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La muerte de Adolfo Suarez une (brevemente) a las dos Españas

La muerte de Adolfo Suarez une (brevemente) a las dos Españas

domingo 23 de marzo de 2014, 17:53h
Cumplidas las 48 horas de las que hablo su hijo al informar a todos los españoles del inminente adiós del primer presidente de la actual democracia, Adolfo Suarez ha conseguido con su muerte y los reconocimientos que se le están haciendo desde los cuatro puntos cardinales de nuestra política que las dos Españas que en el año 1977 aprendieron a convivir en paz y libertad, superando los cainitas enfrentamientos que llevaron a la guerra civil en 1936, vuelvan aunque sea brevemente a mirar el futuro desde esos planteamientos de unidad y colaboración que hicieron posible la Transición democrática.

En el año 1976, cuando el Rey pide y consigue la dimisión de Carlos Arias Navarro, y a través de su amigo Migel Primo de Rivera y de la astucia del entonces presidente de las Cortes, Torcuato Fernandez Miranda, que en la terna que le eleva el Consejo del Reino para elegir sucesor en la presidencia del gobierno aparezca el nombre de un casi desconocido Adolfo Suarez, el político que había sido procurador en Cortes, gobernador civil de Segovia, director general de RTVE y ministro Secretario General del Movimiento sabia que su misión histórica era traer la democracia a España y que ésta no fuera un paréntesis en el tiempo. Una misión en la que se encontró con engaños, mentiras, traiciones, insultos y amenazas pero que no le arredraron y por las que, al final, abandonó la doble presidencia que ostentaba, la del gobierno y la de su partido, la UCD, el mismo en el que las luchas de las distintas familias ideológicas que lo formaban y las ambiciones personales lograr que seis años mas tarde, el 28 de octubre de 1982, el Partido Socialista de Felipe González ganara las elecciones con la mayor mayoría absoluta que han conseguido unas siglas en nuestro país.

Adolfo Suarez tuvo que soportar tres intentos de golpe de estado, desde la Operación Galaxia al propio 23-F del teniente coronel Tejero por una parte del estamento militar, tuvo que soportar las criticas de la Iglesia católica por la ley del divorcio, los ataques del poder económico por las reformas estructurales y fiscales, y hasta la incomprensión y el abandono del propio monarca. En una España con una severa crisis económica y que pedía con urgencia medidas que sólo un gobierno de izquierdas podía poner en marcha, como así fue con el primer Gabinete del PSOE y de la mano de hombres como Miguel Boyer y Carlos Solchaga.

Desde las filas socialistas y con Alfonso Guerra como ariete le acusaron de hacer trampas en las urnas de 1979, y le llamaron tahúr entre otras lindezas, mientras que una moción de censura abría las puertas al cambio y a su adiós. Aguantó todo y se marchó sin reproches para fundar otro partido, el CDS, y comprobar como el pueblo español y los votos le volvían la espalda y le dejaban con dos escaños. Se mantuvo hasta 1991, para irse en silencio a su despacho profesional de la calle Antonio Maura, junto a su fiel Alberto Aza, dejar la política activa y, tras la enfermedad de su mujer, Amparo Illana, entregarse las 24 horas a su cuidado y atención hasta su muerte. Otro golpe que desataría de forma inapelable el Alzheimer que ha acabado por llevarle a la tumba.

En el silencio y en el olvido que producen la enfermedad ha estado durante once años. Recluido en su casa, rodeado de los suyos y sonriendo a las visitas de los amigos y compañeros que le visitaban de vez en cuando. Ahí está la foto con el Rey, los dos caminando de espaldas a la cámara de su hijo, como testimonio de una amistad y un cariño reencontrado. Quiso ayudar al otro Adolfo Suarez a conquistar el gobierno de Castilla la Mancha dentro de las filas del PP de José María Aznar pero no lo consiguió y dejó patente los primeros estragos que la demencia estaba causando en su organismo.

Con funeral de estado y luto oficial durante tres días, con mensaje del Rey Juan Carlos y del presidente del gobierno, Mariano Rajoy, con millones de palabras vertidas y escritas glosando su persona y su personalidad política, el mejor de los homenajes puede que no se lleve a cabo nunca: que los partidos sean capaces de un gran pacto con el que España supere sus enormes desafíos de este tiempo que nos ha tocado vivir y en el que su muerte no puede convertirse en el primero de los epitafios de aquella democracia que el ayudó a nacer como el mejor de los parteros.
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