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La estirpe del plátano

La estirpe del plátano

sábado 03 de mayo de 2014, 19:15h
La NBA ha sido un clamor contra los comentarios racistas del millonario xenóbofo Donald Sterling. El tipo, octogenario, con el rostro hinchado por la manipulación cosmética, le dijo a la novia, quien podría ser su nieta, exabruptos racistas. Con los morros hinchados de silicona Sterling hizo alarde de cuernos selectivos. Pues aceptaba que tuviera a los amantes negros en la habitación, pero no en la cancha de baloncesto. No me promociones minorías, decía el millonario con aspecto de mostrenco, guardando una pureza que seguro no conoce ni una de sus células viejas. Fue decir esas gansadas y el mundo le llovió encima. 

Pues si algún lugar es monumento de la negritud es el baloncesto, ávido de atrapar las fibras ágiles y los cuerpos atléticos de los negros. Así que soltó el exabrupto frente al lugar menos indicado. Por eso hubo apuestas sobre el sopapo más grande que se llevarían los morros hinchados de Sterling. El juego comenzó y el millonario racista recibió el racimo de guantazos como un imberbe, o sea haciendo gala de ese puente que hay entre la infancia y la senectud.

Lo bueno de esta historia de bocazas y tijeras es su capacidad ejemplar. A partir de ahora los racistas emboscados tendrán que ser más hipócritas todavía, que no  se les note el bigotillo teutón. Tendrán que muñir en silencio la angustia de ver negros multiplicándose y avanzando. Tendrán que enfrentarse a esa parte de sus cabezas que quiere ocultarles que descienden de los más negros monos de África.

Por eso me parece chapeau que el mirlo venenoso que es Alves tuviera la feliz ocurrencia de comerse el plátano que le lanzó un insulso. En un desprecio inteligente lo abrió y se lo comió. La simplona ocurrencia fue de un chaval que está recibiendo ciento por uno. Las televisiones de medio mundo retransmitieron el gesto, y pronto, a través de las riadas de tiwther y Facebook, llegó a cualquier rincón del planeta. Daban ganas de tirar la nacionalidad al suelo. De gritar que son especímenes extraños los xenófobos aquí, conscientes como somos de ser una mezcla de moros y cristianos. Y de los dos extremos quise huir. Ni este país es xenófobo ni tampoco el adalid de la hospitalidad. 

Pero aparte esos desprecios la semana fue hermosa. Hasta la periferia llega la luz de los equipos madrileños. Los pueblos están llenos de peñas madridistas y atléticas. El Madrid mató a su pesadilla con la facilidad de un karateca a un saco de boxeo. Si hay algo más que el sueño es lo que ocurrió la noche del Bayer. Y el Atlético poco a poco ha ido construyendo una escalera hasta la cima más alta. Ya toca las nubes y no le da miedo la altura. Este país rescatado, descreído, callado, tiene todavía genialidad.               
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