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Donfang de Madeli

lunes 13 de abril de 2020, 14:06h

En 1938 los chinos soñaban con Madrid. La ciudad sitiada era un ejemplo de moral y resistencia para el comunismo mundial. Hacía un año que China había sido invadida pero el general anticomunista Chiang Kai Shek dirigía la defensa contra Japón. Mao buscaba urgentemente una ciudad símbolo. Y Wuhan fue literalmente Madrid. La ciudad cambió su nombre por “Donfang de Madeli”, o “el Madrid del Este”. Se hicieron poesías y canciones comparando las dos ciudades y alentando a las tropas a la victoria. No le vino nada mal Wuhan a Mao, puesto que Chiang no estaba allí por casualidad. Diez años antes, Wuhan se había pasado primero al Comunismo soviético y luego al anticomunismo más radical, abriendo la enemistad entre Rusia y China que tanto alimentó Estados Unidos, hasta que Donald Trump se empeñó en acabar, abriendo una caja de Pandora.

Aquella carnicería costó unos 24 millones de muertos. Sólo cincuenta y seis prisioneros chinos fueron liberados. A pesar de superar ampliamente a la URSS en víctimas, Occidente lo ha obviado afirmando siempre que Rusia fue la principal sufridora de la Segunda Guerra Mundial. Dentro de ella, el conflicto sino-japonés fue extremadamente cruel debido a la política japonesa “de los tres todos”: Matar todo, saquear todo, quemar todo. La destrucción masiva fue estratégica para el Japón, que experimentó en China la guerra biológica moderna. La infame unidad 731 diseminó pulgas infectadas de peste por varias ciudades chinas, propagando carbunco y cólera en otras. Murieron entre 400.000 y un millón de personas por ello. Al terminar la guerra los japoneses tenían en suelo chino almacenes de armamento biológico y químico, criaderos de ratas y pulgas incluidos. Pero como muchos ingenieros nazis, buena parte de los médicos militares japoneses fueron indultados por las potencias vencedoras a cambio de sus malignos conocimientos. Después de dos siglos terribles, es justo entender a los chinos cuando estiman que con la liberación del yugo exterior terminó para ellos la “era de la humillación” y que con Deng Xiaoping empezó la del “desarrollo”. Después del XIX congreso del Partido Comunista chino, Xi Ping es considerado el nuevo Mao, encargado de conducir al país en la actual era de la “dignidad”.

Este Madrid de hoy se ha convertido tristemente en el Wuhan del Oeste, y es España entera esa provincia de Hubei, sitiada por el miedo, el dolor y la incertidumbre de que nuestro desarrollo también pueda quedar muerto, saqueado y quemado.

Hace un par de meses muchos creíamos que el coronavirus no tenía apenas interés por el descontrol y su supuesta baja letalidad. El archiconocido ántrax o la tularemia representan lo contrario. Son letales, se dispersan con facilidad sobre la población objetivo y no se contagian fácilmente entre personas. Es decir, matan mucho y sólo a quien se quiere matar. La peste bubónica modificada, ébola o Marburgo matan mucho y rápido, pero son muy escandalosas y demasiado contagiosas. Bacterias que devoran gasoil, encefalitis equina venezolana, cornezuelo del centeno y otras maldades biológicas se han empleado con éxito contra bienes, animales y plantas en según qué conflictos.

El baño de realidad ha matizado esta opinión, quizá porque el arma biológica a gran escala se entienda como un fenómeno de guerra convencional y no de guerra híbrida, que es hoy el escenario multivariable de dominación económica, política, social y militar. Desde esta perspectiva, la naturaleza no habría podido crear un virus más adecuado. Entre las pocas certezas y con todo lo que está pasando, quizá la primera sea que no nos hemos tomado en serio al COVID19. Resulta complicado entender que el conjunto de embajadas y servicios secretos occidentales no hayan transmitido una información correcta a sus Gobiernos. Porque más difícil de creer aún es que la práctica totalidad de los Gobiernos no les hayan hecho caso. Tal vez nadie le dio importancia debido a que, como en el cuento de Pedro y el Lobo, lo del SARS en 2003 y otras alarmas posteriores -pedidos de mascarillas y geles incluidos- fueron también mundiales pero se quedaron en el país. ¿Mienten acaso? ¿Hemos sido conducidos?. Con todo lo que se dice sobre el oscuro origen de la epidemia, nadie cuestiona a China. Pero que sus datos fueran reales sería tal vez una incoherencia. Sea o no un virus de laboratorio y sea o no deliberada su propagación, no puede olvidarse que la denominada “estrategia de los 24 caracteres” enunciada por Deng en 1990, consiste en cuatro sencillos principios que China cumple a rajatabla: “observar con calma y afianzar nuestra posición, afrontar los problemas con tranquilidad, ocultar nuestras capacidades y esperar el momento oportuno, mantener un perfil bajo y nunca buscar el liderazgo”. Todo Occidente respeta y teme hoy al gigante asiático, acaso porque Occidente lleva demasiado tiempo haciendo exactamente lo contrario.

Con esta generalizada negligencia, será difícil exigir otras responsabilidades a los Gobiernos democráticos que no sean de carácter político. Aunque seguramente los familiares y las víctimas no piensen lo mismo, y en el caso de España el Gobierno se esfuerce en insultar la inteligencia de jueces y fiscales repitiendo que la crisis empezó al día siguiente del 8M. Por lo menos la cosa empezó fuera. Piense el lector lo que estaríamos diciendo y haciendo aquí si la epidemia hubiese comenzado en una ciudad de la OTAN provista de un laboratorio biológico de último nivel, construido hace apenas tres años. Junto a la falta de solidez demostrada por la UE, haría deseable para muchos una federación hispanoportuguesa y decirles adiós a todos.

Otra certeza es que los modelos de economía y gestión centralizada son menos eficientes que los descentralizados. De ello debería tomarse buena nota. Y que nuestra Constitución es mucho más sabia de lo que parece. He dicho varias veces que había que acabar con las autonomías por haber cumplido su función histórica. Tengo que reconocer ahora que si no es por las comunidades autónomas, estaría muriendo mucha más gente. Y que, cerrado el parlamento por antihigiénico, las Autonomías han llegado a erigirse como único medio de control político frente al Estado central. Hay demasiada distancia en el símil, pero tal vez como en el Wuhan de 1927, el nacionalismo sea capaz de frenar la revolución y quizá sea el PNV nuestro Kuomintang. Mal menor, porque nunca en los últimos doscientos años el nacionalismo –más aún el catalán- está demostrando tanto su profunda e insolidaria inutilidad.

Algo parecido sucede en otro ámbito. Se está evidenciando que para la economía todos los servicios resultan esenciales y que deben empezar a funcionar cuanto antes aquellos que puedan desempeñarse con seguridad. Se ha revelado otra vez la excelencia de la función pública a la que se diría que estorban los políticos. Pero hay muchos funcionarios cobrando sin trabajar, en una administración que la ley obliga a ser electrónica desde 2015. O el coronavirus se convierte con celeridad en asignatura de riesgo laboral, o en dos meses ya no habrá nada laboral que arriesgar. Las CCAA ya lo dicen abiertamente solicitando una desescalada ágil, y no sabemos si será factible la situación ideal de perpetuar la alarma hasta confinar a todos los portadores asintomáticos. Menos aún si es cierto que podrían representar hasta el 70% de la población.

Ante la nula reacción de una derecha empeñada con su desunión en hacer de Sánchez un hombre de estado, la izquierda moderada empieza a cuestionar la debilidad de nuestro Gobierno. A denunciar en voz baja sus graves contradicciones internas y a poner tímidamente límites a una insensata tentación totalitaria. A ello parece ir encaminado el comienzo de cierto control de las vergonzosas e interminables ruedas de prensa presidenciales de puro autobombo y con preguntas a la carta. Algo escandalosamente antidemocrático y que no se veía en España desde los tiempos del NODO. El Estado de Alarma no consiste en una fábrica de coartadas, ni permite la censura. Nadie en su sano juicio puede consentirlo.

Churchill decía que las guerras se ganan con grandes maniobras y grandes matanzas, y que el buen General siempre ganará con lo primero y acudirá a lo segundo como última ratio. Sea o no culpable de toda esta mortandad, China está maniobrado a la perfección. Los veinticuatro caracteres han desplazado a cualquier otro pensamiento político. Xi Ping sabe bien que el capitalismo y el comunismo son soluciones para la sociedad industrial, pero ya no son capaces de dar respuestas a la sociedad del Smartphone. En política exterior, usa el neoliberalismo sin ambages para hacerse con la hegemonía, mientras sigue utilizando métodos de férrea dominación comunista a nivel interno. China nos vende previo pago equipos que no funcionan y encima dice que nos ayuda. Como el mejor especulador ha comprado a casi toda África y buena parte de América, y juega con el liderazgo económico en los grandes mercados de capital. Pero que se sepa, poco o nada ha hecho por mejorar las condiciones de vida del tercer mundo. Se dirá que tiene derecho a cometer los mismos errores que las potencias coloniales del S. XIX, pero todo indica que le compensa ver a Occidente lidiar con la emigración ilegal. La izquierda antiimperialista del foro de San Paulo parece que también ha sido comprada, porque todo le parece bien. Pero el auge China augura que los imperios vuelven, y lo hacen vestidos de rojo o azul, da lo mismo.

Una de las consecuencias del holismo teleológico marxista es que termina dando por buena cualquier acción si quien la hace es comunista, y esto representa la mayor debilidad de la izquierda europea. Y la del principal partido aliado de nuestro gobierno con respecto a la arrogancia del vicepresidente. Vamos a tener que aprendernos bien la doctrina de los 24 caracteres para soportar lo que viene. Porque duele decir que tenemos un gobierno débil y sin carácter, que a la excelente respuesta social responde con boletines de medianoche. Un Gobierno infectado que más de lo debido evita parecer un gobierno infecto. Y que se enfrenta al reto impulsar a este gran país nuestro, la mejor esperanza actual. Porque lo mejor de esta crisis es saber que tenemos una sociedad infectada, que ha demostrado que puede serlo todo menos una sociedad enferma.

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