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Demografía y demopolítica

viernes 03 de febrero de 2017, 10:50h

La decadente demografía de España es su mayor problema de fondo, mucho más grave que cualquier crisis coyuntural. Hacerle frente creando un comisionado para estudiarlo y redactar una estrategia ante el envejecimiento de la población y su impacto en las pensiones, como ha anunciado Rajoy, es la típica decisión de no hacer nada. La célebre frase que dice que si no quieres afrontar un problema crea una comisión se cumple con toda su carga irónica. Pero, además, está el tópico de tomar el rábano por las hojas.

El problema no es que la población envejezca, que es una circunstancia positiva de la prolongación de la esperanza de vida. También que, como consecuencia, sean más difíciles de financiar las pensiones. El problema es una natalidad descendente que origina ambos desequilibrios. Esa natalidad decadente es un síntoma de agotamiento vital que tiende a extinguir la propia existencia de España como personalidad histórica colectiva. Es decir, la desaparición gradual de los españoles como habitantes capaces de identificar y defender su propio territorio.

Si nuestros antepasados hubiesen planteado su vida con una mentalidad tan mezquina como las actuales generaciones, una nación mucho más pobre no hubiese sido capaz de recuperarse venciendo derrotas, enfermedades y enfrentamientos internos. La voluntad de sobreponerse existió como reacción natural vigorosa en tiempos mucho más difíciles. La baja natalidad actual no se justifica por los obstáculos que dificultan un estándar de vida que, en el peor de los casos, se desarrolla en condiciones mucho mejores que en el pasado. No estamos ante las consecuencias lógicas de una economía con baches, sino ante un cuadro depresivo de características suicidas. Un puro presentismo que no garantiza las pensiones y extiende el drama de la soledad de las personas sin familia en una sociedad desalmada.

La actual población española de en torno a cuarenta y cinco millones de habitantes creció sobre unos antecedentes de despoblación, como consecuencia de guerras y emigraciones, que fueron vencidos por una voluntad de permanencia y resurgimiento que, como sentimiento instintivo, se mantuvo en el alma colectiva de España como pueblo. No hay que olvidar que, en nuestra más reciente historia, aquella España de veinticuatro millones de habitantes que algunos conocimos, comenzó a crecer tras las dramáticas circunstancias de la Guerra Civil y del desolador ambiente europeo de la II Guerra Mundial. Cabe, por tanto, preguntarse ¿Cómo es posible que España duplicase su población a partir de aquellas penosas situaciones? No eran más favorables las circunstancias pero era más vigoroso el ánimo de supervivencia y la esperanza en un mañana mejor. Si observamos la tendencia con una visión de más cercana actualidad, veremos cómo hasta el año 2012 se fue manteniendo un mortecino índice de crecimiento de la población y fue, según el Instituto Nacional de Estadística cuando el descenso se acusó con un negativo 0,19% que, en el verano de aquel mismo año era ya de un 0,37%, para iniciar 2014 con un 0,46% de descenso. En los años 14, 15 y 16 de este siglo el descenso se moderó algo hasta aproximarse a un peligroso nivel estático, más explicable por la prolongación de las vidas que por la fertilidad ¿Qué ha sucedido?

Es cierto que, en años anteriores a 2011 el descenso real de la población nativa estuvo compensado o disfrazado por el flujo de la emigración. No debemos contemplar el fenómeno inmigratorio como algo ajeno a la propia vitalidad nacional. La atracción hacia España de los emigrantes y, muy preferentemente, el efecto recuperativo de población de nuestra habla, apellidos y costumbres como una providencial contrapartida al esfuerzo histórico español de antaño en sentido contrario, es un fenómeno identificable con la vitalidad del proyecto de vida europeo de los españoles. El que esta corriente disminuyese forma parte del mismo diagnóstico que el descenso de la natalidad en sí mismo: el menor atractivo del país como sociedad de acogida.

Algo tendrá que ver con la sensación de suicidio demográfico la predicación de políticas destructivas del entramado familiar y de los esquemas naturales de relaciones fértiles como bienes deseables. Esa falsa idea de la felicidad individual irresponsable e inestable del falso progresismo que parece buscar estéticamente la anulación de los caracteres de identificación sexual, confundiendo la igualdad equitativa con la consagración de un artificioso “unisex”. También es cierto que ha bastado una tenue moderación del famoso progresismo oficial para que los síntomas de corrección se insinúen levemente en un descenso del índice de decadencia. Es posible que, hoy en día, pronosticar un comisionado para hacer frente al problema no sea nada más que un poco de retórica pero, cuando menos, significa no mostrarnos entusiasmados y resignados con el antinatalismo. Es curioso que solo cuatro años de menor presión “progresista” en la cumbre invierta la tendencia y provoque los primeros síntomas de una ligera corrección.

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