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Españoles de segunda

viernes 03 de junio de 2016, 07:00h

Algunos elementos quieren discriminar a la ciudadanía por su partida de nacimiento o su cédula de residencia. Esa pretensión acabaría con nuestra democracia. Ahí estaba la izquierda, compartiendo pancartas y banderas con los desechos del pujolismo y los burguesitos del soberanismo irredento, reivindicando conjuntamente unos derechos sociales que los catalanes se habrían ganado por vivir en el Principado. Extraordinaria actividad aquella de compartir las calles con los sujetos que han provocado un destrozo sin precedentes en toda la región. Es evidente que tales inútiles ocultan la realidad con tinta independentista, pero resulta inexplicable que la izquierda secunde esa estrategia. Los primeros son muy listos y muy tontos los segundos. Defienden, según parece, que existen en España dos tipos de ciudadanos, los que pueblan Cataluña y los que viven en otras comunidades del territorio nacional.

Pretenden que los catalanes en peligro de exclusión social son acreedores de unas ayudas excepcionales que no tienen el resto de españoles afectados por la crisis socioeconómica. Ahora tratan de institucionalizar la diferencia y vulnerar los principios constitucionales que consagran la igualdad de los españoles ante la Ley. ¿Piensan acaso, por ponerles un ejemplo, que un extremeño de Trujillo, caído en la pobreza, necesita menos apoyos que un barcelonés de Tarrasa enfrentado a problemas similares? Si así lo estiman, la gusanera de populismo totalitario que allí prospera es mucho más repugnante de lo que algunos creíamos. Manifestarse contra las leyes que garantizan nuestra convivencia es deleznable.

Comentario aparte merece el partido de los socialistas de Cataluña y las federaciones catalanas de UGT y CCOO. Los dirigentes del PSC son unos tarambanas de mucho cuidado. A estas alturas, nadie sabe dónde están ni a quién representan. Tradicionalmente, se ocupaban de los intereses de los obreros afincados en el cinturón rojo de Barcelona y en otras zonas industriales de aquella Comunidad, un electorado que procede de la emigración y que se instaló en Cataluña buscando pan y trabajo. La mayoría de su militancia convivía, a duras penas, con una minoría de compañeros catalanistas que medraban en los ambientes más ilustrados de la burguesía progresista. Los dos espíritus del PSC nunca se fundieron en un proyecto común y los nacionalistas terminaron por imponerse a los obreristas. Ese error ha colocado al PSC en el desván de los objetos que no sirven para nada. Así las cosas, Podemos y Ciudadanos van ocupando el terreno que abandonan los socialistas. Hace ya algunos años Alfonso Guerra quiso refundar al PSOE en Cataluña y arrinconar a sus compañeros del PSC en el lugar retórico que les correspondía. Reconozcamos que Guerra iba por el buen camino.

También estaban en la manifestación los secretarios generales de CCOO y UGT en Cataluña. Hablamos presuntamente de dos organizaciones que se definen como sindicatos de clase, pero sus dirigentes locales solo representan la porción de la clase obrera que se concentra en Cataluña. Para ellos, según parece, el internacionalismo y la solidaridad proletaria se circunscriben a los límites geográficos de esta parte de España. Si yo fuera activista o simpatizante de alguno de esos dos sindicatos y viviera fuera de Cataluña, metería mi carnet en un sobre y se lo remitiría a los señores Ros y Gallego, líderes de ambas formaciones sindicalistas en aquella tierra, para que se lo metieran por donde les cupiera. El proceso que destruye Cataluña tiene protagonistas indiscutibles y colaboradores necesarios. En esa complicidad manifiesta se mueve nuestra izquierda.

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