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Trump: más popular que populista

jueves 10 de noviembre de 2016, 11:02h
El triunfo de Donald Trump ha desconcertado a comentaristas y politólogos de estilo europeo, empecinados en una visión parcial y desconocedora del patriotismo y la independencia del pueblo norteamericano. Cierto antiamericanismo visceral les lleva siempre a tomar partido por lo peor para USA presuponiendo que la decadencia de USA será favorable para las débiles democracias de este lado del Atlántico. Por ello mostraron sus preferencias abrumadoras por Hillary Clinton sin tener en cuenta que esta señora era una simple emanación continuista del binomio Clinton-Obama, dos presidentes que no pasarán a la historia como brillantes estadistas que hayan aportado nada positivo ni a su país ni al resto del mundo libre. Aquellos comentaristas y politólogos trataron de caricaturizar a Trump por su tosquedad, debida a no haber sido pulido previamente por la diplomacia o el disimulo del ejercicio político pero se olvidaron que, frente a Trump, había una rival sin empatía que solo alardeaba de una experiencia previa que más sirvió para malearla que para enaltecerla.


La clave en que basaron el menosprecio a Trump se ha fundado en considerarlo un intruso populista a la manera de aquellos que pululan por los aledaños de la política europea, más descompuesta que la americana. Estos populistas de por acá son inventores de nuevos partidos confusos y rompedores del equilibrio alternativo entre izquierda y derecha de las fuerzas clásicas en Europa. Se sitúan estos populistas, en una extrema derecha, a veces grotesca y otra xenófoba, con intenciones antisistemáticas y “escraches” callejeros. En el caso del pintoresco galimatías de Podemos, encubren un neocomunismo de bajo nivel, infiltrado por una estrategia de fanáticos tercermundistas. No tienen nada que ver estos intentos antiliberales y antisistemáticos con el proceso que llevó a Trump a la victoria en el nombre del Partido Republicano frente al Demócrata dentro del esquema no repudiado del bipartidismo norteamericano.

Es cierto que la irrupción de Trump, saltándose los escrúpulos de algunos dirigentes de su propio partido, dieron una impresión de renovación o recambio de la rutina del aparato partidario, pero sin salirse del esquema. Nunca se oyó en boca de Trump el menor atisbo de conculcar la Constitución, ni de deshacerse de los controles del poder que supone una justicia independiente, ni renunciar al condicionamiento parlamentario que, sin duda, le impondrá su propio partido en el Congreso y el Senado donde va a disfrutar de mayorías evidentes pero con capacidad crítica y no sometidas a disciplina de grupo.

El famoso populismo se ha basado, según pretenden, en un supuesto racismo blanco. Pero nunca se refirió Trump al color de sus votantes. Han sido sus oponentes los que han pretendido poner en juego razones sexistas o racistas contra su candidatura. El voto femenino, por la sola razón de pretender identificarlo con el sexo de su rival. El voto afroamericano por la sola razón del color de Obama. El voto hispano contra la pretensión de Trump de poner orden en la caótica frontera de Méjico, lo que no significa oponerse a la emigración legal sino a un auténtico asalto a los límites nacionales. Que estos señuelos no surtieron efecto puede comprobarse en los resultados de los distintos Estados de la Unión, donde votaron a Trump muchos de los que anteriormente votaron a Obama.

Hace falta mucha hipocresía para mencionar la emigración ilegal en la Europa que arrincona a los refugiados en Turquía y cuyos buques de guerra patrullan el Mediterráneo no solo para labores humanitarias de salvamento de vidas en peligro sino para impedir el tráfico humano organizado por las mafias norteafricanas. No parece que hasta la propia España, soportando avalanchas en las alambradas de Ceuta y Melilla, pueda escandalizarse de que en Estados Unidos se desee que quien quiera entrar tenga que hacerlo civilizadamente por la puerta.

El presidente Obama, que ha creado un clima de guerra fría en Europa por sus malas relaciones con Putin, y que ha organizado retiradas inoportunas en Afganistán e Irak que están costando sangre rectificar, no parecía el más indicado, a pesar de su gratuito premio Nobel de la Paz, para atribuir a Trump peligros para la seguridad porque pretenda recuperar para su país la respetabilidad de potencia efectiva en beneficio de la libertad de los pueblos frente al terrorismo, contando con el esfuerzo de cada uno de ellos y no limitándose a ejercer un protectorado vergonzante.

El éxito de Trump, a pesar de su inexperiencia, que ya le corregirá el notable equipo que le rodeará según todos los indicios y con su orgullo de yanqui de familia emigrante integrada naturalmente dentro del mosaico pluriracial americano, no es un fenómeno populista. Se trata de un fenómeno popular de estilo netamente americano, capaz de regenerar desde dentro la aburrida rutina de los “apparatchiks” que estaba corroyendo el interior de los grandes partidos que renqueaban sin nuevas ilusiones. Algo que quisieran para sí los grandes partidos europeos que afrontan, en nuestros días, los desafíos de las demagogias populistas.
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