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Un Príncipe de la Iglesia

lunes 19 de octubre de 2015, 21:38h

En una de mis pasadas etapas profesionales, vivida largamente en la muy noble y patrimonial ciudad de Toledo, conocí en persona al Cardenal Cañizares, Arzobispo por entonces de la diócesis toledana. De su cuello colgaba siempre un enorme crucifijo dorado, tan grande como él, que anunciaba su presencia por donde quiera que fuere. Utilizaba el Prelado un flamante vehículo de alta gama, aparcado a su disposición en una de las puertas laterales del Palacio Arzobispal, a pocos metros de la extraordinaria Catedral Primada. Todo lo que rodeaba a Su Ilustrísima, le distinguía como Príncipe de la Iglesia.

Gustaba Cañizares de la buena mesa, menester que compartía muchas veces con invitados variopintos, con los que mantenía después larguísimas tertulias de sobremesa. Allí se hablaba de lo divino y de lo humano, más de lo primero, ciertamente, que de los asuntos eclesiásticos que tenía encomendados el Reverendo. La influencia política del Arzobispo de Toledo caracterizó siempre a sus antecesores históricos y Cañizares prolongaba en el tiempo una de las más veteranas tradiciones de la Iglesia española. Antes de marchar a Roma para ocuparse de los Asuntos Teologales de la Fe, Cañizares dejó en la memoria de sus feligreses muchas perlas ideológicas.

Por todo ello, no me extrañó lo más mínimo la reaparición pública de nuestro personaje en Valencia y la enorme polémica suscitada por sus divagaciones geopolíticas. A propósito del drama migratorio que se desarrolla en Europa, nuestro Cardenal pudo denunciar la catadura totalitaria de algunos dirigentes europeos que utilizan a sus ejércitos para reprimir a los recién llegados, pudo criticar a las mafias que se enriquecen trasladando clandestinamente a los que escapan de la muerte, pudo condenar los ataques de los pandilleros nazis que asaltan y queman los centros de acogida y pudo descalificar a los politicastros que organizan campos de concentración para aislar de su mundo a los huidos. Monseñor pudo también despertar la conciencia dormida de la ciudadanía que mira para otro lado cuando la tragedia acampa frente a ellos. Pudo recordarnos a todos el estigma que hemos heredado de aquellos antepasados nuestros que contemplaron impávidos, a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, el holocausto de millones de seres humanos. No lo hizo.

Según lo referido en varios medios de comunicación, Cañizares prefirió argumentar con teorías menos comprometidas con los nuevos aires franciscanos que ventilan el catolicismo mundial. Entre otras torpezas, impropias de un hombre tan experimentado e inteligente como él, Cañizares nos advirtió de los peligros disgregadores que presuntamente traen en su maleta los refugiados que pretenden afincarse en Europa. Por mucho que ahora se desdiga de lo dicho y pida perdón, por mucho que culpe al mensajero de manipular sus manifestaciones insolidarias, Cañizares demostró que es un digno representante de la Iglesia Católica Nacional, una institución que siempre se involucró en la gobernanza del Estado y siempre trató de tutelar la normativa que regula nuestros comportamientos civiles. Cañizares, como otros arzobispos y cardenales que en España son y han sido, es y será un Príncipe de la Iglesia.

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