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Las dos plagas

martes 05 de mayo de 2020, 11:36h

Nosotros, el género humano, coexistimos sobre un planeta con diversas formas de vida, unas compatibles con nuestra existencia y otras hostiles. Nosotros evolucionamos pero, a nuestro alrededor, también todo evoluciona. Nos sorprenden de tiempo en tiempo las catástrofes naturales porque vivimos sobre una esfera que es una caldera a presión sobre la que caen materiales de otros astros que nacen y mueren en ese espacio de límites descocidos que llamamos universo. Estallan guerras devastadoras fruto de nuestra natural agresividad. Surgen plagas o pestes producto de la contaminación de existencias malignas para nuestro cuerpo y evolucionan y atacan, como nosotros evolucionamos y atacamos, a todo lo que estorba a nuestro dominio. El protagonismo de nuestra especie procede de nuestra capacidad de supervivencia sobre la naturaleza a costa de inmensos sacrificios. Vencimos el peso de la gravedad, la oscuridad de la noche, el frío y el calor del clima, la distancia de las comunicaciones y los límites de nuestra fuerza muscular. Y vamos venciendo a las enfermedades, una a una, sin conseguir esquivar a la última ni evitar la aparición de nuevas infecciones de diseño imprevisto.

Así es la historia de nuestra especie inteligente y orgullosa, que supo construir las pirámides de Egipto pero tuvo que soportar las siete plagas del Nilo. No hay cultura sin azote. El imperio romano perdió un tercio de su población con la “peste antonina” que es como se llamó a la viruela. La edad media fue castigada por la peste negra. El famoso escritor Daniel Defoe escribió en 1722 el “Diario del año de la peste” en que describe la terrible mortandad que despobló Londres. Más cerca de nosotros, el escritor norteamericano Jack London escribió “La peste escarlata” que se pronosticaba para el año 2072. Esta distopía era como un homenaje al gran Edgar Allan Poe que había escrito a finales del siglo XIX “La máscara de la muerte roja”, ya que tuvo el presentimiento de teñir de rojo la enfermedad como si presintiese el color de la bandera china con la que vendría marcada la pandemia de 2020.

Todas las plagas, rojas o negras, siegan la vida de miles de personas en un cruel holocausto sin piedad ni razón. Pero además de las pérdidas humanas borradas inesperadamente de entre los vivos, las plagas provocan penurias y desequilibrios entre los supervivientes de las tragedias, dejando abiertos procesos de revisión que hacen frágiles las instituciones y falsos los planes económicos. Se alteran los ciclos y se engendra miseria. El ambiente inseguro propicia soluciones elementales como mascarillas que tapan el rostro de la necesidad de reconstrucción del tejido industrial y comercial que es imprescindible para restablecer la normalidad.

Tras las plagas infecciosas irrumpen las plagas populistas con su eterna dicotomía: neocomunismo o catástrofe. La sociedad de libre iniciativa y convivencia plural que mantenía un mundo próspero y productivo es juzgada como intrínsecamente injusta en su origen por quienes pretenden que no fue dañada por una infección vírica sino por su propia naturaleza perversa. Por ello, como sucede siempre tras cada crisis bélica, sanitaria o económica intentan resurgir los totalitarismos fracasados antaño con sus viejas recetas de reparto de las mermadas reservas del erario público y sin producir nuevos beneficios. Se trata de explotar la ansiedad y el miedo de la población angustiada para ganar posiciones con mensajes demagógicos. Pablo Iglesias lo pronosticó mucho antes de su actual instalación familiar en una de sus más repugnantes consignas: “debemos politizar el dolor”. Es como recomendar explotar el sufrimiento del pueblo para medrar como dirigentes. Es la pérfida esperanza de una nueva “famélica legión” de parados, huérfanos o subsidiados que puedan inclinar la balanza democrática hacia las soluciones resentidas de la izquierda autoritaria. El engaño de presentar la salud y la libertad como contrapuestas tras la experiencia de asumir decisiones fuertes en tiempos difíciles.

Para evitar ser fascinados como las serpientes por el tocador de la flauta hay que recordar siempre que es virus coronario vino de la China comunista y que su propagación especialmente trágica en España se produjo por la negligencia de un Gobierno de coalición sociocomunista. Afortunadamente las arcas oficiales aún contenían reservas presupuestarias de los gobiernos del Partido Popular, sin que Pedro Sánchez haya sido capaz de aprobar otro presupuesto. La fantasmagórica invocación de pasadas semanas de unos nuevos “pactos de la Moncloa” solo fue el intento de disfrazar una mesa de partidos domesticados por Pedro Sánchez para prorrogar el mandato de una agrupación de elementos antisistemáticos o disgregadores. Los auténticos pactos fueron un paso programático para llegar a la Constitución de todos los españoles y no un trampantojo para adulterar esa misma Constitución. Afortunadamente Pablo Casado supo sortear este riesgo y llevar al Congreso de los Diputados la búsqueda de acuerdos con luz y taquígrafos y el voto proporcional a la representación parlamentaria de cada partido. Ante una nueva prórroga del estado de alarma se vuelve a plantear la falsa disyuntiva de “yo o el caos” como si no hubiese ninguna otra forma de afrontar la evolución de la crisis que el ejercicio de un autoritarismo acrítico. Las dificultades para que esta prórroga sea admitida demuestran que la base social está despertando desde distintas posiciones y que la resistencia frente a la peste vírica está siendo acompañada por la resistencia contra la mala política. Abierto el proceso bautizado como “desescalada” de la pandemia no es de recibo que se provoque una desescalada de las libertades en beneficio de fórmulas simplistas que las elecciones libres no han conseguido imponer nunca a ningún pueblo en uso de la razón. Los actuales gobernantes parecen creer que la razón puede ser exceptuada por la alarma. Pero el pueblo empieza a estar más preocupado por su futuro que alarmado por su presente.

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