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La bananera república de Catalunya

lunes 14 de septiembre de 2015, 09:03h
El término peyorativo de bananero fue acuñado hace unas décadas para designar a aquellos gobiernos, que siendo democráticos, distaban mucho de ser un ejemplo de sistemas justos y honrados.
Principalmente servía para dar nombre a gobiernos del centro y sur de América con poca entidad, mandados por déspotas corruptos que se escudaban y, aún lo hacen, en la ignorancia de las masas para llevar a cabo sus tropelías.
Si algo caracteriza a una república bananera es la total ausencia de vergüenza, eso que en otras partes damos en llamar; ética y moral. Digo otras partes, porque a la vista de lo que está sucediendo en Cataluña, no se puede hablar de un todo, si no de una parte, ya que la pretendida república bananera en que quiere convertir Artur Mas y sus compinches a la gloriosa región española, no tiene nada que ver con la honradez y laboriosidad de sus habitantes. Una república bananera se reconoce, además, por el nepotismo, clientelismo y el caciquismo con que actúan sus líderes, y que hoy por hoy salpica en modo de noticia, las actuaciones que ha llevado a cabo durante décadas el partido seudomafioso de Jordi Pujol y Artur Mas, el partido del 3%, como se le conoce en medios financieros internacionales.
Desde antiguo, el sueño de lograr la independencia es compartido por numerosas regiones de Europa. Unos lo hacen en aras de preservar la parte de un territorio con un marcado criterio diferencial, otros, por conseguir unas cotas de autogobierno que no se ven reflejadas en ninguna constitución, y los menos, por eludir la acción de la justicia y lucrarse de los recursos de todos los ciudadanos a costa de provocar un conflicto civil. Generalmente, las peticiones de carácter independentista las suelen hacer los ciudadanos.
Tiene que ver, sobretodo, con la forma de vida y las diferencias sustanciales entre individuos de unas regiones frente a otras, pero en el caso de Cataluña, los ciudadanos, han vivido durante siglos con una renta per cápita que excede con creces a la de otras regiones del Estado, lo que ha motivado desde siempre enormes flujos migratorios. Por ello, probablemente no han sentido nunca la necesidad de autogobierno e independencia que propugnan sus mandatarios, cada vez que se produce una crisis económica y dejan de percibir la mordida que, según ellos, les corresponde.
Muy probablemente, no tenga entre mis lectores a ciudadanos de mi adorada Cataluña, muy probablemente tampoco me lean aquellos, que con un mínimo sentido común, piensen que la solución a la crisis económica que azota tanto a Cataluña como al resto de España, pasa por la independencia. Pero a unos y a otros, en el hipotético caso de que puedan reflexionar con estas letras, les pediría que no le hiciesen el juego al individuo o individuos que por unos oscuros y falsos motivos, quieren deshacer lo que tantos años ha costado mantener.
Considero que las voces que claman por un estado independiente, sea en el país que sea, deben estar argumentadas en conciencia, y al menos, ser unánimes en su criterio, algo que no ocurre precisamente en Cataluña, donde la división entre los partidarios de un lado y los de el otro, vienen a representar en la práctica a la mitad de la población. Y si esto sucede, es porque los sentimientos regionalistas que legítimamente todos llevamos dentro, no están tan mermados ni agraviados socialmente, como para que se produzca una quiebra unilateral de la sociedad.
La hipotética independencia de Cataluña, no sólo produciría una fractura social sin precedentes, que podría derivar en una contienda entre los partidarios de un postulado y del otro, sino que como ocurrió en nuestra olvidada guerra civil, separaría los territorios, las familias, los amigos, los lazos económicos y afectivos, y se convertiría en esa república bananera donde el déspota y su comparsa, hacen de su capa un sayo y gobiernan por su propio interés.
En aras de la cordura se puede pedir, en un futuro, un estado federal, mayor autogobierno, o la luna, si se quiere, pero siempre desde el consenso, siempre desde la proporcionalidad, sin contienda, sin fractura, sin desequilibrio económico y, por supuesto, para favorecer a todos los habitantes del mismo territorio, y no sólo a los mafiosos y corruptos que olvidan que Cataluña es una región con clase, y no la república bananera en que la quieren convertir.
Ismael Álvarez de Toledo
periodista y escritor
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