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Un NO que hay que convertir en un SI

lunes 06 de julio de 2015, 19:35h

A la vista de las encuestas previas, la rotundidad con la que ha ganado el NO en el referéndum griego debe mover a reflexión. La mejor hipótesis explicativa es que Tsipras logró vender bien su media verdad: la consulta no era para salirse de Europa, sino para decir NO a la propuesta de los acreedores (la misma que estuvo dispuesto a aceptar una semana antes). Eso le hizo ganar sobradamente la primera mitad del partido. Pero ahora le falta la otra mitad: usar el NO para convencer a Bruselas de que quiere un SI para permanecer en el euro. Lograr eso puede ser más difícil, porque ya sabe que en la Unión Europea no le compran sus malabarismos. Y si resulta que al final, de un modo u otro, queda fuera de la moneda europea, se demostraría en Grecia que su idea era falsa: el NO en el referéndum también habría sido un NO a Europa a fin de cuentas.

Por eso ahora anda desesperado dando muestras a Merkel de su buena voluntad: el duro Varoufakis afuera, un acuerdo inmediato con la oposición interna, una propuesta financiera que se próxima mucho a la que supuestamente era humillante. Sin embargo, las primeras muestras de los líderes alemanes (tanto Merkel como el socialdemócrata Sigmar Gabriel) han sido de repulsa. Y su argumento es impecable: un rechazo a la propuesta de las autoridades europeas es un rechazo a las instituciones europeas, y eso no es otra cosa que un rechazo a las reglas del juego europeas, es decir, a Europa (la actual Europa).

Hay gente que insiste en colocar las cosas como un enfrentamiento entre los ciudadanos europeos (que estarían con Sipras) y los dirigentes de algunos países poderosos. Nada más lejos de la verdad. Las encuestas muestran en Alemania que la inmensa mayoría de la ciudadanía alemana está con Merkel y Gabriel en el contencioso con Grecia. No sería exagerado pensar que si Merkel convocara un referéndum en su país al respecto, lo ganaría no por un 60% sino por un 80%. En suma, seguir con el argumento de que Tsipras es el paladín de la democracia frente a los gobernantes electos del resto de Europa es una falacia que no resiste el menor análisis. En todo caso, se trataría de una división de la ciudadanía europea, cuya mayoría apoya la idea de que Grecia debe pagar sus deudas a tiempo y una minoría que apoya a Tsipras y su referéndum.

Algunos economistas reconocidos se colocan del lado del gobierno griego por su convicción de que las políticas de austeridad no son la solución a la crisis (algo, por cierto, que compartimos muchos). Por ejemplo, Paul Krugman, premio Nobel de economía, escribe así en medio norteamericanos (que ha reproducido el diario El País). Antes de comentar sus argumentos, es necesario hablar del contexto. Importa saber que en los medios políticos de Estados Unidos y Canadá hay un ambiente favorable a las críticas a la Unión Europea. El propio Obama dejó caer que, a su juicio, Bruselas debería ser más flexible con Grecia. Es cierto que en su comentario, Obama incluía consideraciones geoestratégicas (Rusia está detrás), pero el clima anti-UE es viejo a ese lado del Atlántico.

Krugman lo deja muy claro al comienzo de su artículo previo al referendum: “Es evidente –dice-, desde hace tiempo, que la creación del euro fue un terrible error”. Resulta claro que, a los ojos de la inmensa mayoría de los europeos, Krugman se equivoca de plano. Cabe preguntarse entonces: ¿Cómo es posible que todo un premio Nobel se equivoque tanto? La extrañeza no es demasiada cuando se conoce un poco los círculos intelectuales norteamericanos. Krugman comete un frecuente error: medir las cosas en términos puramente económicos, perdiendo su sentido político, y viceversa.

Para cualquier europeísta resulta obvio que la creación del euro era un paso necesario para avanzar en la construcción de la Europa política. Cierto, había riesgos económicos en la operación, pero era imprescindible correr esos riesgos desde una perspectiva política. Algo que a Krugman le queda un poco distante. En eso, parece estar viendo los toros desde la barrera.

Y qué decir de su imagen del actual gobierno griego. Aquí de nuevo se desprecia la política. Como Tsipras es contrario a las estrategias de austeridad, entonces es el abanderado de la pulcritud democrática. Se silencia su populismo congénito y su consecuente mesianismo. Por el contrario, los que son partidarios de la austeridad, Merkel a la cabeza, parecen carecer de respaldo democrático. Qué juicio político más sofisticado. Claro, siempre es mucho más complicado rechazar las políticas de austeridad y tratar de convencer a la opinión pública europea de que la sustitución del actual liderazgo conservador europeo no puede hacer de cualquier forma. Por ejemplo, aliándose con el populismo mágico. El mismo que hoy busca con urgencia convertir un NO en un SI. Lástima que ahora esa camaleónica mutación dependa del otro lado de la acera.

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