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La farmacia, ayer y hoy

La farmacia, ayer y hoy

lunes 22 de abril de 2013, 08:24h
Mucho han cambiado las cosas (demasiado, dirían algunos) prácticamente en todos los sectores, y el de la Farmacia no podía, ni quería, ser la excepción. Antes bien, es sin duda uno de los que con mayor profundidad han evolucionado, tal vez quizás por ser uno de los más antiguos y necesarios.

Si viajamos en el tiempo, podemos llegar al siglo XVI y encontrarnos con una obra publicada en Sevilla en el año 1536, 'Diálogo llamado Pharmacodilosis', escrita cuando aún no tenía intereses en el uso de los remedios americanos que poco a poco habían de ir invadiendo nuestra Farmacia, y en la que Monardes se mostraba opuesto al uso de plantas exóticas por considerar que éstas podían estropearse durante su transporte desde la lejana América y en su posterior almacenamiento.

Desgraciadamente, cuando tuvo intereses personales en el comercio de esas mismas plantas americanas que antes había considerado casi un peligro, no dudó en cambiar de opinión y mostrar una nueva actitud, favorable sin reticencias de ningún tipo a las drogas americanas, una nueva opinión que expuso en su obra magna: 'Historia medicinal de las cosas que se traen de nuestras Indias Occidentales'.

Alguna de estas plantas, como el guayaco o la triaca, gozaron de un gran prestigio por sus propiedades medicinales y curativas durante ese mismo siglo XVI, hasta el punto de que esta última llegó a ser elaborada públicamente por los especieros más ricos y famosos, mientras el Colegio de Farmacéuticos de Madrid conseguía en el siglo XVIII la exclusividad de su elaboración, en una demostración de fuerza y poder por parte de los médicos galenistas y de los especieros y boticarios especializados en el arte operatorio tradicional.

Pese a ello, en los comienzos del siglo XVII, podía considerarse que la Medicina y la Farmacia seguían siendo renacentistas, aunque se contaba ya con una farmacopea, la 'Officina Medicamentorum', que ya incluía algunas drogas llegadas de tierras americanas, como el palo de guayaco.

Todo lo anterior cierto, pero más cierto aún que el farmacéutico era un auténtico maestro, un verdadero "confeccionador" (no en vano sus preparados llevaban el nombre común de confección) de fórmulas magistrales que ya alcanzaban fama por sus poderes curativos en tiempos del Quijote, como el "mitidrato" o la "triaca magna", medicamentos considerados greco-romanos y usada la segunda de ellas para fines tan variados como prevenir la enfermedad, socorre toda clase de venenos, sanar la mordedura de perros rabiosos, defender el cuerpo de los dolores viejos o remediar las lombrices y disenterías, entre otras muchas aplicaciones, o los renacentistas "emplasto de Juan de Vigo" o "polvos de Juan de Vigo" (Giovanni da Vigo fue un famoso cirujano italiano, muerto en el siglo XVI, autor de un tratado de medicamentos simples y antídotos considerado como un puente entre la medicina de la antigüedad, la árabe y la renacentista.

Lejos, muy lejos han quedado esas imágenes no ya de aquellos siglos sino incluso del pasado, del farmacéutico vestido de blanca bata y preparando sus compuestos, sus fórmulas magistrales para alivio del dolor ajeno. Y muy lejos han quedado también las imágenes que las grandes farmacias con sus anaqueles y vitrinas cubiertas de frascos en loa que se guardaban los elementos primarios con  los que llegar, a través de las fórmulas correspondientes, al resultado que había de llevar la sanación al enfermo.

La farmacia moderna, la farmacia de este siglo XXI, se ha convertido en un local diáfano y luminoso, con  vitrinas cada vez más modernas y cajoneras adecuadas, con estanterías repletas de cajitas multicolores que guardan todo tipo de medicinas presentadas hoy en cápsulas, comprimidos y sobres de los más diversos tamaños y formas que encierra aquellas fórmulas tradicionales ya elaboradas de manera industrial y sin el cariño y el calor humano que el farmacéutico volcaba en su preparación.

No obstante, aunque desprovisto de su mortero y su maja, el farmacéutico sigue ocupando, ayer como hoy, un lugar importante en la restitución de la salud a los enfermos, porque sus conocimientos han seguido en aumento y aún sin elaborarlos, sabe en cada momento cuales son los componentes de todos y cada uno de los medicamentos que expende, lo que le permite, en todo momento, solucionar las dudas que con gran frecuencia les plantean los clientes.

No obstante, aunque desprovisto de su mortero y su maja, el farmacéutico sigue ocupando, ayer como hoy, un lugar importante en la restitución de la salud a los enfermos, porque sus conocimientos han seguido en aumento y aún sin elaborarlos, sabe en cada momento cuales son los componentes de todos y cada uno de los medicamentos que expende, lo que le permite, en todo momento, solucionar las dudas que con gran frecuencia les plantean los clientes.

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