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Bobos abanderados

lunes 19 de octubre de 2015, 11:13h
Cuando en una entidad histórica de dos mil años de existencia surge una frustración institucional, como fue la I República, que tuvo cuatro jefes de Estado durante menos de un año de vida y se rigió por una Constitución monárquica, pues no fue capaz ni de redactar una Constitución federal propia, tampoco tuvo tiempo para cambiar la bandera roja y amarilla que ondeaba en los océanos desde el reinado de Carlos III. Sus colores, además de un gran acierto de diseño, eran los predominantes en la antigua heráldica de los blasones medievales y su brillante combinación tiene la fuerza y la luz de una llama. La bandera y la milicia mantuvieron viva la imagen de una España existencial que sobrevivió a su año sabático de ausencia internacional venciendo a las pústulas del infeccioso “derecho a decidir” que reventaban sobre la piel de toro en forma de cantones.

La II República, cuya Constitución solo se aplicó en la práctica durante un lustro, fue un lapsus histórico más trágico. Pero, entre sus devotos, hubo quienes perdieron el tiempo en una actividad tan innecesaria e inútil como cambiar los colores y las proporciones de la bandera, apagando su luminosidad con una horrorosa franja morada. No solo perdieron el tiempo y fomentaron la división de un pueblo sino que otorgaron un plus de legitimidad plástica a quienes restablecieron lo que nunca debió de alterarse con propósito de parcialidad política como, por ejemplo, no se alteraron los cuarteles del escudo o las columnas de Hércules. Aquel error costó muy caro en valores identitarios a la triste parafernalia de aquella efímera II República.

Sin capacidad de reflexión para comprender que aquella bandera parcial, hoy democráticamente ilegal, no representa popularmente a nadie en nuestros días, aquella enseña se ha convertido en un símbolo residual entre quienes se sienten españoles y entre quienes no quieren seguir siendo españoles. Pero existe una especie de bobos abanderados que colocan la tela tricolor donde pueden y cuando pueden. No hace mucho, unos bobos abanderados, cinco eurodiputados de la agonizante Izquierda Unida, exhibieron un frontal tricolor y abandonaron el hemiciclo del Parlamento Europeo, acompañados de la eurodiputada italiana de la Izquierda Unitaria Eleonora Forenza que enarbolaba un cartel que decía “salud y república”, saludo tan rancio y en desuso como aquella bandera. La presidenta del grupo parlamentario al que se adhieren estos náufragos, la alemana Gabriele Zimmer, consciente del ridículo, desautorizó al grupito posteriormente.

Así como desentona la exhibición en el gran hemiciclo europeo de un paño tricolor desconocido para la mayoría de sus miembros, nacidos más tarde del quinquenio de la primera mitad del Siglo XX en que lució tal símbolo, aún sorprende más que haya bobos abanderados que asoman tal banderita, entremezclada en proporciones minoritarias, allí donde algunos ondean símbolos independentistas. Es como si quisieran acompañar al funeral de España, sea esta monárquica, republicana o autocrática, sumándose a la ruptura del “Estado Integral” que quiso y no pudo ser su efímera II República. También hay ocasiones en que un bobo abanderado asoma su banderita desde la ventana ácrata de los okupas que representan la negación de toda legalidad, por republicana que esta sea. El más absurdo de los bobos abanderados es Pablo Iglesias Turrión, al que pudimos ver en televisión jugando al futbol con una camiseta roja de la selección nacional adornada con un manchón morado, equipamiento que nunca jamás usó ninguna selección española ni con República ni sin República.

Lo grave es que, en tiempo preelectoral, en que España necesita sentido común, estabilidad institucional y racionalidad económica, haya partidos que estén dispuestos a contar con los bobos abanderados para sumarse a una contabilidad parlamentaria. La demanda social exige a los partidos solventes un consenso sobre España como patrimonio común y su signo secular de tal demanda es una sola bandera. Los bobos abanderados de la discordia no solo rechazan torpemente la realidad pasada y presente sino que desvían el camino del futuro hacia la vía muerta de los fracasos recordados y de los fracasos anunciados.

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