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Calmar la educación

lunes 24 de septiembre de 2018, 11:02h

** Autor: Alfonso González Hermoso de Mendoza

Cuanto menos cree una sociedad en sí misma, más encuentra en la educación el chivo expiatorio para sus desdichas; más busca en la educación la respuesta a las preguntas que es incapaz de formular. Su falta de confianza hace que ante los conflictos someta a su sistema educativo a ordalías en las que su estéril e inevitable condena les devuelve a la resignación, cuando no a la complacencia.

España en las últimas décadas ha generado una sociedad razonablemente educada y educadora, (junto con Corea del Sur, la nación que más ha mejorado de la OCDE en los últimos 50 años). Goza de un muy digno sistema educativo que ha sido capaz de evolucionar para atender con solvencia y eficiencia retos de la envergadura de la democratización del acceso a la educación, la asunción de los derechos humanos en la convivencia, la incorporación a Europa o la integración de la inmigración. Es cierto que con la importante grieta del abandono escolar, en especial en momentos de bonanza económica.

Aun así, más allá de inevitables diferencias en un tema tan ideológico como es la educación, el debate educativo en España con frecuencia nos remite a un melancólico, cuando no simplemente descreído, enfrentamiento sobre intereses que apenas tienen que ver ni con el aprendizaje, ni con los niños y jóvenes. La ocupación del espacio público por esta “Wrestling” es muy difícil de compatibilizar con la construcción de un discurso educativo compartido.

La falta de un proyecto educativo nacional que dé respuesta a los cambios sociales, económicos y culturales de las últimas décadas supone una grave amenaza para la sostenibilidad del ya cuestionado Estado de bienestar. Con muchas probabilidades, una de las primeras víctimas de esta crisis sería el sistema educativo escolar, tal y como lo entendemos actualmente. La paradoja de una educación formal incapaz de generar el aprendizaje socialmente necesario, dispara su vulnerabilidad frente a las amenazas sistémicas y globales que sufre.

Las muestras de que el sistema está fatigado, que de hecho amenaza con romperse, son cada vez más perceptibles. Puede que, como señala José Mújica, Expresidente de Uruguay, su situación no sea excepcional; “La educación está en crisis, como tantas otras cosas, no encaja demasiado con las exigencias del hombre contemporáneo”. Muchas instituciones que creíamos consolidadas, y que considerábamos consustanciales a los derechos civiles están siendo cuestionadas, incluso en países de amplia tradición democrática. Para aquellos que se sienten protegidos por sus utopías neoliberales ante las amenazas de inestabilidad social, es sencillo repetir con Mark Elliot Zuckerberg, fundador de Facebook, “Muévete rápido y rompe cosas”. Ahora bien, la repercusión de una posible desescolarización en la inevitable tarea de educar, nos debería invitar a una reflexión pausada.

Es cierto que pese a la ausencia de un marco legal adecuado hay muchos centros y organizaciones que ya viven en la reflexión para la transformación. Recientemente, Alfredo Hernando señalaba las contradicciones de este proceso: “En España estamos asistiendo a una primavera de innovación educativa. Un florecer, inimaginable hace 10 años, de experiencias de innovación. Y es muy paradójico porque estas experiencias están protagonizadas por los docentes, no por las administraciones públicas. Son los profesores los que están empujando y arrastrando con sus ganas y con su trabajo. Pero hacen falta las instituciones“. Las posibilidades de una respuesta autónoma de los centros y de los profesionales, al margen de un marco institucional adecuado, se están agotando.

Además, debe ser una prioridad neutralizar la brecha educativa a la que nos podría llevar un sistema de dos velocidades; una, la de alumnos simplemente escolarizados diez o quince años, y otra la de aquellos que, pasados los años de educación inicial, aprenden las competencias para ser ciudadanos de pleno derecho en la sociedad del aprendizaje en que vivimos. Evitar esta división demanda aunar el esfuerzo de los profesionales, aplicar pedagogía con las familias e incorporar más recursos públicos pero, antes de nada, conseguir la calma necesaria para generar confianza en un relato educativo compartido.

El primer ámbito educativo en el que se refleja el cambio social es en su relación con las familias. La falta de una narrativa que dé sentido a la educación tiende a quebrar la confianza de las familias en la educación. El anhelo de promoción social y de desarrollo personal a través de la educación formal se esfuma según esta se aleja de la realidad. La reacción a este problema, que lidera las reformas educativas de los países desarrollados, es todavía más importante en sistemas con escasa tradición en la universalización de la educación. La OCDE en el Education at a glance de 2018 nos avisa de que "no existe movilidad intergeneracional ascendente en el nivel educativo alcanzado para el 55% de los hijos de padres con un bajo nivel educativo que tampoco han obtenido una educación secundaria superior".

Como señala Montserrat del Pozo, responsable de las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, las demandas sociales están cambiando: “Las familias necesitan comprender que hoy un estudiante que sea competitivo, que sea individualista, que sólo vaya a sacar buenas notas, no tiene futuro”. Estos cambios afectarán a todos los alumnos, como indica Jim Knight, Exministro de Educación Británico: “Cada vez será más difícil llevar una vida digna para la gente que no posee niveles altos de pensamiento creativo, de habilidades emocionales, de resiliencia y confianza en uno mismo, capacidades para el aprendizaje constante y para ser autodidacta.”

El credencialismo que legitimaba tradicionalmente la fe y el esfuerzo de las familias en la educación formal está siendo cuestionado por el mercado laboral y, por ende, como vía de promoción social. Las consecuencias de la afirmación de Marc Prensky, “Lo que llamamos formación académica es en realidad formación profesional para académicos”, que pudieran parecer triviales en el siglo XX, merecen una profunda reflexión para no frustrar las expectativas familiares y personales. La escuela necesita calma para repensarse y poder seguir siendo el principal apoyo educativo de las familias en el siglo XXI.

Pero, sin duda, las prioridades para calmar la educación son las que surgen de los protagonistas del sistema: los alumnos. El desapego de los jóvenes hacia la educación formal avanza en la misma medida en que lo hace la distancia entre lo que sucede en el aula y en su vida real (analógica y digital). Cada vez más nos encontramos a jóvenes que permanecen en la escuela sin terminar de comprender el sentido de lo que allí les sucede. Alumnos que viven la educación entre el estrés familiar (en aquellos entornos con valores culturales cercanos a los de la educación formal), para que “no se retrasen” y que saquen las mejores calificaciones (cuya máxima manifestación es el entrenamiento para la temida, e inútil educativamente, selectividad), y la sensación de pérdida de tiempo propiciada por promesas inviables, currículos disparatados, metodologías pasivas y aprendizajes repetitivos.

La educación es una ocasión única, para todos los alumnos, cada persona que la pierde es una tragedia social y personal; pero muy especialmente para los más vulnerables, porque como señala Carmen Pellicer, Presidenta de la Fundación Trilema, “la educación es la oportunidad para aquellos que no tienen una familia que les educa para elegir un futuro distinto al que están determinados por el lugar en donde nacen”.

Alfonso González Hermoso de Mendoza
Presidente de la Asociación Educación Abierta

Este artículo forma parte del libro “Calmar la educación. Palabras para la acción” en que se recogen ciento treinta miradas al sistema educativo; cientos de propuestas y argumentos para fomentar un debate desde la sociedad sobre la educación.

Su presentación se celebrará el próximo 15 de octubre en el auditorio de la Fundación Giner de los Ríos (Paseo del General Martínez Campos, 14, 28010 Madrid) de 19:00 a 21:00. Puedes inscribirte y confirmar asistencia (hasta completar aforo) pinchando aquí

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