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Adivine usted en qué pienso cuando pienso en Trump

martes 27 de septiembre de 2016, 07:55h

Puede que no sea el día, porque por aquí están pasando tantas cosas, pero me gustaría hablarle hoy del inminente debate Trump-Clinton. Un debate 'a la americana', sin demasiados vetos ni líneas rojas -cualquiera se las coloca al salvaje republicano-, en el que uno de los dos sabe que, si pierde, ha de marcharse. Si se equivoca, le espera el silencio del adiós perpetuo. Es la grandeza y la miseria de la política entendida en su estado puro: si pierdes, te vas. Si te equivocas, no hay ya remedio, porque ha sido un largo error en el tiempo.

Trump, que a mi entender es una desgracia ambulante, se ha impuesto a su propio partido, donde muy pocos le quieren, porque saben que una formación con la historia del republicanismo no puede acoger a tan estrafalario personaje. Pero ciertamente se ha impuesto a sus débiles rivales. Trump se refugia en sus 'principios', que atentan a la lógica, al sentido común, a la táctica, a la estrategia y a la inteligencia: puede que algunos electores se lo merezcan, pero, no desde luego, todos. Ni los más.

Y, al final, se demuestra que quienes ganan por la mayoría suficiente, escasamente contestados -sí, claro, estoy pensando, en este cuarto de hora, en Galicia y en Euskadi-, son los que hacen algo por su ciudadanía, más allá de andarse todo el día con enredos, juegos políticos y practicando divisiones entre 'las derechas' y 'las izquierdas'. Trump perderá el debate frente a Hillary porque es peor polemista, porque ella es mucho más inteligente, porque el suyo, el de Trump, es el sector de los exaltados y de los más incultos, de esa 'América profunda' de asociaciones del rifle y de rezos hipócritas antes de los rodeos. Esa América existe, el populismo existe como apelación a los instintos más primarios de una sociedad que, faltaría más, también se mueve a través de las ideas más básicas. Apelando a Pompidou, diríamos que la pereza, la incultura, el desprecio a los otros, el dividir el mundo en buenos y malos son también, ay, elementos motores de la Humanidad.

Pero esos instintos, esas ideas -por llamarlas de alguna manera-, nunca funcionan a la hora de la verdad. Trump es un exaltado incapaz de diálogo, un tipo estrafalario que ha perdido el más mínimo rastro de sentido del humor. Alguien a quien, si pudiesen, los más conscientes del Partido Republicano harían picadillo, le aplastarían con el símbolo del elefante, que es animal mucho más cauto que quien ahora representa ese símbolo en la contienda electoral.

Hillary tiene, sin duda, muchos puntos flacos. Pero, al lado de Trump, representa el progresismo, un sentido cosmopolita y culto de la vida. Y no se aferra a ideas preconcebidas. Ganará el debate y ganará, anímese usted, las elecciones: tiene mejor carácter. América no se merece el esperpento. Nosotros, por cierto, tampoco. Y seguro que usted sabe ya en qué (o en quién) estoy pensando cuando digo todo esto, aunque líbreme Dios de parangonar al enloquecido candidato con alguna de nuestras especies políticas autóctonas; nada que ver, ni para lo poco bueno ni, sobre todo, para lo malo. Anímese: trasnoche y vea el debate, comprueba cómo se hace política allí donde de veras se hace política, que es oficio implacable y sangriento, pero digno y, teóricamente -por aquí, y por allá, no tanto a veces, sabio.
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