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‘La balsa de Medusa’, un montaje excelente, henchido de surrealismo y crítica social
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‘La balsa de Medusa’, un montaje excelente, henchido de surrealismo y crítica social

Luis Buñuel (1900-1983), el cineasta aragonés, español y universal, filmó en 1962 ‘El ángel exterminador’, una de sus películas más personales en la que un grupo de hombres y mujeres quedaba atrapado en una habitación sin poder salir de ella. Este ha sido el punto de partida y de inspiración del montaje teatral ‘La balsa de Medusa’, un texto de Antonio Escribano, con dirección de Manu Báñez, que viene representándose en la Sala Jardiel Poncela del Teatro Fernán Gómez, donde permanecerá hasta el próximo domingo, día 20, después de haber pasado durante una buena temporada (desde marzo 2015) por La Pensión de las Pulgas. El propio autor es uno de los seis actores que navegan en esta balsa tan personal y potente como la de Buñuel, en cuyo periplo están también embarcados Marcial Álvarez, Rosa Vivas, Sara Illán, Mélida Molina y Antonio de la Fuente. Todos ellos están espléndidos en sus correspondientes papeles de los que, más adelante, daremos algún detalle.

En el texto de Escribano, varias personas se reúnen en la casa de una pareja anfitriona con el ánimo de prolongar la fiesta que habían vivido en un concierto que acaba de celebrase. Pero las cosas no empiezan nada bien porque a ella faltan varios invitados y, para colmo, el catering no llega tampoco a la casa, provocando la inquietud, la desesperación y el desasosiego de la anfitriona. Con todo y con ello, los invitados toman la decisión de pasar la noche encerrados en la estancia donde iba a celebrarse la cena. La sorpresa viene al día siguiente, cuando, al tratar de salir, se dan cuenta de que no pueden hacerlo, yquedan atrapadosen la habitación durante varios días. Esa circunstancia propiciará que de todos ellos surja lo peor de su condición…

La película de Buñuel y la obra de Escribano están recorridas por el mismo humor absurdo, surrealista y brutal. Las dos obras constituyen, también, un minucioso, casi morboso, análisis de la moral y la represión burguesas, de su obsesión por la religión, el erotismo, la muerte y las miserias humanas. El experimento profundiza en la observación despiadada, y casi microscópica, de la personalidad de los tres hombres y tres mujeres allí encerrados, que no son más que una pequeña muestra representativa de toda una clase social, que está viviendo la descomposición, el deterioro más absoluto e imparable de su propia condición, la humana.

El diseño de iluminación (a cargo de Víctor Blázquez y Manu Báñez, el mismo director del montaje) y el espacio sonoro -también responsabilidad de Báñez- tienen una alta importancia en la dramaturgia del espectáculo. Comienza y termina con sonidos de oleaje, que remarcan el proceloso mundo interior que viven los personajes -y que habita la Medusa-, y está inundado de música religiosa, con bandas de música popular y de cornetas y tambores, que pueden escucharse en las Semanas Santas de nuestra geografía, especialmente en la andaluza. La luz potente se alterna con los claroscuros y la penumbra casi absoluta… El contrapunto que supone la presencia sonora tan fuerte, combinada con ese espacio sonoro, con escenas de decadencia e inmoralidad de todos y cada uno de los personajes (el autor no salva a ninguno), unidos a los movimientos escénicos de los actores, en muchos momentos de la obra (imitan los movimientos de los costaleros cuando llevan a hombros las imágenes en las procesiones), dan una fuerza tremenda a cuanto sucede en escena, que se traslada al espectador con una potencia expresiva inusitada.

Detrás del montaje puede entreverse tanto el realismo español de Quevedo, la novela picaresca, Goya o Valle-Inclán, entre otros, como el neorrealismo de Pier Paolo Pasolini (recuérdese como en ‘Teorema’ -1968- o en ‘La pocilga’ -1969-, mezcla elementos religiosos y profanos), y, por supuesto, el surrealismo de Luis Buñuel.

Claustrofobia

El espacio escénico, obra de Guadalupe Valero -que firma también el primoroso vestuario de los personajes- muestra un salón de una casa acomodada. Sobre la alfombra del centro aparece tumbado -antes de que empiece la función-, el mayordomo, rodeado de figuritas de papel que él mismo hace, como el espectador podrá comprobar después, a lo largo de la obra, y que servirán incluso más tarde como comida de invitados y anfitriones. Al comienzo del espectáculo, todas esas figuras las guarda en un gran jarrón chino.

Las tres mujeres visten de negro: vestidos cortos de fiesta, zapatos de tacón alto, y bolsitos de fiesta las dos invitadas. Los dos hombres, el señor de la casa, de traje de cuadros y corbata. El invitado, Miguel, el vecino, con traje con botones y coderas rojas, sin corbata.

Mélida Molina es Blanca, una mujer enferma de cáncer (aunque no se explicita, sus gestos parecen indicar que se trata de un cáncer de mama) y, desde el primer momento de la fiesta, coquetea con el anfitrión de la casa, Marcial Álvarez. Rebeca, la anfitriona y señora de la casa-, Rosa Vivas-, está embarazada de su quinto hijo, que no parece ser de su marido sino de Miguel, el vecino, cuyo papel corresponde a Antonio Escribano, que es su amante. Sara Illán da vida a Eva, la esposa de Miguel y, a su vez, amante del anfitrión. Por su parte, el mayordomo, Antonio de la Fuente, siempre tranquilo, sin mover ni una pestaña, hierático, imperturbable… deambula entre los hombres y mujeres allí congregados, mientras responde a los mil nombres con que unos y otros (anfitriones e invitados) se dirigen a él para llamarlo: Roberto, Alberto, Ricardo, Julio, Ernesto, Guillermo

Encerrados en la estancia, a medida que pasa el tiempo, los personajes se van despojando de su condición humana y pareciéndose cada vez más a seres irracionales que, hambrientos, sedientos, se pelean entre ellos por el agua y los cada vez más escasos alimentos, hasta el punto que acaban comiendo las figuritas de papel que les ofrece el mayordomo, quién les dice: “el sabor no es desagradable y mantiene entretenido el estómago”.

“Olvidar es nuestra única salida”, le dice Rebeca a Miguel, mientras hacen el amor en el salón. Al tiempo, su marido y Eva, la mujer de Miguel, duermen juntos. Blanca tiene también sus escarceos amorosos con el anfitrión (impresionante cantante y extraordinaria y sensual bailarina Mélida Molina), que dibuja con verdadero desgarro emocional sus descensos a los infiernos. Marcial Álvarez (¡Dios, qué voz tan personal!) traza un personaje engreído y melifluo a la vez. Su mujer, Rosa Vivas, borda a ese personaje nervioso, banal y envuelto en las apariencias. Antonio Escribano y Sara Illán trazan la figura de unos vecinos metomentodo y, por último, Antonio de la Fuente, podría pasar por un mayordomo con más de diez trienios de experiencia a sus espaldas…

Creo, en definitiva, como dije en un comentario inmediatamente posterior a la terminación de la obra, que no asistir a una de las pocas representaciones que le quedan en el Fernán Gómez, debería constituir un nuevo delito tipificado en el Código Penal. De verdad, no te la pierdas.

La balsa de Medusa’, de Antonio Escribano

Dirección: Manu Báñez

Teatro Fernán-Gómez (Madrid)

Hasta el 20 de septiembre de 2015

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