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El peligro para la democracia no es la queja

viernes 05 de julio de 2019, 19:00h

Me ha producido bastante satisfacción el artículo de José Andrés Rojo publicado en el diario El País (5/07/19) sobre los peligros que enfrenta la democracia española en esta coyuntura. Coincido plenamente en su diagnóstico situacional, aunque creo que yerra en cuanto a la amenaza principal. Me explico.

Rojo pone el dedo en la llaga cuando muestra descarnadamente la contradicción existente en el seno de la sociedad española. Por un lado, “una de las consideraciones más frecuentes que se hacen estos días viene a decir que si el Parlamento ha resultado tan fragmentado después de las elecciones del 26 de mayo es porque el mensaje de los ciudadanos ha sido inequívoco: pacten, se supone que les han dicho a los políticos, busquen acuerdos, establezcan prioridades, gobiernen con altura de miras”.

Pero por el otro lado existe un poderoso rumor contrario. Dice Rojo: “Basta asomarse a las redes sociales para observar que ahí las exigencias de los ciudadanos van por otro lado. En lo que insisten, más bien, es en que no lo hagan de ninguna manera, que ni se les ocurra tratar con estos y, menos, con aquellos. Y añade que el ambiente es más bien de “un escrupuloso control que se ha puesto en marcha para que ninguno vaya a pasarse un pelo. No queremos traidores, de eso va el mensaje que se les hace llegar de forma fulminante: atiendan a nuestras quejas, cumplan lo prometido. Y concluye que parece imponerse la lógica de “que ganen los míos, los otros son la peste. Hay algunos que consideran que cuanto mayor sea su firmeza, mejor futuro tendrán”.

Puede parecer mentira, pero este cuadro es tremendamente similar al que aparece cuando se revisan las actitudes políticas en la II República: una parte del país pidiendo el acuerdo nacional y otra decidida a rechazar de plano al oponente. Afortunadamente, ni las dificultades socioeconómicas son tan graves, ni se admite ya el uso de las pistolas para imponerse como entonces. Pero en el plano de la mera cultura política pareciera que apenas hemos avanzado.

Hasta aquí mi acuerdo con las tesis de José Andrés Rojo. Donde no comparto su diagnóstico es respecto de las causas. Rojo considera que la base del comportamiento sectario está en la importancia de la queja. Recurre a Nietzsche para señalar que en toda queja reside una pequeña dosis letal de venganza y que “en estas sociedades cada vez más desiguales, y donde la mala condición de la mayoría es cada vez más la norma, y menos la excepción, empieza a ser cada vez más habitual utilizar la queja como argumento, como justificación, como programa. El otro es siempre el culpable de nuestro malestar”.

Pero en esta proposición hay un salto lógico. Cabe preguntar: ¿no puede darse la queja sin culpar al otro directamente? Creo que uno puede quejarse de una situación dada y tener dos opciones: considerar al otro como inmediatamente culpable o bien como aliado para enfrentar esa situación. El problema de la sociedad española es que predomina la actitud de buscar culpables de inmediato. A lo que hay que agregar la idea de que si se atribuye al otro algún grado de culpabilidad automáticamente se le descalifica para cualquier tipo de acuerdo.

En otras democracias, incluso si una fuerza política considera que otra fuerza es culpable de una determinada crisis, no se excluye por principio un acuerdo con ella para evitar la profundización de la crisis. No en España. Aquí se valora más el numantinismo. Se ha formado a través de los tiempos una cultura cívica que exige el castigo por encima de cualquier otra consideración, incluso si ello conlleva el mal para todos. Eso es lo que está realmente detrás de estas demostraciones de sectarismo y bandería que aparecen en las redes sociales ante el actual contexto político.

Por eso hay que darle tanta importancia a la manera de hacer política que presentan las fuerzas políticas. Es cierto que hay un sustrato profundo que debe resolverse en el plano cívico general y que necesita tratarse desde el sistema educativo. Pero las fuerzas políticas pueden, con su comportamiento, contribuir a disolver las actitudes sectarias o bien a fortalecerlas.

Por eso soy tan crítico con las maneras y las tácticas autorreferentes de Pedro Sánchez y con el enrocamiento sectario del que se ufana últimamente Albert Rivera. Cierto, ambos son culpables de muchas cosas, pero en medio de otra cultura política hace tiempo que no hubieran tenido otro remedio que entenderse.

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