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Carpe diem con un pie en el futuro, pero no con los dos
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Carpe diem con un pie en el futuro, pero no con los dos

martes 21 de junio de 2016, 09:25h
Hay un cuento muy antiguo en el que un hechicero le regaló a un pequeño príncipe un carrete de hilo mágico. Le dijo que, por cada vuelta de hilo que desenrollase, el tiempo correría un año hacia delante. Pero debía usarlo con cuidado, ya que el hilo que saliese del carrete ya no podría volver a enrollarse en él y el tiempo saltado sería irrecuperable

Con ocho años, el príncipe probó a desenrollar tres vueltas de hilo para ver cómo sería con doce años. No fue suficiente. Le aburrían los estudios y quería ser mayor de edad, así que desenrolló seis vueltas más. Enseguida le entró la curiosidad por ver cómo sería el día de su coronación, y luego cómo sería su esposa, y después sus hijos, y después sus hijos de mayores... Cuando se quiso dar cuenta, había desenrollado todo el hilo y su vida había llegado a su fin. En un par de horas, había consumido toda su vida sin disfrutarla ni un momento.

A muchas personas les ocurre lo mismo que al príncipe del cuento. Cuando somos adolescentes, queremos cumplir los 18 para ser mayores de edad y romper con todas las limitaciones que teníamos hasta entonces. Cuando cumplimos los 18, queremos terminar ya la carrera o encontrar un trabajo para independizarnos y sentirnos libres. Cuando nos independizamos, queremos encontrar una pareja para dejar de sentirnos solos (aunque para nada lo estemos). Y muchas personas, una vez que tienen trabajo y pareja, se sienten infelices porque no aman de verdad ni su trabajo ni a su pareja. Es entonces cuando se dan cuenta de que han ido demasiado deprisa y les gustaría volver al pasado, volver a ser niños. Pero la vida es como el carrete de hilo del cuento: una vez consumido el tiempo, no hay marcha atrás.

Cuando tomamos conciencia de cómo funciona el mundo, esto es, aproximadamente en la adolescencia, nos empezamos a centrar cada vez más en el futuro hasta el punto de olvidarnos de vivir el presente. Sólo vivimos el presente de niños, cuando nuestra única preocupación es disfrutar y el mayor plazo al que miramos en vistas al futuro son 24 horas; por ejemplo, cuando faltan 24 horas para empezar el cole o cuando nos acostamos la noche de Reyes y no somos capaces de dormir. Por lo demás, un niño vive y disfruta el momento: disfruta de sus amigos, disfruta de un partido de fútbol, de los dibujos animados en la tele, de un plato rico de comida (a no ser que sea brécol y su madre le obligue a comerlo)... Los niños son expertos en el carpe diem.

Preocuparse por el futuro no sólo es necesario, sino además es una actitud sensata en un adulto. Tenemos que valorar muchas situaciones a corto y a largo plazo, prever las consecuencias de nuestros actos y planificar determinados aspectos de nuestra vida. Ya no estamos al cargo de nuestros padres y somos adultos para asumir la responsabilidad de lo que hacemos. Pero eso no quita que no podamos disfrutar de cada momento como hacen los niños. Ahí está precisamente la clave: en equilibrar nuestra parte adulta con esa parte aletargada que tenemos desde que dejamos de ser niños.

Si nos dejamos llevar por la preocupación y por el estrés elevado, viviremos con ansiedad y con dolor. Es cierto que hay momentos muy estresantes, pero no podemos permitir que el estrés se convierta en nuestro modo de vida. Y conseguirlo es mucho más fácil de lo que parece: sólo es cuestión de perspectiva.

El único truco para superar situaciones como ésta consiste en disfrutar del presente con un pie puesto en el futuro, pero no con los dos. Estresarse no es sólo que no valga de nada, sino que además es contraproducente para alcanzar nuestros objetivos. Podemos negarlo cuanto queramos, pero nuestro instinto es incontrolable y no podemos evitar que se ponga en alerta a no ser que dejemos de ver amenazas en todas partes.

Francisco Lorenzo www.inteligenciadivergente.com Twitter: @IntelDiver – Facebook - LinkedIn

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