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Cataluña desde Cantabria

Cataluña desde Cantabria

domingo 18 de mayo de 2014, 09:52h
Tengo recuerdos merecedores de comentario de las relaciones que mantuve con personalidades catalanas, allá en los inicios de los ochenta. Eran tiempos en los que Cataluña estaba organizando su autogobierno después de la etapa de Tarradellas al que trajo Suárez del exilio para reconocer la Generalitat que había finiquitado la contienda española de 1936.  En este proceso catalán, los partidos políticos -la derecha, los nacionalistas y la izquierda- parecían sentirse cómodos en el Estado de las Autonomías que surgió de la Constitución de 1978.

El entonces presidente del Parlamento, Miquel Coll Allentorn, un viejo democristiano nacionalista, me presentó un libro en Barcelona. Era una persona adorable, culta, diplomática y jamás escuché de él una referencia antiespañola o a favor de una Cataluña independiente. Conocí a Jordi Pujol con quien mantuve varias reuniones, dos de ellas con el primer presidente de Cantabria, José Antonio Rodríguez, y con el presidente de la Asamblea provisional, Isaac Aja Muela. Pujol con una larga experiencia de gobierno, buscó un sitio para Cataluña en España, defendiendo la Constitución y el Estatuto, o sea una Cataluña fuerte en un Estado que reconociera su historia, personalidad y activismo cívico y económico.

De una de las entrevistas con Pujol -creo recordar que la celebrada en los primeros meses de 1983- surgió un almuerzo al que siguió una café con cántabros olímpicos que se sentían integrados en Cataluña: el atleta José Manuel Abascal y los regatistas Jan Abascal y Toño Gorostegui, medallistas cántabros en Los Ángeles, Montreal y Moscú, respectivamente. En aquellos encuentros con el presidente de la Generalitat, jamás percibí un detalle que me hiciera prever o sospechar su deriva actual hacia escenarios inquietantes y de ruptura. 

En años más cercanos -en 1998- mantuve un encuentro muy agradable con el entonces presidente del Parlamento, Joan Raventós, histórico socialista, integrador y catalanista, viejo luchador por las libertades públicas. Respetado, fiel a una idea catalana sin exclusiones, estaba en el último tramo de su activa vida política. Raventós representó en 1979 un apoyo para Adolfo Suárez en su gran operación de audacia  política para el regreso del honorable Tarradellas en su objetivo de encauzar el "hecho" catalán. Con su vuelta a la Generalitat restablecida, la transición en Cataluña se culminó con éxito y se evitó una posibilidad de desestabilización que habría sido insoportable para la España ilusionada que entonces construía las libertades.

En aquel encuentro en su despacho oficial, evocó un sentido reconocimiento a dos de nuestros hombres más universales: el escritor José María de Pereda y el pensador Marcelino Menéndez y Pelayo. ¿Pero que hicieron por Cataluña, en el siglo XIX, nuestros dos insignes paisanos? El encuentro y la amistad entre intelectuales cántabros y catalanes se concretó en tiempos  en los que Cataluña precisaba de apoyos y alientos en cuanto a recibir apoyos para sus legítimas aspiraciones. José María de Pereda nunca tuvo dudas al respecto y fue el de Polanco uno de los más firmes defensores de que los catalanes pudieran expresarse en su propia lengua ("...nacidos para volar muy alto, tengan que resignarse a "cantar" en los reducidos términos de su jaula, o a salir de ella en malas traducciones que vale tanto como condenarse a ser desconocidos en el resto del mundo"), voluntad que ya había puesto de manifiesto en su primer viaje a tierras catalanas (1884) .

Rodeado, entonces, de los escritores más significativos de la Renaixença como Narciso Oller, Miquel y Badía, Milá y Fontanals y muchos otros, se celebraba en tierras catalanas que un escritor de lengua castellana censurase las miserias de los periodistas madrileños y, al tiempo, reflejase en sus escritos un claro sentimiento anticentralista. No fue una sorpresa, por tanto, que a don José María de Pereda se le ofrecieran obsequios, banquetes y fiestas en su recorrido catalán y que incluso la "Lliga de Catalunya" celebrara una sesión pública en su honor. En 1892, nuevamente,  se expresó en catalán, reconociendo la trascendencia de la Cataluña económica, literaria y cultural en la España de finales del siglo XIX, pero con este claro mensaje: "El grande amor a la patria común tiene todas sus raíces y sus elementos nutritivos en el entusiasmo por la patria chica, que no puede ser ciudadano de ningún Estado quien no repute a su terruño natal, por pobre y mísero que sea, por el mejor pedazo del mundo conocido".

Don Marcelino, en su viaje de 1888, también leyó sus discursos en catalán, hecho que fue mal visto por el poder político, afirmando que "las lenguas no se forjan caprichosamente, ni se imponen por la fuerza, ni se prohíben ni se mandan por ley, no se dejan, ni se toman por querer, pues nada hay más inviolable y más santo en la conciencia humana que el nexo secreto en que viven la palabra y el pensamiento. Ni hay mayor sacrilegio, ni a la par más inútil, que pretender amordazar lo que Dios ha hecho espiritual y libre: el verbo humano", añadiendo en su apoyo a la lengua catalana que "la historia nos dice que en el larguísimo periodo que va de Boscán hasta Cabañes y Gimferrer, ni un solo poeta de primer orden, ni apenas si de segundo, nacieron en esta tierra catalana y, antes al contrario, en cuanto renació la lengua, brotó con el sentimiento poético..."

La apuesta de Menéndez y Peayo fue recibida por el periódico La Vanguardia con este juicio:"pueden convencer a muchos estas palabras del insigne maestro de lo que debiera ser una verdad indiscutible; que los hombres y los pueblos han de escribir en el idioma que mejor sientan si se quiere que produzcan obras literarias, y que, por lo tanto, el catalanismo en literatura no es la manía de unos cuantos sino la necesidad de todo un pueblo". Y el periódico catalán añadía: "el discurso del polígrafo montañés es y será siempre un acontecimiento en el catalanismo por la autoridad de su autor, por la convicción y el calor de la defensa, por la alteza crítica de su hermoso contexto". Calificado por otros de reaccionario, en Cataluña dejó prueba de defender con vigor un regionalismo que se encontraba reducido al ostracismo.

Adelantados ayer en las demandas catalanas, Pereda y Menéndez Pelayo vivirían hoy con frustración los pasos de Cataluña hacia ninguna parte, como representa el independentismo y sus afanes rupturistas con los lazos históricos y culturales dentro de la nación española. Volcados nuestros egregios antepasados en favor de que el pueblo catalán contara con instrumentos eficaces en la expresión a través de su lengua propia y con instituciones representativas, afirmarían  -como yo hago desde la simpatía que siempre he mantenido hacia el pueblo catalán- sentirnos traicionados. Sí,traicionados. Sencillamente porque la reivindicación que alientan sus gobernantes, aprovechando todas las palancas de poder que el Estado ha puesto en sus manos, representa una felonía a la nación de todos los españoles.

cantabria24horas.com
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