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'Sarko' nos tiene hartos

"Sarko" nos tiene hartos

Dirá usted, a la vista de los encantos evidentes de Carla Bruni, que algunos comentarios, quizá este mismo, están dictados por la envidia. Y no. No del todo, al menos. Yo creo que la representación de los intereses públicos, depositada en el político, exige eso: más dedicación a lo público y menos ostentación de lo privado. El presidente francés se ha puesto el mundo por montera y ha decidido mostrarnos a su nueva novia, que es espléndida sin duda, no le hace ascos a exhibir a sus ricos amigos que le prestan el avión privado ni tampoco a  pasear su amor por los hoteles más lujosos del mundo. Y, dicho sea en último lugar, aunque no sea lo menos significativo, tampoco le causa empacho decir que sus vacaciones las pasa en el extranjero, en lugar de cooperar al consumo del turismo nacional.

Adolfo Suárez, que inauguró la moda presidencial de Doñana, me decía que las vacaciones de los políticos son siempre un problema. Lo han  tenido Felipe González, que llegó a subir a bordo del ‘Azor’, que era el yate de Franco y cuyo casco está ahora varado en un cerro próximo a Burgos, que no es precisamente capital marítima; tuvo críticas Aznar, con aquel chalet castellonense ‘prestado’ por un importante empresario del azulejo. Y los ha tenido Zapatero, que cosechó algunos ataques malintencionados con la reforma, con fondos estatales, de la finca canaria de La Mareta. Al propio Rey se le han censurado, veladamente, algunos episodios vacacionales.

Imagínense la que se hubiera armado aquí si un presidente del Gobierno se hubiese divorciado tan explosivamente para, al cabo de pocos meses, acabar en brazos de una modelo internacional cotizada, paseando entre las cámaras de los turistas por las calles de Luxor, allí hospedados en uno de los hoteles más escandalosamente caros que usted pueda imaginar.  Y, encima, con empresario amigo pagando facturas.

Que Nicolas Sarkozy puede hacer de su capa un sayo en su vida privada me parece evidente. No me cuento entre los mojigatos que exigen una falsa apariencia de monogamia y vida aburrida a los políticos: allá ellos. Lo que me molesta es la impudicia, que acabará imponiendo un modelo de europolítico saltimbanqui, jinete en corcel blanco y poderoso, que va de acá para allá liberando rehenes, saludando a dictadores que instalan sus jaimas casi frente al Elíseo y viajando a costa de los amigotes ricos -¿deben los políticos tener amigotes ricos?- con chica explosiva de la mano, para pasmo de viandantes.

No creo que este sea mi modelo de político, por mucho carisma populista que ‘Sarko’, sin duda el jefe de Estado a quien hemos visto más vestimentas horteras (Gadafi excluido, claro), vaya derrochando. Mi modelo de político, independientemente de las creencias e ideologías (‘Sarko’ tiene pocas), consume más horas de despacho que de avión, menos ratos haciendo cabriolas a caballo que resolviendo crisis con sindicalistas o corporaciones profesionales. Mi político ideal resulta menos jactancioso con algunos países en desarrollo y busca aumentar la cooperación con las naciones más pobres. No digo yo que nuestro activísimo vecino del norte carezca de virtudes políticas; siempre las tiene quien es más votado. Solamente afirmo que me da la impresión de que está a punto de derrumbarse de puro éxito.

Y ya digo que no es envidia, pero lo suyo con la señorita Bruni tiene todo el aspecto de ser un ‘affaire’ que acabará de manera explosiva, o sea más o menos como empezó. Y es que ‘Sarko’ antes muerto que sencillo.

 

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