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De cuando la tradición se convierte en folklore

De cuando la tradición se convierte en folklore

martes 22 de abril de 2014, 11:20h

España es, desde siempre, un país de tradición cristiana; católico, apostólico y romano, esencialmente con una devoción mariana infinita. Casi todos los países europeos han tenido a lo largo de los años una influencia extraordinaria de Roma (el Vaticano) en cuanto a su forma de gobierno, cultura y tradiciones. Desde las primeras cruzadas, entre los siglos XI y XIII, hasta la expulsión de los árabes de Granada por les Reyes Católicos, la Iglesia ejercía un papel unificador en los reinos europeos y movía a su antojo las voluntades más férreas de los Reyes y la política, algo que ha venido sucediendo hasta ayer mismo, como quien dice.

Entretanto, el pueblo ha vivido sometido a la Iglesia, tanto o más que a las propias leyes. La Iglesia por su parte, ha creado una dependencia basada en la ignorancia, alterando y corrompiendo unos evangelios y doctrinas que mucho distan de las palabras conocidas de Jesús de Nazaret, con el único objetivo de someter y controlar a los ciudadanos bajo el temor, la culpa, el pecado o el infierno.

Todas estas manifestaciones de dolor tienen su punto álgido en la Semana Santa, donde se pasa de la tradición cristiana de conmemorar la pasión, muerte y resurrección del Cristo, al más absoluto esperpento folklórico que refleja la verdadera imagen que tenemos como país. Un país que exporta talentos y sabios al mundo, pero que al mismo tiempo vive sumido en la mediocridad de las tradiciones más patéticas que se puedan realizar, y que tienen como destinatario al hombre -en su conjunto- que en su interior animal y retrogrado necesita de mortificar el cuerpo para satisfacer "el alma".

Y no sólo es el hombre, en su individualidad, el que atenta contra su propia integridad física imitando al Cristo, como nos recuerda Tomás de Kempis, sino que utiliza toda la simbología cristiana de la pasión para crear un circo en torno a ella: penitencias atadas a cadenas, como en plena Edad Media, flagelaciones sangrientas y hasta crucifixiones bestiales que buscan la comparación con el Redentor. Por no ir más allá en la utilización banal de la simbología procesional con actitudes más propias de otros tiempos, que con la marca España que nos esforzamos en vender.

El misticismo español es quijotesco; va de lo sensible a lo suprasensible, y como en el caso de los Santos, cree el hombre que las obras justificarán, de algún modo, la conciencia del pecado y su paso por esta vida. Esta fuerza del pecado impulsa más al español hacia el dogma que hacia la verdadera esencia del Cristianismo. El misticismo es un estupendo acto liberador, un acto apasionado y responsable, pero nunca puede ni debe utilizarse como elemento folklórico. El misticismo español no es una teoría puramente espiritual como en la Iglesia Ortodoxa o en otras religiones, sino que aquí se hace de la celebración corporal un acto sublime para lograr esa espiritualidad. Se pasa de la desolación y el silencio de Castilla, que vive la pasión mesiánica de Santa Teresa de Ávila, al folklore en torno a la divina embriaguez, oculta en un extraño individualismo, como en un intento de unir dos mundos: el místico y el pagano.

La Semana Santa invita a recogimiento y pena en el recuerdo de la pasión de nuestro señor Jesucristo, a utilizar el dogma de fe para hacer el bien, para ser más generosos, para cumplir con fidelidad el Evangelio y, en definitiva, para promulgar nuestra acepción a los principios del Cristianismo. Utilizarla como un atractivo turístico y folklórico, según la parte de España en la que nos encontremos, equipara el sentido de la "fiesta" a cualquier otra celebración de índole taurino o romero, donde la chanza supera el fervor religioso.

Ismael Álvarez de Toledo

Escritor y periodista

http://www.ismaelalvarezdetoledo.com

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