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La campaña electoral más rara de la Historia

sábado 12 de diciembre de 2015, 12:04h

Uno, a su edad, ha vivido ya muchas campañas electorales. Uno ha acudido a muchos mítines, ha viajado en las demenciales caravanas que llevaban a los candidatos de Las Palmas a Coruña y de allí a Alicante, demostrando que los directores de estas cosas no tienen piedad ni por el candidato ni por quienes han de acompañarle en sus viajes locos. Hemos llegado al último fin de semana antes de que, el domingo día 20, las urnas arrojen el sondeo definitivo, el irreversible. Una semana que comenzó con un debate ‘a cuatro’ no poco comentado, y que concluye con los preparativos de un debate ‘a dos’ (más apéndices emergentes) que, dicen, aunque personalmente uno no se lo crea, será decisivo. Nada de eso: los debates no se ganan, sino que se pierden. Y no siempre el más agresivo es el mejor, ni el más preparado ni el gestor más eficaz. No creo que, quienes aún debemos tomar la decisión de hacia dónde encaminar nuestro voto, resolvamos nuestra incertidumbre en la noche de este lunes, tras escuchar el argumentario de Rajoy versus Sánchez y los posteriores comentarios, a los que oportunamente se han apuntado en otra tele, de Rivera e Iglesias.

He titulado, en este último fin de semana antes de la jornada de reflexión previa a la marcha hacia las urnas, que esta está siendo la campaña electoral más rara de la Historia. Al menos, de la Historia que yo he vivido y recuerdo. Primero, se celebra con un president de la Generalitat en funciones que se deshace en concesiones a un partido minoritario, casi antisistema, que resulta que puede ser el árbitro de lo que vaya a ocurrir, vaya por Dios, en Cataluña. Segundo, se desarrolla también esta campaña, cosa inédita, con cuatro candidatos –bueno, tres-- con posibilidades reales de llegar, mediante los pactos que sean precisos, a La Moncloa. Tercero, esos candidatos se desgañitan en programas-espectáculo televisivos, convirtiendo la campaña en un ‘show’ mediático como jamás lo fuera. Cuarto, los españoles nos jugamos la reforma o la contrarreforma, el más de lo mismo o los planteamientos revolucionarios en algunos aspectos. O eso creemos, porque , quinta característica ‘extraña’, la verdad es que ninguna de las cuatro –bueno, tres—formaciones principales nos ofrece de verdad las recetas para nuestros problemas: temen que, si las desvelan, muchos votantes disgustados marcharán hacia otras opciones. La tensión en la lucha por el poder es máxima a estas alturas, cuando a España la están mirando fijamente todas las cancillerías del mundo, interrogándose qué puede pasar. Y, sin embargo…

Y, sin embargo, sexto dato a anotar, es la campaña más tranquila y educada que conozco. No hay dossiers con perros Doberman. No hay (demasiado) juego sucio entre bambalinas, aunque a saber si algunos casos de presunta corrupción que surgen, embajadas incluidas, no han sido destapados demasiado oportunamente (y todavía, dicen, puede haber más). No hay ataques personales entre los candidatos, ni pretenden ridiculizarse unos a otros, más allá de las lógicas descalificaciones sobre programas y trayectorias pasadas. Los medios de comunicación están, estamos, como viviendo un momento de elegante tolerancia, aunque cada cual, como es lógico y hasta deseable, tire por su camino.

En resumen: que esta es una campaña en la que desde el comienzo se ha sabido el resultado, pese a los vaivenes caprichosos de las encuestas. Todos parecen dar por ganador a Rajoy y se conformarían con un segundo puesto…que pudiese arrebatar el sillón de la Moncloa a un Rajoy sin la suficiente mayoría. Así, la principal incógnita parece consistir en estos momentos en saber si la medalla de plata la tendrá el PSOE o si pasará a manos de Ciudadanos. Y la segunda incógnita es comprobar hasta qué punto ese Podemos, surgido de forma tan atípica y repentina para canalizar el descontento evidenciado por los ‘indignados’ del 15-m, tendrá una representación lo suficientemente nutrida en las cámaras legislativas como para tratar de imponer algunos de sus cambios y, sobre todo, de sus estilos, que ya se sabe que las formas son fundamentales en política (y en la vida).

En fin, que veo las cartas tan repartidas que me pregunto si no habrá alguna sorpresa importante aguardándonos a los electores a la vuelta de alguna de las pocas esquinas que ya restan cuando, este domingo, algunas de las formaciones en liza celebrarán sus actos centrales en Madrid, tratando de llenar recintos a los que, con esto de la campaña televisiva, cada día resulta más difícil convocar al personal, y no precisamente porque haya desinterés de los ciudadanos electores en lo que está ocurriendo. Sí, probablemente alguien tendrá alguna sorpresa, algún conejo en la chistera, algún as en la manga, que aportar a última hora.

Sería increíble que no lo tuviesen, porque la verdad es que, a falta de propuestas concretas y de grandes ideas innovadoras, la campaña no es que esté discurriendo aburrida, pero sí átona. Le falta un hervor, le falta colorido, echo de menos el riesgo de las ambiciones regeneracionistas, que han quedado relegadas por el afán de asegurar cada voto. Yo creí, la verdad, que esta iba a ser la campaña de la conmoción ante la furia del cambio. Y no: hasta este momento, está siendo una especie de campaña del ahorro; todos se ahorran lo verdaderamente importante , las propuestas de los auténticos cambios (incluso, quién sabe, de caras), para empezar a desgranarlos en las conversaciones que se iniciarán después de saber lo que ha ocurrido en la noche electoral. A menos, claro está, que la recta final que hoy comienza adquiera, por unos motivos u otros, un ritmo vertiginoso: mi consejo, si alguien me lo llegase a pedir, lo que yo haría, sería lanzar en las próximas horas un torbellino de ideas refrescantes, provocadoras, valientes. Eso, por supuesto, si fuese candidato, que afortunadamente para mí y para ustedes no soy más que un veterano mirón de la política.

- El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'

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