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Nuevos tiempos, nuevas formas

Nuevos tiempos, nuevas formas

lunes 02 de junio de 2014, 14:58h
La Zarzuela ha dado por fin el paso esperado. Y un rey joven, Felipe VI, se instalará en breve en la jefatura del Estado, lo que acarreará un nuevo tiempo, a todas luces necesario, y nuevas formas, estas últimas más que necesarias en un país que se estaba desbocando en los últimos años, no porque el sistema esté en crisis, como hoy mismo ha aclarado el historiador Santos Juliá, sino porque están fallando las prácticas políticas. Por eso, las formas a partir de ahora son sumamente importantes. Primero, en el proceso de sucesión, que -a mi juicio- debe de transcurrir fuera de boatos y en un escenario de austeridad civil y lo más representativo posible, y después en la manera de ejercer su menester el nuevo rey, adaptándose a la realidad de lo que es hoy la actual España. O, mejor dicho, las diferentes Españas.

Conociendo a Felipe de Borbón, y también su preparación y su encaje generacional, esto no debe de ser difícil, aunque tampoco fácil. La España de 2014 no es la de 1975. Y mucho menos, la de otros momentos borbónicos de su reciente historia. Es una España muy reivindicativa, acuciada por una grave crisis económica y social, atacada por el mayor desempleo de su historia, con jóvenes talentos que tienen que emigrar a otros países para poder desarrollar sus legítimas aspiraciones profesionales, con una corrupción que salpica en demasía a los poderes públicos, con dos partidos mayoritarios desgastados en una democracia que apenas ha cumplido sus primeros cuarenta años, con una Constitución que reclama reformas profundas, y con un serio problema territorial, en Cataluña y en el País Vasco, cuyas soluciones se agotan. Y que, a tenor de la velocidad de cómo se desarrollan los acontecimientos, está provocando divisiones irreconciliables.

Creo en una España federal, que no es un planteamiento novedoso porque ya se barajaba en los albores de la I República. Y que, si la clase política representativa se pone de acuerdo, permitiría el encaje de las dos principales singularidades territoriales en una nueva España, a ser posible duradera, además de un nuevo marco de convivencia ciudadana, hoy más reclamado que nunca. Como periodista que he sido de la Transición, ni soy republicano ni voy a serlo. Tampoco me siento monárquico en cualquiera de sus sentidos. Construimos entonces una España reconciliada, reconocedora de la diversidad y estable política y económicamente. También en lo social. Y en ese modelo de sociedad civil y democrática me instalé. Pero, pasado los años, todo lo andado requiere de una exquisita evolución. Y, a la vista de lo que está ocurriendo en este país, pienso que no se ha sabido aprovechar todo lo que da de sí el importante edificio que tanto costó construir, loado entonces en todo el Mundo. Y cerrado a cal y canto últimamente por algunos.

Nada mejor que un día como hoy para interpretarlo como ideograma de un tiempo nuevo que comienza y que, como reacción inmediata, sirva para crear un marco de reflexión entre todos de manera que, como en aquella Transición, unos y otros cedamos posiciones y encontremos el camino idóneo para convivir juntos, respetándonos en lo que nos diferencia y uniéndonos en lo que nos beneficia como Estado. Claro que es posible ese tiempo nuevo, como creo que no sería acertada esa III República que con rencor propugna Cayo Lara. Porque la República, nacida y renacida como proyecto idílico en sus dos únicas versiones históricas como consecuencia de despropósitos monárquicos, fracasó estrepitosamente en España. Y no la promovieron en exclusiva las izquierdas intransigentes, sino fundamentalmente intelectuales liberales progresistas con visión responsable de Estado que después se desalentaron, entre otros Castelar y Salmerón, en el caso de la Primera, y Marañón, Ortega y Pérez de Ayala, en la Segunda.

Soy de los muchos españoles en desafecto con el rey Juan Carlos por el cúmulo de desaciertos personales que ha cometido en los últimos tiempos. Y también por haber permitido que la corrosiva corrupción se instalara en el seno de su propia familia. Sostengo que él ya ha pagado la factura, lo que hace hoy patente con su renuncia al trono. Y quienes dentro de su familia están sometidos a procesos judiciales de irremediables condenas serán los tribunales los que procedan a su castigo como ocurriría con cualquier otro ciudadano en esas mismas circunstancias. Esto, no me impide valorar positivamente el discurso real de la abdicación. El rey ha sido sincero. Y ha hecho lo que muchos deseábamos. La historia le juzgará, probablemente más por sus aciertos que por sus defectos. Pero hoy ha estado a la altura. Y ha abierto un camino que espero que, si no la ilusión, sí nos devuelva a los españoles el respeto a la institución que hasta ahora ha encarnado.

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