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Ineptocracia

viernes 20 de marzo de 2020, 11:26h

En un libro titulado “HISTORIA DEL PODER” que presentó Abel Cádiz en las horas funestas en que España iba a sufrir el primer ataque del coronavirus, el autor citaba al filósofo francés Jean d’Omersson como inventor del término “ineptocracia” para denunciar el problema de quienes son democráticamente elegidos para dirigir sin estar preparados para funciones dirigentes. La elevación a la cumbre de figuras prefabricadas por vulgares métodos propagandísticos y sin experiencia de Gobierno provoca que ciertos personajes de carácter narcisista reúnan en sus equipos a gentes a su imagen y semejanza originando un bucle de ineptos en el poder que carcomen el prestigio de las instituciones públicas.

La demagogia populista convence a los electores con propuestas sencillas de difícil aplicación práctica, engatusando a la opinión popular y presentando al poder jurídico como resistencia elitista contra el progreso. Así los sistemas democráticos, una vez desequilibrados, derivan hacia dictaduras sin capacidad de transición o hacia Estados fallidos. Hace falta mucha capacidad de persuasión y mucho valor personal para oponerse con efectividad a estas peligrosas derivas. Hace muchas décadas que España parecía curada de inepetocracia en su grado extremo. Nuestro progreso era consecuencia de ello. Pero su sistema de selección de personal venía degradándose lentamente por la supeditación de las grandes tendencias políticas a los micronacionalismos palurdos y a la demagogia antisistema y, también, a las concesiones a unos y otras con el ingenuo intento de moderarlas con golosinas.

Un ocho de marzo un Gobierno dividido en causas pseudofeministas y ambiguas salió a la calle para exhibir su pérdida de capacidad de convocatoria en el peor momento, cuando ya llevaba anunciado el peligro de contaminación del coronavirus. Las parejas de presidente y vicepresidente infectadas por no adelantarse una norma de prevención sanitaria y ellos obligados a mantener cuarentena cuando China e Italia ya habían dado el aviso, demuestran sin lugar a dudas porqué “España es diferente”. En ningún otro país se dio el caso de que fuesen las parejas presidenciales y vicepresidenciales los primeros vehículos virales. Los comportamientos ineptocráticos quedaron consagrados una semana después, cuando el presidente anunció su propósito de establecer el estado de alarma treinta horas antes de decretarlo, olvidando la máxima elemental de que la alarma no se anticipa sino que se declara sin dar lugar a réplicas.

Afortunadamente el apoyo seguro de una oposición consciente permitió al presidente Sánchez enclaustrar a la población sin demasiado temor a sus coaligados y encargar a cuatro ministros libres de gérmenes demagógicos para dirigir las operaciones defensivas frente al coronavirus y la carcoma separatista. Se notó la eclipse de cualquiera de los cargos decorativos impuestos para pagar los votos de una investidura forzada y tampoco sirvieron inicialmente ninguno de los cuatro vicepresidentes designados para asistir con autoridad coordinadora a Pedro Sánchez. El Gobierno “bonito” murió del choque con la “realpolitik” impuesta por un virus. Son esos tremendos factores imprevistos los que hacen que la política sea algo más que administración y compadreo. El demagogo Pablo Iglesias reapareció de tapadillo en las disposiciones adicionales a la convalidación del decreto atribuyéndose la competencia en asuntos “sociales”, imponiendo su patética vanidad y saltándose la cuarentena,

Esto sucedió en tiempos en los que como escribe Abel Cadiz “El riesgo de que el poder caiga en manos de mediocres es alto”. Tampoco es para sorprenderse por estos riesgos intermitentes en la vieja historia del poder. Lo importante es saber superarlos regenerando los sistemas sin demolerlos. Ese es el reto que espera a los españoles cuando salgamos de la crisis viral.

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