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La noche de los cuchillos largos del 26-J

viernes 10 de junio de 2016, 10:31h

Se comprueba que la macroencuesta del CIS ha provocado un auténtico tsunami en todas las formaciones políticas que concurren a las elecciones, ya en la recta final de una campaña que puede trastocar muchas previsiones. Que debería hacerlo, de hecho. Porque simplemente no es posible que la radiografía de un país ingobernable nos lleve a una previsión de nuevas elecciones. La ciudadanía debe exigir, y digo exigir, a quienes pretenden erigirse en sus representantes un cambio urgente de conducta, un viraje de ciento ochenta grados en sus comportamientos. Lo primero de todo, declarando desde ya mismo con quién piensa pactar cada uno de ellos, de manera taxativa. Y aquí es donde comienzan los dislates.

Pedro Sánchez, cometiendo el error de su vida -un error en el que le secundan su comité federal y seguramente una mayoría de los militantes del PSOE-, ha declarado tajantemente que no apoyará de ninguna manera un Gobierno del Partido Popular. Ni gran coalición, ni abstención en una votación de investidura de Rajoy, ni nada. Era la salida más fácil a la situación de ingobernabilidad: una Legislatura corta, reformista, presidida por el partido ganador de las elecciones -el PP, según todos los indicios-, en la que Sánchez actuaría como vicepresidente impulsor de todas esas reformas que Rajoy se resiste a emprender y teniendo a Albert Rivera como tercera pata del banco. Inútil insistir en esta solución, que una de las partes rechaza de manera parece que inexorable: no he escuchado a un solo responsable del PSOE abogar por la gran coalición, así que no volvamos a ello.

Por otro lado, y pese a las múltiples declaraciones mutuas de hostilidad y a la distancia patente entre ambas formaciones, el propio Sánchez ha repetido que no desdeña un acuerdo con Podemos, si fuese necesario. Dice lo mismo que en diciembre. Todos saben que ese acuerdo no puede darse, pero esas declaraciones orientan al votante acerca de las intenciones del líder socialista. Probablemente, es lo que está provocando su hundimiento en las encuestas: para que consolide a Podemos como una opción de gobierno, mejor irse a otro lado, dicen los que no quieren a la formación morada en parcelas de poder. O mejor votar directamente al modelo ‘duro’, opinan los que sí quieren tener a los de Pablo Iglesias en zonas gubernamentales. El PSOE aparece pillado entre dos fuegos: si los estrategas de este partido no lo entienden, ni son estrategas ni merecen estar en política. Fallan a la hora de hacer el diagnóstico de cómo llegar a La Moncloa; fallaron en diciembre y meses subsiguientes, y se equivocaron también, pienso, antes de las elecciones del 20-D.

Solamente ese radical viraje al que me refería posibilitará una recuperación del PSOE, en mi opinión, si es que tal recuperación es posible a tan corto plazo como de aquí a las elecciones. Pero otros virajes radicales, justo el final de la campaña, se han visto, y el electorado está deseando ver tomas de posición que iluminen el camino ante la confusión total que nos ciega ahora, y que podría conducir a la necesidad de que el Rey acabe sugiriendo la figura de un independiente para ocupar el sillón de La Moncloa. Si Sánchez no hace nada, otros lo harán por él en la noche misma del próximo día 26, una noche que muchos, excepto el entorno del secretario general socialista, piensan que puede ser aciaga para él y para su partido.

Comprendo que a Sánchez y a los suyos les cueste aceptar que un talante tan poco reformista como el de Mariano Rajoy siga encabezando el pelotón -no le va a bastar para ganar la carrera, claro-; es, en cierta manera, desesperante. Pero, si seguimos creyendo en lo que dicen las encuestas, y algo hay que creer en ellas aunque no sean un oráculo definitivo, los electores siguen apoyando al PP de Rajoy más que a otras formaciones. Y el Cambio, ese Cambio con mayúscula que todos dicen desear, habrá de hacerse paradójicamente con el hombre que menos apuesta por el cambio, ni siquiera con minúscula.

Hay que forzar a Rajoy al Cambio y eso, que Albert Rivera ha comprendido tan bien desde hace tiempo, solo puede hacerse facilitándolo el PSOE. Hay quien dice que tal vez el partido fundado por Pablo Iglesias -el original, no el morado-tendrá, como las Cortes franquistas de 1976, que hacerse el harakiri para facilitar la nueva transición. Que el cambio posible incluye a Rajoy encabezando el lote, al menos durante un cierto plazo -¿hasta el congreso del PP?-. Y que no me vengan ahora con que el PSOE es un valladar frente a Podemos: ya se está demostrando que es justo lo contrario, y que no son pocos los que, ante tanto dislate de los clásicos, están dispuestos a dar el salto a la aventura que ciertamente es apoyar a los podemitas.

Todo eso lo tendría que haber meditado ya un Pedro Sánchez del que dependen muchas más cosas de las que quizá pueda asumir. Por eso mismo, temo, yo, que un día, hace seis meses, escribí que quizá Pedro Sánchez podría convertirse en un buen presidente del Gobierno de España, que la del próximo día 26 será una noche de cuchillos largos. Sí, puede serlo para Pedro Sánchez que no ha entendido el mensaje y para quienes con él -o contra él, quién sabe- manejan un partido que le ha consolidado en el error. Una lástima, porque pudo haber sido.


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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    41545 | antonio - 10/06/2016 @ 15:36:05 (GMT+1)
    ¿Se ha enterado de la noticia de los ataques violentos a la oposición venezolana?

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