo Papa; que resulta algo semejante al esfuerzo igualmente mediático de los devotos incrédulos que critica don Gabriel. Pero sostengo que es posible otra mirada de la crisis que hoy atraviesa la Iglesia y el cristianismo en general, como un fenómeno que afecta y afectará profundamente al conjunto de las sociedades modernas.
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