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Bancos, personas y máquinas

Bancos, personas y máquinas

martes 16 de diciembre de 2014, 21:21h

Permítame el lector que use como ilustración de mi artículo de opinión una experiencia personal, aunque bien podría ser la de cada uno de los españoles -casi todos- que tienen cuenta en una entidad bancaria.

Hace más de treinta años que decidí abrir una cuenta corriente en una determinada entidad bancaria, por entonces caja de ahorros, con el firme propósito de regularizar un incipiente patrimonio y las rentas percibidas por mi trabajo. Para hacerlo tuve en cuenta dos propósitos; uno, elegir una entidad que tuviera que ver con mi Comunidad Autónoma, de esta forma -pensaba yo- contribuía al crecimiento de mi tierra, y no dejaba mis escasas rentas en una región distinta a la que me vio nacer. Ese sentimiento regionalista, nacionalista si se quiere, tiene que ver con la identidad de cada uno, en cuanto a la prosperidad de los suyos, como si de alguna forma sirviera para reconocer el esfuerzo de las gentes que trabajan mucho más duramente y con menor sosiego. El segundo propósito era conseguir un trato personalizado con la entidad y el empleado bancario, independientemente del cargo, para agilizar pagos, obtener consejos financieros y mantener un clima cordial en aras de una próspera relación entre personas que negocian. De esa forma se establecían acuerdos comerciales, se contrataban productos, se invertía en bienes mobiliarios e incluso más tarde, se contrataban hipotecas.

Las evolución general de la economía y el aumento del control, casi regio, de los bancos sobre los políticos, no es nada nuevo, ya era mucho y muy influyente el poder de los banqueros Médicis y Fugger en el reinado de Carlos V, y así ha sido hasta nuestros días, si bien es justo reconocer, que antes de la invasión de las máquinas, el trato con las personas era afable y gratificante en gran medida. El impulso al ahorro durante la dictadura fue mayúsculo, y permitió que las nuevas generaciones, como la mía, tuvieran un concepto claro de lo que era la economía y el "bienestar" con letras de cambio y tratos de todo tipo.

Con la llegada de la democracia y la necesidad de financiación de los partidos políticos, los bancos dejaron de aplicar las buenas prácticas que antes les habían encumbrado, para sacar lo peor y más rastrero que pueden albergar aquellos que controlan el poder. Los bancos se convirtieron en partidos políticos, en gestores y especuladores de los caudales públicos. Aquel banco de mi región tuvo que ser intervenido porque los políticos, metidos a banqueros y viceversa, no tuvieron la misma visión que yo frente al bien común de mis paisanos y arramplaron con todo lo habido y por haber.

La desfachatez ha sido de tal magnitud y la impunidad tan excesiva, que no bastándoles con las rentas propias de un negocio lícito, han engañado a los ciudadanos que seguían creyendo en las personas, con preferentes, cláusulas suelo y todo tipo de productos bancarios destinados a estafar, lisa y llanamente, con el beneplácito de partidos políticos y una gran parte de la judicatura.

Los ciudadanos ya no creen en los bancos, tampoco en los políticos. No se encuentran personas detrás del mostrador, porque de ese trabajo se ocupan las máquinas, no se encuentran personas al otro lado del teléfono, porque también hay máquinas, no hay nadie responsable que informe, apoye, oriente, aconseje o simplemente ofrezca un buenos días y te llame por tu nombre. Ya no existe el banco que te daba el calendario, el director que tomaba un café contigo, o el gestor que conocía de primera mano tu historial económico. Hoy se hace realidad aquella idea de un mundo controlado por máquinas, pero también existe, en la ficción, el modo en que ellas se rebelan. Una cadena de despropósitos donde cada vez somos menos personas, en aras de una evolución que involuciona los corazones y los sentimientos más primarios.

Ismael Álvarez de Toledo

periodista y escritor

http://www.ismaelalvarezdetoledo.com

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