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Decisiones científicas

jueves 21 de mayo de 2020, 10:54h

Que hace unas jornadas Pedro Sánchez pidiese un mes de estado de alarma y ahora se haya conformado con quince días no parece una decisión de base científica sino un giro de veleta de aquello de “con Rivera no” a esto de “con Arrimadas sí” y como complemento pactar con Bildu. Este desgobierno que padecemos adopta sus decisiones por criterios partidistas. Lo mismo cuando escalaba el calvario de la pandemia que cuando pretende desescalarla por fases y por territorios. Las decisiones por naturaleza nunca son actos científicos sino políticos. Científicos pueden ser los actos médicos pero no los decretos o las órdenes bajo la cobertura del estado de alarma. No hay nada más distinto a un gobierno tecnocrático que este comité de neófitos que no pueden presumir ni tan siquiera de experiencia política. Pretenden justificarse con asesoramientos sanitarios siempre que sean secretos y no produzcan otra doctrina que la del vacilante doctor Simón que lo mismo pone mascarillas que las quita.

Es imposible relacionar con razones científicas unos planes como el de prolongar un estado de alarma según se presientan las variables votaciones del Congreso. El carácter político de la decisión, en este caso, es evidente lo cual no quiere decir nada negativo si no fuese porque este Gobierno ha puesto la política a niveles tan bajos que el adjetivo político se interpreta como despreciable. Las grandes decisiones son y deben ser esencialmente políticas pero lo son cuando la política está asesorada por consejeros conocidos y competentes y respaldada por estados de opinión popular representativos y bien informados.

Pero este Gobierno llegó al poder uniéndose a un partido neocomunista que le quitaba el sueño, tras perder tantos votos que necesitó sumar a cuantos separatistas encontró en el camino. Con este rompecabezas formó el Gobierno más amplio y más caro que se conozca en la historia de España. Tal Gobierno se impuso como primera decisión celebrar manifestaciones feministas cuando ya se había colado el coronavirus en España bajo la tesis, nada científica, de que mataba más el machismo que la pandemia. Aprovechó la unidad de mando establecida tardíamente para luchar contra un virus extendido anómalamente y además para incrustar a Pablo Iglesias en el control del Centro Nacional de Inteligencia y provocar la desconfianza internacional que supone el que exista un escucha comunista allí donde los aliados comparten información sensible contra las amenazas procedentes de las zonas antidemocráticas del planeta. También se apresuró a despreciar al turismo, poner dificultades a la industria automovilística y presuponer practicas esclavistas en el campo. Con estas y otras ocurrencias no tuvo tiempo de ocuparse de las residencias de ancianos pero sí de la eutanasia, de intentar el control de las críticas a su gestión en las redes sociales y de cargarse la reforma laboral con la que se había conseguido contrarrestar el paro en los últimos años. En esta línea y con el anuncio de nuevas tasas e impuestos para animar el panorama económico, nuestro actual desgobierno pretende que sus pacientes administrados no se manifiesten humildemente contra sus deslumbrantes decisiones científicas. Carece del menor sentido autocrítico pero posee una piel insensible a la vergüenza.

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