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'Los nadadores nocturnos': Un pesimista e inquietante paisaje humano en un brillante montaje

'Los nadadores nocturnos': Un pesimista e inquietante paisaje humano en un brillante montaje

lunes 22 de septiembre de 2014, 16:35h
José Manuel Mora, joven autor sevillano (1978), pero ya con proyección internacional, es el autor de "Los nadadores nocturnos". En la obra, Mora entreteje sus  preocupaciones personales y sociales (la paternidad y el terrorismo o la legitimación de la violencia para lograr el verdadero cambio social), y lo hace de un modo personalísimo: profundamente pesimista -incluso existencialista- en el fondo del texto, y con un lenguaje sencillo, pero lleno de metáforas y un fino sentido del humor que, frecuentemente,  bordea el surrealismo.

El soberbio montaje realizado por Carlota Ferrer, podría encuadrarse dentro de este género que, en los últimos  tiempos, ha dado en llamarse   performance (efectivamente, la pieza es más que teatro, porque la danza, la expresión corporal y la música tienen cabida en él), en la que, además de una dirección espléndida de actores, ha sabido encontrar un extraordinario   diseño de iluminación (que ha materializado José Espigares), y audiovisual y de sonido (a cargo de Eduardo López).

Con los nuevos modos de gestionar teatros y salas (públicas y privadas, la epidemia no ha dejado resquicio alguno en este sentido), ya puede darse prisa el espectador madrileño en acudir al espectáculo, si no quiere perdérselo, porque solo estará hasta el 28  de septiembre, en la Sala 2 de las Naves del Español, en Matadero Madrid (Paseo de la Chopera, 10).

La orden de Los Nadadores Nocturnos acoge en su seno únicamente a seres  tocados, en mayor o menor grado, por el amor (o mejor aún, por  el desamor), como último refugio al que aferrarse para intentar buscar un sentido a sus existencias. Su líder espiritual (encarnado por un estupendo Joaquín Hinojosa), cree ver en la violencia radical una solución a la situación generalizada de desamparo y perplejidad que viven los miembros de la extraña secta. La integran un joven "normal y razonable" que confía en la fuerza de la costumbre como analgésico frente a la incertidumbre; un joven "acomplejado" que cree habitar un cuerpo equivocado; una chica "invisible" que busca el amor de forma obsesiva; otra joven con una  sola  y exclusiva  idea, el sexo, que lo busca a toda costa; una  tercera chica de "buena familia"  y un joven "paloma" que persigue todo tipo de desechos, incluidos  los excrementos (de ahí el apelativo de "paloma").

Teatro total

Esther Ortega, Paloma Díaz, Miranda Gas, (las tres, magníficas actrices), Jorge Machín, Óscar de la Fuente y Ricardo Santana (también  actores de sobresaliente), encarnan todos ellos a personajes difusos, poliédricos, polisémicos, etéreos, indefinidos e indefinibles que son, en realidad, la síntesis de muchos otros personajes que no aparecen en escena -que lo mismo  se encuentran entre el público asistente- y son portadores de  problemas, neurosis, ansiedades y frustraciones del hombre de nuestro tiempo.   Sexo, embarazos, hijos, abortos, violencia, padres, relaciones que se buscan y no llegan, la mercantilización de todo, la inquietud, el desasosiego, Dios, el mundo... Son tantos los temas y subtemas que  abarca Mora en esta obra, que casi podríamos catalogarla de total. 

Desde luego, si yo fuera usted no me perdería "Los nadadores nocturnos". Puede, incluso, que le incomode, que no le entusiasme como a mí, pero  -se lo aseguro-, no será  el mismo antes y después de haberla  visto. ¿Acaso  no es ese, precisamente, el objeto último del teatro: remover, agitar las conciencias para que  el espectador reflexione acerca de lo que ha visto, oído y sentido después de asistir a la representación?   
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