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Después del 15-m viene la realidad: el 16-m

domingo 15 de mayo de 2016, 14:53h


Celebrábamos este domingo el quinto aniversario de aquel estallido social que fue el movimiento de los indignados del 15 de marzo. A muchos, ciertamente, nos pilló por sorpresa la profundidad y extensión de una ‘movida’ que, pensábamos, había venido para quedarse: era algo más que un viento huracanado, porque no era un malestar pasajero lo que desbordaba la Puerta del Sol y muchas otras plazas españolas. Había, ciertamente, un gran descontento ante la forma en la que tradicionalmente un bipartidismo ‘matizado’ por la presencia de los nacionalismos había venido gobernando desde, al menos, los tiempos de Felipe González: escasa transparencia, nula participación ciudadana, corrupción a destajo e inmovilismo legislativo. ¿Cuántas veces se habló de ‘regeneración democrática’, de iniciar el estudio de una reforma constitucional que acabase con anomalías como el funcionamiento del Senado, en cuántas ocasiones se habló de reformar las administraciones, equilibrar la financiación autonómica, negociar razonablemente con Cataluña…? O, ya que estamos, ¿cuántas veces se dejó de hablar de hacer un país más justo, algo más equitativo y equilibrado?


Pues todo eso, que, en conjunto, constituye una forma antipática de gobernar, fue, a mi entender, lo que hizo que el mensaje de aquel opúsculo, hoy casi olvidado, ‘Indignaos’, de Stéphane Hessel, secundado en España por José Luis Sampedro, prendiese en las calles y en mucho corazones. No sé si ahora que el movimiento del 15-m se ha transformado –porque así ha sido- en una coalición de izquierda con un programa creo que no del todo definido, quienes salieron a manifestarse hace cinco años se sienten representados por las candidaturas de Podemos e IU: sé que hay ahí una expectativa de seis millones de votos, que no es moco de pavo y que puede dar al traste con ese PSOE que se renovó hace dos años, pero parece que insuficientemente, o quizá algo deficientemente. Veremos si se cumplen las ambiciones y anhelos de quienes buscan el famoso ‘sorpasso’ y si tienen éxito los que tratan de impedirlo. Atención a la campaña, porque de ella va a depender el puñado de escaños que pueden hacer que España sea una nación gobernable. O no, claro.


El caso es que, tras el 15-m viene el 16-m y toca aterrizar en la realidad de un país que vive mucho más pendiente de los hitos futbolísticos que de las piruetas de la política, porque seguramente ha dejado de creer en ella. Pero esa realidad nos dice que faltan tres semanas para que empiece la campaña electoral ‘oficial’ (es obvio que ya estamos metidos en ella hasta el cuello, aunque sea con sordina) y cinco para que se celebren unas elecciones que pueden, contra lo que dice la mayoría de las encuestas, dar algunas sorpresas. Tengo para mí que nada puede ser igual a lo que ha venido siendo: ni la impasibilidad rajoniana, ni los pasos de baile de Sánchez, ni los volatines de trapecista de Iglesias, ni los vetos de unos contra otros, ni los ‘con Rajoy no’, o ‘con Iglesias menos’. Los partidos ya no podrán hacer lo que les da la gana, como hasta ahora ha ocurrido, y habrá de imponerse una cierta racionalidad política para acometer conjuntamente las reformas que el país y las circunstancias exigen.


Estamos, pues, ante la penúltima oportunidad. Y el caso es que no se perciben lenguajes nuevos. Ha muerto la frescura de los eslóganes del 15-m, asesinada por las ambiciones por ocupar parcelas de poder, o sea, asesinada por la realidad. Lo malo de las iniciativas atractivas, de las ideas carismáticas, es cuando se convierten en catecismos dogmáticos, y eso es lo que ha ocurrido. Para mí, lo importante no es saber si el Partido Popular logrará un par de escaños arriba o abajo, ni si Pedro Sánchez caerá en la noche del 26-j si sus resultados son tan malos como el 20 de diciembre. Ni si Ciudadanos se consolida como esa fuerza capaz de afianzar un Gobierno. Para mí, lo importante es comprobar si la marea de los descontentos, esos seis millones de mujeres y hombres que teóricamente irán a votar a la suma Podemos-IU, sube. Porque, si es así, ciertamente muchos que no estamos en esa onda habrán, habremos, fallado de manera estrepitosa. E irreversible. Nos ahogará la crecida de la marea, aunque luego, lógicamente, la marea baje, como siempre ocurre.

- El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'

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