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Enrique Szewach

Shocks

Shocks

John Kenneth Galbrait solía decir que los economistas fuimos inventados para que los pronósticos meteorológicos parecieran acertados

Más allá de lo difícil que resulta predecir el futuro en materia económica –siempre ha sido más fácil adivinar el pasado, obviamente en la Argentina, en donde el pasado es tan incierto como el futuro-, lo sucedido en los últimos meses en el escenario internacional ha empezado a despejar dudas, o mejor dicho a inclinar la balanza, hacia los pronósticos que auguran una leve desaceleración de la economía mundial, frente a quienes esperaban un “aterrizaje brusco”. Ese escenario más probable, con perspectivas de baja de la tasa de Reserva Federal en algún momento del segundo trimestre del 2007 y el mantenimiento de un dólar relativamente débil, incluye precios de los commodities también sostenidos. En síntesis, un contexto internacional claramente favorable a la Argentina, más allá de algunos vaivenes-tipo mayo de este año- que podrían surgir mientras se consolida la tendencia definitiva de la economía norteamericana.

Ahora bien, este extraordinario contexto internacional que otros países han aprovechado para superar algunas restricciones estructurales o de largo plazo, o para moderar el crecimiento mediante políticas fiscales anticíclicas, la Argentina lo utilizó para recuperar rápidamente los niveles de producto previos a la crisis y crecer aceleradamente mediante el aliento de la demanda agregada, aún a costa de sacrificar, eventualmente, crecimiento futuro, dado el mix consumo-inversión elegido. Dicho de otra manera, ante este benéfico shock externo, el presidente Kirchner y su equipo (¿empujados por la sociedad?) eligieron cerrar rápidamente la brecha entre el producto potencial y el real que había dejado la crisis de fin de siglo, aún a costa de tasas de inversión que sólo permiten converger a la baja tendencia de crecimiento “natural” de la economía argentina de las últimas décadas. Tendencia que, en el largo plazo, no ha resultado extremadamente atractiva. Es cierto que el fuerte shock externo positivo que está viviendo la economía argentina en estos años podría inducir a pensar que el ritmo de crecimiento “natural” de la economía es ahora más elevado que en el pasado y que, por lo tanto con tasas de inversión algo menores, es posible crecer a tasas algo mayores.

 También es cierto que el cambio de precios relativos generado por un tipo de cambio real mucho más alto que en el pasado, puede ayudar a compensar déficits de productividad de esta economía por un tiempo. Pero no es menos cierto que la globalización ha introducido, también, algunos “shocks” negativos- a los que me referiré en un ratito-; y que la vocación de intervenir en el sistema de precios para separar los precios internacionales de los internos-como se comentara desde estas líneas la semana pasada- mediante retenciones y restricciones a la exportación, subsidios cruzados, etc.- ha reducido o moderado el efecto “benéfico” de los precios internacionales sobre las utilidades y la inversión local.

En otras palabras, el impulso por el lado de la demanda fue atendido por la alta capacidad ociosa y el alto desempleo que presentaba la economía argentina.

Junto a una moderada tasa de inversión. La suma de estos factores y de una rentabilidad extraordinaria, derivada de los buenos precios internacionales de nuestros exportables, de las bajas tasas de interés, y de la licuación inicial de deudas financieras y de salarios, permitieron elevadas tasas de crecimiento con altísimas tasas de rentabilidad. Pero llegados al cuasi pleno empleo de la capacidad instalada y de la mano de obra calificada, todo impulso a la demanda, en la medida que la oferta no acompañe, se traduce en “precios” y no en “cantidades”. Pero sucede que el gobierno al “intervenir” en el sistema de precios para tratar de alentar el ajuste por cantidades, y evitar mayores presiones sobre la tasa de inflación, lo único que logra, al bajar la tasa de rentabilidad de las empresas, es el efecto contrario. Desalienta la inversión y el aumento de la oferta en el largo plazo, e incrementa las presiones inflacionarias en el corto, dando lugar a un círculo vicioso de mayor demanda, mayor presión sobre los precios, más intervenciones, menor estímulo a la oferta en el largo plazo, mayor presión sobre los precios, etc.

Como comenté más de una vez –disculpen que sea reiterativo, pero si el escenario no cambia, no pida originalidades-, las utilidades extraordinarias permitieron compensar el clima “antinegocios” que predominó estos años en la economía argentina. Como pasa siempre, a mayor riesgo, mayor utilidad esperada.

Sin embargo, sin modificar el “clima”, por el contrario, en muchos casos agravándolo, por la política de precios, el aislamiento internacional, las diatribas contra el capital extranjero, incluyendo las maniobras recientes en torno a Sancor, etc, la tasa de rentabilidad está cayendo fuertemente. Es decir, ni ganancias extraordinarias, ni clima de negocios favorable. ¿Y porque sucede esto?.

Básicamente, porque el objetivo político del gobierno, muy loable por cierto, es recuperar salarios y la participación de estos en el ingreso, después de los años de licuación.

Y ahora sí puedo sumar el shock externo negativo derivado del efecto China, sobre el precio relativo del trabajo, respecto del capital.

En efecto, el problema es que el salario en dólares, para todos los productos industriales mano de obra intensivos, tiene un techo en el salario chino en dólares, más los aranceles y / o cuotas de importación, más los costos de fletes, más o menos el diferencial de costos de insumos, menos el diferencial del efecto volumen que es muy superior en China.

Dicho de otra manera, los salarios industriales en dólares, tienen un límite en su recuperación que es el que permite, para todos los productos mano de obra intensivos, no sobrepasar el costo de la mano de obra en China, corregido por el costo del resto de los insumos, más aranceles, más flete. A partir de ese punto, se hace más barato importar que producir localmente. El gobierno ha intentado, al mantener baratos los costos de la energía y, retenciones y restricciones mediante, frenar la suba del precio de los alimentos, compensar los aumentos salariales masivos otorgados para impulsar la demanda y mantener popularidad y votos. Pero con el tipo de cambio nominal más o menos fijo, por el sobrante de dólares comerciales derivados del “shock externo positivo de los precios” y del sobrante de dólares financieros derivados del “shock externo positivo de la alta liquidez y las bajas tasas de interés”, estos intentos están llegando al límite. Más, cuando, cerca del pleno empleo, y con menor rentabilidad, los estímulos a la demanda agregada se traducen en presiones sobre los precios y las importaciones –que no se traducen en menores precios al consumidor, en general, porque tratan de compensar la baja en la rentabilidad de la producción local- y no sobre mayor producción. Encima, el panorama se completa con incrementos de la presión fiscal de Nación y Provincias que, como también necesitan recuperar salarios y jubilaciones-su principal fuente de gastos- le trasladan obviamente, el problema al sector privado, reduciendo aún más la rentabilidad potencial.

Está claro que esto afecta, sobre todo a los productores de bienes de trabajo intensivos y mucho menos a los que tienen poca incidencia del salario en sus costos o a los proveedores de servicios privados que no tienen competencia “china”. (No puedo “importar” educación, ni peluquería, ni servicios de salud, ni otro tipo de servicios, de China). Pero como la lógica de la negociación salarial, en la Argentina, termina no distinguiendo entre sectores o regiones, la presión sobre las industrias trabajo intensivas es cada vez mayor.

Y en medio de esta trampa estamos. Por un lado shocks externos positivos que permitieron y todavía permiten, altas tasas de crecimiento con relativamente baja inversión, aunque convergiendo, por llegar al pleno empleo de capital y trabajo, a tasas naturales sustancialmente más bajas. Por el otro, shocks externos negativos, derivados del precio internacional del trabajo y de la altísima productividad del resto del mundo, en comparación con la Argentina y “su costo”. Y todo esto, agravado por una política interna que, por acelerar la demanda y distorsionar el sistema de precios, acerca el punto de conflicto todavía más.

¿Se puede salir de esta trampa?. Sí, pero sacrificando alguno de los objetivos que no pueden sostenerse simultáneamente. ¿Está dispuesto el gobierno e, insisto, la sociedad argentina a renunciar a alguno de sus anhelos incompatibles de corto plazo para hacer posible una salida no traumática del problema en el largo?. Lo dudo.

¿Y entonces?. Entonces, por ahora, por ahora, seguimos profundizando el dilema, sin costos macro de corto plazo, pero con costos micro crecientes con los que, desde el punto de vista del management, habrá que convivir. No desespere, por ahora, el volumen ayuda.

La del estribo: El juego del Banelco

Con todo el cariño y respeto que les tengo a mis amigos banqueros, me permito recordarles que, en los últimos tiempos, una parte importante de sus ingresos se derivan de los servicios bancario y no, precisamente, de la función de intermediación del crédito. Cuestión que, por otra parte, no me parece mal, ni mucho menos. Pero sucede que, si uno paga por un servicio tiene la mala costumbre de pretender que el servicio le sea prestado. Lamentablemente, en los últimos tiempos y, nobleza obliga, en mi experiencia personal, con la notable excepción del Banco Patagonia, se hace cada vez más difícil retirar fondos-los nuestros, obviamente- de los cajeros automáticos, y mucho menos los fines de semana, o los fines de semana largo, en los que se deambula por el barrio, en la vana búsqueda de una máquina que no esté “fuera de servicio”, o que “no pueda realizar” la operación solicitada.

Si el costo que se carga por el servicio de poder retirar efectivo de los cajeros es bajo, estoy seguro que una buena cantidad de clientes estaría dispuesto a pagar un diferencial para tener una tarjeta que sí permita extraer dinero del mismo, cuando lo necesita.


Por ahora, dicha tarea se ha convertido en una especie de búsqueda del tesoro, en dónde cuando, finalmente, accedemos a un equipo que “milagrosamente” ofrece la posibilidad de retirar dinero, logramos ganar un premio que consiste en obtener, agradecidos, dinero en efectivo, nuestro dinero, claro.

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