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El termómetro de campaña: Madrid no está solo en la batalla: todos van mal

El termómetro de campaña: Madrid no está solo en la batalla: todos van mal

sábado 03 de mayo de 2014, 12:37h
Asistí, como casi todos los años, a la recepción en la Casa de Correos que el presidente de la Comunidad de Madrid ofrece en la fiesta del 2 de mayo. La ducha de agua fría la había proporcionado -y bien que se notaba en el ambiente-- esa mañana una encuesta en la que se anunciaba la catástrofe electoral tanto para Ignacio González, el presidente de la CAM, como, sobre todo, para la alcaldesa, Ana Botella, si las elecciones autonómicas y municipales tuviesen lugar ahora. Claro que el socialista Tomás Gómez, por ahora único aspirante del PSOE a presidir la Comunidad, 'gozaba', según el sondeo, de un índice de popularidad aún menor que sus rivales del PP. El caso es que todas las candidaturas,  en los dos partidos mayoritarios, están abiertas y constituyen un problema para los 'cuarteles generales' de Génova y Ferraz: la desafección de los madrileños ante su clase política es más que patente, y no hacen falta encuestas para demostrarlo. Se ve en la calle.
 
Por supuesto que Madrid, cuya calidad política es, desde siempre, perfectamente definible, no está sola ni en lo de la desafección de los ciudadanos ni en la pobreza de las ideas de los responsables políticos. Problemas, y serios, existen, como bien se demuestra en las crónicas preelectorales que ofrecemos en estas páginas,  en Asturias, Euskadi, Aragón, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Valencia, Extremadura, Canarias, Baleares...y no digamos ya en esas comunidades definidas como 'graneros de votos', que son Andalucía y Cataluña. A ambas habría, por distintos motivos, que echarlas de comer aparte, como dicen los castizos. Es el caso que el PP no sabe qué hacer en ninguna de ellas y el PSOE solamente se siente confortable, desde un punto de vista electoral, en la Andalucía de Susana Díaz, donde en cualquier caso, no cuenta con el gobierno de ninguna de las ocho capitales de provincia. 

O sea, que en toda España  hay problemas, falta de candidatos claros, intervencionismo de los 'aparatos' -menos entre los socialistas por las primarias, claro. Pero también ahí--, falta de transparencia y hasta chanchullos. O corruptelas. Así están las cosas cuando está a punto de comenzar oficialmente la primera de las varias campañas electorales que van a jalonar los próximos dieciocho meses. Ahora, esta campaña se sitúa bajo la advocación de la construcción europea, tema que no parece fascinar a ninguno de los candidatos, que se siguen empleando a fondo, como sus jefes Rajoy, Rubalcaba, Cayo Lara y Rosa Díez, en sacudirse a modo, en hablar de la herencia recibida y de lo bien que van a ir las cosas en lo económico en el muy inmediato futuro. Que es el punto al que se aferra un Rajoy eufórico -dicen que hasta está convencido de que le va a ir bien en su particular batalla contra Artur Mas-- y que parece ser él quien encabeza la lista europea, y no Arias Cañete. De la misma manera que Alfredo Pérez Rubalcaba ha comenzado a hacerse más visible, quizá porque esté reconsiderando su primitiva idea de no  presentarse a las primarias de su partido. Quién sabe. 

Esta campaña, en todo caso, no puede comenzar con tintes más sombríos: la falta de los consensos, del diálogo y de las soluciones adecuadas para resolver el problema que Artur Mas nos ha planteado a todos los españoles, comenzando, claro, por los catalanes, amenaza con planear sobre toda esta campaña para ir a las urnas el próximo día 25. De la misma manera que el rifirrafe entre la vicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría, y la portavoz socialista, Soraya Rodríguez, el pasado martes en la sesión de control, con acusaciones de sobresueldos que pueden acabar en los tribunales y han servido  para zozobrar aún más a la ciudadanía,  nos hace temer más de lo mismo: que esta campaña sea como todas sus predecesoras. Me aseguran que esta misma preocupación anida en los partidos, donde, sin embargo, andan en lo de siempre: si el otro lanza la primera piedra, hay que responderle con la misma contundencia. Y los electores/contribuyentes/ciudadanos, en lo habitual: mirando desde fuera, cada vez menos motivados para acudir a las urnas. Y, en mi opinión, eso, una abstención demasiado abultada, sí que sería malo para la propia marcha de la democracia. Que quien lo tenga que pensar, lo piense y luego actúe en consecuencia. 

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