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Los debates en televisión no decidieron tanto

miércoles 24 de abril de 2019, 07:45h

Más allá del esfuerzo de las cadenas de televisión (TVE y Antena 3) por arrimar el ascua a su sardina, proclamando que el debate en su casa era “el decisivo”, lo cierto es que los debates televisivos de estos dos días no han modificado radicalmente el cuadro de la intención de voto previamente existente. Eso no quiere decir que no lo hayan cambiado en absoluto, es cierto que ha habido modificaciones, pero non troppo fanaticas. Puede afirmarse que todavía no hay mucho decidido respecto de los resultados finales de las elecciones del próximo domingo.

Probablemente, una razón de que ello sea así es que en ambos debates no aparece un claro ganador. Ojo, advertencia a los lectores, desconfíen de lo que dicen los periódicos de mayor tirada, porque el escenario se ha calentado y la objetividad profesional (al menos vocacional) parece haberse esfumado por completo. Si leen el diario El País ha ganado Pedro Sánchez, no abrumadoramente, pero sí relativamente. Una lectura más suave pero en el mismo sentido hace La Vanguardia de Barcelona. Pero si leen ABC y La Razón el ganador es sin duda Pablo Casado. Y si leen El Mundo es Albert Rivera. Lo cierto es que en las encuestas internas de los diarios, el único que destacaba en el primer debate era Rivera, pero en el segundo ya se emparejaba con Sánchez y Casado.

En otras palabras, nadie ganó porque ganaron todos un poco. Pedro Sánchez, cuya estrategia de campaña consistía en exponerse lo menos posible (por eso provocó el escándalo en RTVE), fue a los debates a la defensiva, sobre todo en el primero, y logro acabarlo sin besar la lona. Incluso en el segundo debate se permitió pasar a la ofensiva de vez en cuando. Pero el que no saliera noqueado de los debates es un buen resultado para el candidato que va por delante en las encuestas.

Pablo Casado se equivocó de táctica en el primer debate. Se compró el mensaje envenenado de Sánchez de que debería ser un debate de guante blanco y cambió el tono agresivo de su campaña por una moderación impostada, que, a la postre, le saco parcialmente del escenario. Rectificó en el segundo debate, pero no consiguió su doble propósito: arrinconar a Sánchez al tiempo que demostraba su hegemonía frente a Rivera.

Pablo Iglesias no voló como hubiera querido en el primer debate, en su intento por demostrar que no se puede esgrimir parcialmente la Constitución. El problema que tiene Iglesias con ese recurso a la Constitución es que pierde el envite a la mayor: la hemeroteca muestra que hace solo dos años consideraba esa misma carta magna como un producto del “candado de la transición”. No se puede rechazar el conjunto de la Constitución para poco después declamar sus artículos. Al menos no suena genuino. En el segundo debate, complementó esa perspectiva con un reclamo acerca de la necesidad de moderar las formas y de tener sentido de Estado. Increíble. Lo dicho, su mayor enemigo es la hemeroteca.

Albert Rivera fue el único que parecía alzarse con la victoria dialéctica en el primer debate, al menos así no indicaban varios medios, y, sobre todo, las encuestas internas de los diarios. Además, el recibimiento que tuvo cuando regresó a su sede partidaria fue casi apoteósico. Podría decirse que era el candidato que llegaba al segundo debate con el mayor rédito adquirido en el primero. Pero en esta segunda ocasión no consiguió sobresalir tanto. Pese a sus golpes de efecto, el combate que lanzó en dos frentes (Sánchez y Casado), ante contendientes que esta vez le devolvían las andanadas, no le resultó tan rentable. Pese a todo, no sería exagerado sostener que Rivera consiguió un propósito importante: atraer en alguna proporción el ancho campo de indecisos que afecta su cauce electoral. Hay que recordar que Ciudadanos presenta la mayor cantidad de indecisos (cerca de la mitad de sus votantes potenciales).

El hecho de que no hubiera un claro ganador en los debates se sumó al tono bronco del segundo (donde todos se acusaron de mentirosos), para que el desconcierto de muchos indecisos se mantuviera. De hecho, en los sondeos de última hora del lunes, se indicaba que la proporción de indecisos había descendido, pero sólo del 42% al 33%; es decir, que todavía un tercio del electorado seguiría indeciso. Lo cierto, como ya se ha dicho, es que ese universo de indecisos contiene mucho voto oculto y mentiroso. Una proporción apreciable de los encuestados simplemente no quiere decir cuando le preguntan por quién tiene pensado votar. Incluso se aprecia que algunos tienen una respuesta distinta según intuyan la orientación política del encuestador.

En definitiva, las horquillas de diputados posibles a ganar para el conjunto de los partidos más importantes son suficientemente amplias para que pueda suceder cualquier resultado final. Desde luego, a ello contribuye el imprevisible cauce electoral de VOX, que sólo tiene asegurada su presencia en el Congreso, pero sin que pueda asegurarse la dimensión de su grupo parlamentario. En términos de probabilidades parece que la alianza entre PSOE y Podemos, apoyada por nacionalistas, podría tener más diputados que la compuesta por PP y Ciudadanos, apoyada por VOX. Pero hay veces que el cálculo de probabilidades ignora los sutiles movimientos que se producen en el subsuelo.

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