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Boyer y Preysler, una historia de amor como las del cine

Boyer y Preysler, una historia de amor como las del cine

martes 30 de septiembre de 2014, 09:00h
La mujer que más portadas del corazón ha protagonizado en nuestro país, Isabel Preysler, se queda viuda, triste y desolada. Su gran amor, Miguel, se ha ido para siempre. Detrás de su aparente serenidad hay una mujer rota por el dolor que despide al hombre de su vida. 
Pocas historias de amor hicieron correr tantos rumores y ríos de tinta en el papel cuché como la de amor entre Miguel Boyer e Isabel Preysler allá por el año 1982. Ambos estaban casados, ella con el Marqués de Griñón y él con la ginecóloga Elena Arnedo. Y, en teoría, felizmente casados. Él representaba el éxito de la España socialista, de la nueva forma de hacer las cosas después de una larga dictadura y una no menos dura transición y ella era el símbolo evidente de la cultura del pelotazo que su amado había propiciado. Boyer era de los auténticos socialistas junto a Carlos Solchaga y, a diferencia de otra izquierda mucho más rancia, sí creía en la libertad de los mercados. Su forma de pensar en lo tocante a la economía le granjeó siempre la antipatía de Alfonso Guerra. En los mentideros de Madrid siempre se hablaba de que Guerra era el que estaba detrás de las portadas que Julián Lago les dedicaba a la pareja en la revista que el fallecido periodista dirigía.

La primera vez que accedieron a posar juntos fue en 1987 en la entrega de los premios Naranja y Limón que cada año concede la peña periodística Primera Plana . Su amor ya estaba firmemente consolidado aunque pocos lo sabían. Les quedaba poco para casarse, lo hicieron el 2 de enero de 1988 y un poquito más para ser padres de Ana, la única hija que tuvieron en común. 

Isabel encontraba, por fin, al hombre de su vida. Lo que pasa es que en aquél momento nadie apostó por ellos. Ella era la reina del papel cuché y representaba la frivolidad.Él era el ex ministro de economía, un hombre conocido por su inteligencia y vasta cultura. Quizás por ser tan diferentes levantaron el revuelo mediático sin precedentes que entonces tuvo lugar. Y quizás por ser tan distintos se llevaron siempre tan bien. Se complementaron a la perfección. Por aquél entonces la llamaban a ella de forma despectiva "la china" Hoy esto no se hubiera consentido porque saldría el representante de los derechos de los inmigrantes asiáticos de Utiel protestando. En cierta manera es hasta lógico. Cualquiera sabe que un filipino se parece lo mismo a un chino que uno de Guetaria a uno de Sanlúcar de Barrameda. 

Miguel se quedó a la sombra de Isabel en cuanto a la sociedad de Hola y derivados se refiere. Isabel hizo lo propio en el mundo de Miguel. Al final, su amor ha sido duradero, más de 25 años y ella ahora está viuda, el único estado civil que le quedaba por conocer. A Isabel se la conoce mucho pero en el fondo no se la conoce nada. El misterio ha sido siempre su mejor baza. Educadísima hasta la perfección, jamás la he visto poner un mal gesto o mala cara y eso que ha vivido situaciones tremendas, muy especialmente en la época de las tartas de Ruíz-Mateos. Nunca ha declarado nada altisonante, jamás ha dado tres cuartos al pregonero y la supuesta vida escandalosa que se le presumía no era producto más que de una sociedad bastante ñoña que no estaba acostumbrada a que las señoras contrajesen matrimonio más de una vez. Si lo piensan detenidamente vida escandalosa es la que lleva Kiko Rivera y todas las ex que ha tenido. O las chonis que salen como chorizos de la factoría de Mujeres y Hombres y viceversa. Pero Presyler jamás ha perdido ni un ápice de elegancia. Jamás. 

En las fotos del tanatorio sale como se espera que lo haga una señora como ella. Serena y tranquila. Y bella. Quizás más que nunca. A su naturaleza asiática de no demostrar en exceso sus emociones se une su profundo sentido de la elegancia y el señorío. Si estaban ustedes imaginando a una Presyler llorando como la Pantoja, olvídenlo. Las personas elegantes lloran en casa y, desde luego, no se desmayan. Y si lloran en público es de una manera muy callada. Obsérvenlo.

Me consta que la historia de Miguel Boyer e Isabel fue auténtica. Él se enamoró profundamente de una mujer que vivía por y para él. Una auténtica gheisa. Él venía de estar casado con una mujer de profundas ideas feministas, la ginecóloga Elena Arnedo y a Isabel las proclamas feministas como que no le encajan en su estilo de vida. Y Boyer, socialista pero hombre al fin y al cabo, encontró en ella la dulzura y el sosiego que todo macho busca. No se me asusten, no estoy defendiéndolo, simplemente estoy diciendo lo que la mayoría de los hombres buscan. Me imagino la casa de Preysler como un remanso de paz total y absoluto, sin ninguna palabra más alta que otra y todo siempre en perfecto estado, todo bonito, bello y maravilloso. Y ella siemrpe tan tranquila y tan perfecta. Sí, es un asco pero las mujeres casi perfectas existen y yo creo que Isabel es una de ellas. El dinero ayuda, claro. Mucho, además, pero lo que tiene esta mujer a muchas nos falta. Cuando llevaban veinte años de matrimonio Miguel Boyer dijo de ella: "No me imaginaba que Isabel podría hacerme la vida tan maravillosa y tan llena de belleza y de cariño como para que ninguna dificultad de las que nos presenta la vida de vez en cuando haya tenido importancia. Siento que la vida sea tan corta, porque hubiera querido que los dioses- vamos, la Naturaleza- me dieran otros cincuenta años para disfrutarlos con ella

Han sido profundamente felices a pesar de los pesares y tras los muros de la pedazo mansión que recibió el nombre de Villa Meona por la cantidad de baños que tiene, vivieron con discreción la mayoría de su matrimonio. Cuando hace más de dos años a Boyer le dio un ictus, Isabel se volcó en su cuidado. Hasta el final. Ahora la reina de corazones está viuda. Pero no está sola. Tiene a su madre y, sobre todo tiene a sus cinco hijos. Isabel siempre ha sido una mujer profundamente familiar y muy madraza. Así que ahora es de suponer que se refugie en ellos y en sus dos nietos, los hijos de Chabeli.
Ojalá pronto encuentre consuelo a la profunda tristeza que estoy segura de que ahora mismo siente. Un abrazo, Isabel. 
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