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El triprogresismo

martes 24 de septiembre de 2019, 10:49h

En el antiguo semanario humorístico “La Codorniz” tenía su espacio el repelente niño Vicente. En la actual política española va a tener su espacio el inquietante niño Errejón. Es el camino hacia el triprogresismo creado por el gran vacío abierto por la enemistad viral entre Iglesias y Sánchez. Ya emplazadas las próximas elecciones no vale cavilar sobre lo que fue sino sobre lo que pasará. Los socialistas se lamentan de que su falsa victoria en las últimas elecciones no haya sido tenida en cuenta por unos u otros. Lo cierto es que Pedro Sánchez nunca obtuvo ninguna victoria personal sino el resultado de una moción de censura apoyada por el conjunto “Frankenstein” que, por su naturaleza constructiva, le obligaba a asumir la presidencia provisional y convocar elecciones en el plazo más breve posible. Pero sus intentos de lograr un triunfo concluyente se quedaron en ciento veintitrés escaños que exigían pactos para ser investido o para gobernar establemente. Pactos que no fue capaz de acordar con nadie.

La teoría de que el partido más votado, aunque esté muy lejos de una mayoría suficiente para gobernar, es el partido ganador pertenece al pasado. A una época en que el llamado bipartidismo imperfecto provocaba la primacía de uno de los grandes. Lamentablemente para el buen funcionamiento democrático este esquema se rompió el día en que una crisis de confianza facilitó la irrupción en la escena política de un pluripartidismo que, tanto a derecha como a izquierda, hizo racionalmente imposible una mayoría suficiente para gobernar con un partido único. Al menos a corto plazo. En esta nueva situación, el partido ganador no será simplemente el más votado sino el capaz de obtener una mayoría suficiente para gobernar mediante coaliciones, pactos o acuerdos de legislatura. El PSOE, en su versión sanchista, ha demostrado que es incapaz de coalicionar, pactar o acordar nada con nadie. Por ello, por mucho empeño que ponga Pedro Sánchez en disimularlo, su partido es un partido fracasado, con un candidato derrotado y responsable de que debamos ir a unas nuevas elecciones.

La historia comenzó con la fábula de la existencia de una mayoría que se calificaba de progresista sin que estuviese muy claro cuál era esa identidad colectiva plural salvo que se tratase de un sentimiento de odio a cualquier idea de moderación, centrismo o derechismo. Desde un principio “Podemos” fue declarado “socio preferente” y no siendo suficiente esta preferencia se metió en el mismo saco cualquier otro componente que ostentase algún escaño, fuese populista, separatista o anticonstitucional. Pero tan demagógica congregación no garantizaba la investidura de Sánchez si no se contaba con la imprescindible aportación de “Podemos” como cuarto grupo parlamentario. Como este desaguisado no se produjo, Sánchez culminó su fracaso lamentando que sus rivales a la derecha no le concediesen una “abstención técnica” para que gobernase él solito, sin ofrecer nada a cambio, ni tan siquiera unos compromisos de Estado firmados. Pedro Sánchez se consagró como un político fracasado, incompetente e incapaz de coordinar un conjunto de coincidencias para constituir una opción de gobierno medianamente estable ni con la izquierda ni con el centro ni con la derecha. Es decir, incompatible con todos aquellos españoles que no votaron a su partido, excepto Revilla de Cantabria y, acaso, Rufián en Cataluña. Algunas almas cándidas lamentan que no se hubiese producido una coalición o pacto con “Ciudadanos” como fórmula de centro-izquierda o social democracia pragmática. No se ha producido porque jamás estuvo en la mentalidad de Pedro Sánchez hacer una oferta o proponer una negociación hacia ese lado. Su línea, desde las pasadas elecciones, consistió en sonreír con agrado ante los fervorosos que le gritaban en la calle de Ferraz “¡Con Rivera no!”. Su fórmula era invariable e inflexible: un Gobierno de partido único que tampoco era la que los “progresistas” querían.

“El país –predicó Sánchez- se ve abocado a una repetición electoral el próximo diez de noviembre”. Mentía. El país no se ve abocado a una repetición electoral. Quien se ve abocado a una nueva confrontación electoral es el fracasado Pedro Sánchez, su política y su Gobierno. El país duerme más tranquilo, como el propio Sánchez, al saber que el socialismo no ha sido capaz de formar un Gobierno apoyado en todos los gérmenes destructivos del Estado constitucional español. Y que tampoco ha sido capaz de engañar a la derecha con el cuento de que él es la única alternativa posible. El cuento se basaba en que la derecha era tripartita lo que, si no se corrige o se coordina, es ciertamente muy grave. Pero nada demuestra que tal tripartito no sea capaz de coordinarse como personas educadas y no como fulleros encabronados como se puede ver prácticamente en Madrid, Andalucía, Castilla o Murcia. Lo único que está demostrado es la imposibilidad manifiesta de coalicionarse o concordarse el pluripartito heterogéneo al que Sánchez llama “progresista”, con sus múltiples cofradías populistas y separatistas. La posible aparición de una nueva unión de cofradías capitaneada por Íñigo Errejón acentuará la fragmentación “progresista” ya que, de prosperar el invento, será a costa de morder votos a Podemos y al PSOE creando un tercer espacio más dócil a Sánchez que a Iglesias, pero más de lo mismo. No parece que el becario populista vaya a morder a la derecha sino que provoque un “triprogresismo” mechado como la carne con listeriosis de venganzas traicioneras y odios personales que, por comparación, hacen parecer al plural centro-derecha como una auténtica selección deportiva nacional con vocación de equipo ganador. Todo depende de que cuaje el espíritu de equipo, cosa inalcanzable a la izquierda mientras siga de entrenador Pedro Sánchez.
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