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La regeneración política: lo que no ven Leguina, Maravall y otros

La regeneración política: lo que no ven Leguina, Maravall y otros

lunes 17 de febrero de 2014, 18:01h
Ni que decir tiene que comparto plenamente la tesis central del nuevo libro de Joaquín  Leguina sobre el zapaterismo: don José Luis y sus mesnadas nunca tuvieron sentido de Estado y así nos fue y nos sigue yendo (Cataluña es un  buen ejemplo). Pero cuando mi amigo Joaquín se pone constructivo y piensa en una vía para la regeneración política vuelve sus ojos hacia los partidos, porque cree que ahí se encuentra el principal problema y buena parte de su solución. Y no hay duda de que los partidos son un elemento fundamental de cualquier planteamiento sobre regeneración política. Pero si no se cala más hondo, se pierde de vista la base del problema o, si se quiere una versión más venial, el otro elemento decisivo del problema: la baja calidad de la cultura política ciudadana.

En otras palabras, la visión que se centra en los partidos políticos me parece errada por reduccionista.Conste que esa visión no solo es patrimonio de Leguina: la comparten muchos políticos y observadores en nuestro país. Sin ir más lejos, vean el artículo de Fernando Jáuregui en esta publicación, titulado "El estado de esta nación", donde culpa a la visión de partido tanto de la parcialización del diagnóstico como de la propuesta. "La política de partido sigue, así, acaparando el trayecto de la política española (...) El gran proyecto de nación brilla por su ausencia", concluye Fernando.

Tampoco, desde luego, comparto otras tesis, que si bien profundizan más en las entrañas de nuestro tejido sociopolítico, acaban no tocando la tecla clave. Ese es el caso de José María Maravall, cuando sostiene que el problema de fondo es que la nuestra es una sociedad desmovilizada. Resulta una evidencia que la sociedad española es la que más fácilmente se moviliza en Europa, tanto temática como numéricamente. No parece esa la cuestión decisiva.

Definitivamente, el problema no reside en los instrumentos, sino en la cultura política subyacente. En realidad, la partidización de la política es más un efecto que una causa, aunque luego contribuya a reproducir ampliadamente el problema. Es completamente lógico que una cultura política cerril, sectaria y gregarista, como la española, de lugar luego a una política estrechamente partidista. Sería un milagro si así no sucediera.

Puse hace semanas el ejemplo de lo que sucedería con el debate sobre el aborto y parece que no me equivoqué ni una pizca. Hay dos visiones polarizadas: la conservadora, liderada por la Iglesia, que desconoce el derecho de las mujeres y absolutiza el derecho del no nacido, llevándolo hasta la concepción; y la feminista radical que hace lo contrario, absolutiza el derecho de las mujeres, como si no existiese nunca el derecho del no nacido. Pues bien, esas posiciones han sido adoptadas por los dos grandes partidos para llevarlas al debate político. Cualquier mirada sensata del asunto puede darse cuenta de que estamos ante dos derechos (y no uno), el de las mujeres y el del no nacido, que hay que armonizar de acuerdo a las circunstancias. El derecho de las mujeres debe primar al comienzo de la gestación, pero nadie puede dudar que en una gestación de seis meses, prima el derecho del no nacido.  ¿Cuál es la razón de fondo que impide ver algo tan sencillo? Me parece evidente que el problema reside en que la idea de la armonización de derechos es completamente extraña a nuestra cultura cívica y política. Aquí solo existen derechos únicos, absolutos y excluyentes. Lo demás son inventos.

En pocas palabras, la cuestión medular para la regeneración política refiere a la creación de una ciudadanía de calidad, basada en una cultura política de derechos individuales y colectivos, no sectaria ni marcada por el espíritu de bandería. La cuestión no reside sólo en superar una ciudadanía formal, que no se interesa en las decisiones políticas; ni tampoco en aumentar una ciudadanía activa, prendida de un activismo constante; sino en aumentar lo que he llamado ciudadanía sustantiva: aquella que se siente sujeto de derechos, se interesa por las decisiones políticas, se informa regularmente, y todo ello sin necesidad de estar en permanente movilización (aunque es capaz de movilizarse en ocasiones decisivas). 

Claro, la pregunta del millón es ¿Y cómo crear esa ciudadanía sustantiva? Puede que la respuesta no sea fácil, pero no tengo duda de que es la clave de la regeneración política en España. Sin un cambio fundamental en nuestra cultura política, la posibilidad de tener una visión de Estado es bastante remota. Así, el problema de la parcialización de la política no es luego responsabilidad exclusiva de los partidos. Más bien, los partidos operan con esa impronta porque navegan en el océano de la cultura política sectaria que impera en las entrañas de nuestra sociedad.

Pero no voy a soslayar la difícil respuesta. No voy a hacer, en este sentido, como hace UPyD, que llega a ver el problema, pero luego no enfrenta directamente la tarea de construir una ciudadanía de calidad. Es decir, creo que es ahí donde está la responsabilidad central de los partidos: no sólo tienen que oxigenarse internamente, como afirma Leguina, sino comprometerse con la creación afuera de una ciudadanía sustantiva, capaz de juzgar sus propias acciones. Claro, en tal compromiso no pueden estar solos: tiene que acompañarlos el conjunto de las instancias que contribuyan a formar criterio, desde el sistema educativo hasta los medios de comunicación. En algunos países latinoamericanos se han creado organizaciones sociales con ese objetivo, la creación de ciudadanía. Pero no importa de dónde surja la acción, lo importante es que nazca. Porque sin ese cambio, todo lo demás resultará tremendamente cuesta arriba.
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