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Un pacto nacional de reconstrucción, ¿con quién?

sábado 11 de abril de 2020, 10:01h

Si hay algo que la pandemia está poniendo en evidencia es precisamente eso que la política española ha negado reiteradamente desde hace tiempo: la necesidad de una concertación de las principales fuerzas políticas para enfrentar las emergencias. Muchos lo reclamamos para enfrentar la crisis económica del 2008, cuyo costo fue elevadísimo, pero el sectarismo que adorna la cultura política española lo hizo imposible. Incluso cuando quedó claro que un pacto global de Estado no tenía por qué traducirse en un gobierno de concentración. En el fondo, los Pactos de la Moncloa fueron precisamente eso: un gran pacto nacional que no se tradujo en un gobierno de gran coalición.

Pues bien, nadie duda de que la crisis que está provocando la pandemia del Covid-19 es exponencialmente más grave que la recesión económica del 2008. Por eso, el Gobierno, que incluye a una de las fuerzas políticas más reticentes a los pactos de Estado (Podemos), se ha visto obligado a llamar a un pacto nacional para que la reconstrucción sea posible. De igual forma que el freno al contagio ha sido una tarea de grandes mayorías, la superación de la enorme destrucción de la economía no podrá tener lugar a mediano plazo sin el concurso de todos los sectores del país.

Sin embargo, aparecen ahora muchas voces a favor de ese gran pacto nacional sin captar a fondo lo que ello significa. Es necesario meterse en la cabeza que España es un país donde una mitad es progresista y la otra mitad conservadora. Algo que no es diferente de otros países europeos, Alemania sin ir más lejos. Pero en esos otros países la idea de pactos nacionales para enfrentar emergencias forma parte de su acerbo político. En España no es así, al menos hasta el momento. ¿Conseguirá la gravedad de esta crisis poner de acuerdo en un pacto a las ciudadanías progresistas y conservadoras y las respectivas fuerzas políticas que las representan?

De momento, no hay ninguna seguridad de ello. De hecho, hay signos que demuestran lo contrario. Por supuesto, los sectores radicales, a izquierda y derecha, no están por la labor. Pero parece que el sectarismo también resplandece entre quienes hacen el llamado al pacto de reconstrucción. Digámoslo claramente: solo las y los descerebrados pueden imaginar un pacto nacional sin el Partido Popular (y lo que este conlleva). La cuestión es tan obvia que resulta imposible entender intervenciones públicas como las de la portavoz socialista en el Congreso, Adriana Lastra, reventando estrepitosamente el discurso unitario de Pedro Sánchez en el debate sobre la prolongación del Estado de Emergencia. Algo que obligó al Presidente de Gobierno a realizar una última intervención únicamente para corregir el desaguisado.

En realidad, esa es la consecuencia lógica de que las fuerzas políticas españolas hayan dejado de ser un espacio de deliberación para convertirse en grupos de incondicionales. Así puede entenderse que una persona cuyo mérito político no es mucho más que la completa fidelidad al líder pueda ocupar el cargo de portavoz parlamentaria (en ese sentido, hay que reconocer que la puntualización de Inés Arrimadas tenía sentido). Desde luego, esto también sucede entre las fuerzas políticas conservadoras. Me parece evidente que la elección de Cayetana Álvarez de Toledo como portavoz del PP también es instrumental: su dureza en el verbo le permite mayor margen de maniobra a Casado para mostrarse conciliador cuando es necesario. Pero, aunque parece que Cayetana tampoco conoce aquel viejo refrán que dice “no se atraen moscas con vinagre”, hay que reconocerle algún bagaje político propio.

Ahora bien, si resulta imposible imaginar un pacto nacional de reconstrucción sin el Partido Popular, habrá que suponer que nadie en el Gobierno de Sánchez podrá pensar que la inclusión del PP o de Ciudadanos podría hacerse obligándoles a tragar propuestas claramente contrarias a sus planteamientos políticos. Y si hubiera alguien que tratara de hacerlo demostraría su sectarismo congénito, que es el principal obstáculo para conseguir el pacto para la reconstrucción. Tienen ese aroma las admoniciones y amenazas morales emitidas contra la oposición por la portavoz del Gobierno y Ministra de Hacienda, María Jesús Montero, en su última rueda de prensa.

Lo anterior significa que el contenido del pacto tendrá que contener unas concesiones mutuas como las que facilitaron los Pactos de la Moncloa. Importa menos si el acuerdo no acaba situándose exactamente a mitad de camino entre unos y otros (pudiendo contener un 60% de propuestas progresistas y un 40% de orientaciones conservadoras), pero imaginar un pacto nacional solo de orientación progresista es simplemente mentirle al país. Y darle la razón anticipadamente a Pablo Casado cuando afirma que Sánchez sólo busca un señuelo.

Claro, plantear un verdadero pacto nacional de esa naturaleza podrá reventar algunas costuras de la coalición con Podemos. Pero ese problema se lo buscó el propio Sánchez al elegir unos socios cuyo sectarismo no iban a dejarle dormir, según nos confesó varias veces. Ahora tendrá que ver cómo se las compone para caminar por el filo de la navaja que él mismo eligió. Esperemos que no elija boicotear de nuevo un verdadero pacto de Estado.

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